Por Teófilo Lappot Robles
Como introito necesario debo decir que en la antigua Roma los idus de marzo eran cada año el día 15 de dicho mes, en el sistema que tenían para clasificar el tiempo. Tenían una definición ancestral que varió totalmente hace más de dos mil años, cuando en el año 44 a. C. fue violentamente asesinado a traición el famoso gobernante Julio César.
Pero diferente a esa mezcla de leyenda y realidad ocurrió en Azua de Compostela, en la batalla del 19 del referido mes del año 1844. Ese día fue merecidamente aciago para el presidente haitiano Charles Riviére-Hérard y sus tropas invasoras. El no, pero muchos de los suyos cayeron allí en lo que sería desde entonces la versión dominicana de los idus de marzo. Aunque todavía faltaban muchos años para que los haitianos comprendieran el alcance de las lecciones de la historia.

Si para aquel tiempo hubiera estado vivo el dramaturgo inglés William Shakespeare, y hubiese escrito una obra sobre lo que se produjo en la referida ciudad dominicana el 19 de marzo de 1844, su contenido iba a ser muy diferente al que hizo de manera dual en su célebre drama sobre el político romano cuya muerte dio origen al Imperio romano, pues en este caso los vencedores no cometieron traición, sino que defendieron con gallardía y determinación su derecho a la libertad.
Hecha la salvedad precedente, entro en la materia de interés de esta breve crónica para señalar que la idea que tenían los intrusos haitianos cuando penetraron a suelo dominicano era que harían un paseo marcial. Pronto eso se convirtió en una pesadilla, pues la tierra sureña fue un criadero de malvas para ellos.
Después de las confrontaciones armadas en la Fuente del Rodeo y otros lugares de Neiba y zonas aledañas, fue en Azua donde los incómodos vecinos nuestros comprobaron nuevamente que la bizarría de los auténticos dominicanos no tenía límites cuando de defender la soberanía nacional se trataba. Dicho así de manera contundente aunque nunca se presentó un informe oficial, tal vez por los motivos que recoge nuestra historia.
Si se comparan vis a vis los hechos bélicos del 19 de marzo de 1844 rueda por tierra fangosa la opinión de algunos equivocados que califican de simple escaramuza una batalla que llenó de gloria a cientos de dominicanos encabezados por Antonio Duvergé y otros no menos valientes patriotas.
Lo de Azua, aquel día memorable, no fue un zafarrancho. Adquirió de principio a fin la categoría de batalla épica, si nos atenemos a la categorización de lo que es una batalla armada que hicieron, por ejemplo, por Carl von Clausewitz, el famoso historiador de temas marciales y filósofo prusiano en su obra titulada De la Guerra y el estratega militar chino Sun Tzu, en la recopilación de su pensamiento contenida en el clásico manual conocido como El arte de la Guerra.
Esa página gloriosa en la historia dominicana que fue la batalla del 19 de marzo se produjo a menos de un mes de haberse proclamado la Independencia Nacional. Allí escribieron sus nombres en letras doradas muchos dominicanos. Comenzando por el citado héroe y mártir Antonio Duvergé, a quien sus compañeros de lucha escogieron como comandante de las tropas de vanguardia, por sus insuperables dotes marciales. Nunca permitió respiro a los enemigos.
Duvergé tuvo en esa jornada épica el apoyo eficaz, entre otros, de los artilleros Francisco Soñé, Nicolás Mañón y José del Carmen García, así como también de los fusileros dirigidos por Matías de Vargas, José Leger y Feliciano Martínez.
Fueron ellos los que obligaron al general Charles Riviére-Hérard y sus subordinados a retirarse en tropel por las orillas del río Jura, con la moral de combate rozando los cascajales y temerosos de los efectos mortíferos del filo del machete que en Azua utilizaron como arma por primera vez los dominicanos, luego de la Independencia Nacional, recién nacida el 27 de febrero de 1844.
En Azua de Compostela, el 19 de marzo de 1844, se creó el antecedente paradigmático de lo que luego sería el machete como arma fundamental de los patriotas que derrotaron a los españoles en la Guerra Restauradora.
Dicho lo de Duvergé a contrapelo del martilleo de cierto sector de la historiografía que les ha querido atribuir exclusividad de méritos inexistentes a otros que no sintieron “el olor a pólvora” en aquel día clave de nuestro ayer.
El caso del falsamente glorificado general Pedro Santana es el más elocuente ejemplo de falsificación histórica (mito y cuento), pues no dirigió ningún combate el 19 de marzo de 1844 ni planificó ningún ataque al enemigo.
Al contrario ese personaje, que años después anexó el país a España, ordenó a la desesperada, sin ninguna ponderación, la retirada de los dominicanos del escenario donde acababan de obtener una cascada de triunfos apabullantes frente a un enemigo más numeroso, con experiencia y mejor armado.
Dicha retirada fue una acción disparatada que aprovechó el derrotado Riviére-Hérard, luego de recibir 10,000 soldados de refuerzo encabezados por su entonces aliado general Auguste Souffront.
La batalla del 19 de marzo de 1844 es un punto luminoso en el mapa de los triunfos de las armas dominicanas contra los extranjeros que en el pasado se atrevieron a penetrar a nuestra tierra pretendiendo ahogar la libertad obtenida menos de un mes atrás.
Escribieron sobre esos acontecimientos, entre otros, José Gabriel García, Francisco Soñé, y el cónsul de Francia en el país Eustache J. de Saint-Denys, quien señaló en una de sus notas que luego de varios combates los haitianos se retiraron derrotados y luego volvieron a la pelea y entonces “la batalla se extiende con vigor sobre las líneas del oeste de la villa…”.
Cronistas haitianos crearon su propia narrativa sobre los hechos. Entre ellos Dorvelas Dorval y Thomas Madiou, este último tuvo que admitir que el más glorioso día azuano cayeron unos 50 oficiales de los invasores, aunque no se atrevió a dar los números de la soldadesca de su país fulminada por la metralla y el arma blanca de los dominicanos.
La batalla del 19 de marzo de 1844 fue el primer gran encuentro armado de muchos que tendrían los dominicanos contra extranjeros que mancillaron su soberanía. Pocos pueblos han tenido que luchar tanto para mantener su bandera, su escudo, su himno y su dignidad como nación.
Teófilo Lappot teofilolappot@gmail.com