De Hombres, Mujeres y Cosas, Mi Voz

Mujeres diplomáticas: ¿El momento de dirigir la ONU?

Por Araceli Aguilar Salgado

«Cuando las mujeres participan en la construcción de la paz, la paz dura más.»  Kofi Annan

Tras más de ochenta años de historia, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) nunca ha sido dirigida por una mujer. Este hecho no es anecdótico: refleja un déficit estructural en la diplomacia multilateral y una resistencia persistente a reconocer que el liderazgo femenino puede aportar nuevas perspectivas en un sistema desgastado. Hoy, tres destacadas diplomáticas latinoamericanas Michelle Bachelet (Chile), Rebeca Grynspan (Costa Rica) y María Fernanda Espinosa (Ecuador) han levantado la voz en Ginebra para afirmar que ha llegado el momento de romper ese techo de cristal.

Su propuesta trasciende la mera reivindicación de género. No se trata de ocupar un cargo por cuota simbólica, sino de transformar una institución debilitada por la falta de financiamiento, la pérdida de confianza global y la incapacidad de responder con eficacia a las crisis contemporáneas. La ONU, que nació como garante de la paz y promotora del desarrollo tras la Segunda Guerra Mundial, hoy enfrenta un escenario de credibilidad erosionada: conflictos que se multiplican sin mediación efectiva, un sistema de veto que paraliza decisiones cruciales y una ciudadanía que se pregunta dónde está la ONU cuando más se la necesita.

Las candidatas latinoamericanas representan más que trayectorias individuales: encarnan la posibilidad de un cambio cultural profundo en la diplomacia internacional. Bachelet aporta la experiencia de haber sido alta comisionada de derechos humanos y presidenta de Chile; Grynspan, la capacidad de negociación demostrada en acuerdos internacionales como el del Mar Negro; y Espinosa, la legitimidad de haber presidido la Asamblea General de la ONU. Todas ellas coinciden en que el liderazgo femenino no es un capricho, sino una necesidad histórica para revitalizar el multilateralismo.

La crítica es clara: mantener a la ONU bajo la dirección exclusiva de hombres perpetúa un modelo de poder que ha demostrado sus límites. La inclusión de una mujer en la secretaría general sería un gesto simbólico de justicia, pero sobre todo un acto político de renovación que podría devolver confianza a la ciudadanía global.

La ONU no puede seguir siendo un club de hombres; su legitimidad depende de abrir paso a un liderazgo femenino capaz de devolver esperanza al mundo.

Credenciales y propuestas: un liderazgo femenino para la ONU

Las tres diplomáticas latinoamericanas que hoy aspiran a dirigir la ONU representan trayectorias sólidas y credenciales que trascienden la retórica. Michelle Bachelet, expresidenta de Chile y primera directora de ONU Mujeres, ha sido también Alta Comisionada para los Derechos Humanos, cargo desde el cual defendió con firmeza la independencia política y la centralidad de los derechos humanos en la agenda internacional. Su propuesta se centra en un liderazgo con voz clara y sin concesiones frente a la injusticia, consciente de que la neutralidad mal entendida convierte al secretario general en un mero espectador de las crisis.

Por su parte, Rebeca Grynspan, actual secretaria general de la UNCTAD, ha demostrado capacidad de negociación en escenarios complejos, como el acuerdo del Mar Negro que evitó una crisis alimentaria global en 2022. Su visión es pragmática: recuperar la credibilidad de la ONU como mediadora independiente mediante alianzas estratégicas y un multilateralismo renovado que involucre a actores externos. Su frase —“No quiero que nadie pregunte nunca más dónde está la ONU”— sintetiza la urgencia de devolver relevancia a una institución que hoy parece ausente en los conflictos más graves.

Finalmente, María Fernanda Espinosa, expresidenta de la Asamblea General de la ONU, subraya la necesidad de una dirección femenina enérgica, “neutral pero no indiferente”. Su experiencia parlamentaria internacional le otorga legitimidad para insistir en que el secretario general debe tener “los pies en el terreno”, es decir, presencia activa en los contextos de crisis y no limitarse a discursos diplomáticos.

El reto de la credibilidad

La ONU atraviesa una crisis de confianza sin precedentes. Los conflictos en Gaza, Ucrania, Sudán e Irán han evidenciado que otros actores Estados Unidos, Qatar, Pakistán han asumido roles de mediación que deberían corresponder al organismo internacional. Esta pérdida de protagonismo erosiona la legitimidad de la ONU y cuestiona su capacidad de ser árbitro imparcial en un orden global cada vez más fragmentado.

Bachelet advierte que un secretario general sin fuerza se convierte en “un comentador de lo que sucede”, mientras Espinosa insiste en que el liderazgo debe ser tangible y cercano a las realidades del terreno. Las tres candidatas coinciden en que el puesto no debe ser ocupado por una mujer solo por cumplir una cuota simbólica, sino por la más capacitada para reconstruir la confianza en el multilateralismo.

El debate sobre quién debe dirigir la ONU no es únicamente un asunto de género, sino de credibilidad institucional. La ausencia de mujeres en la secretaría general durante ocho décadas refleja un déficit democrático, pero la verdadera urgencia es devolver a la ONU su papel de mediadora global. La elección de una mujer con credenciales sólidas sería un gesto histórico, pero sobre todo un acto político de renovación que podría marcar el inicio de una nueva etapa en la diplomacia internacional.

Diplomacia y género: un cambio necesario

La crítica central es evidente: la ausencia de mujeres en la dirección de la ONU refleja un déficit democrático y simbólico en la diplomacia multilateral. La presencia femenina no es solo cuestión de representación, sino de redefinir la diplomacia con enfoques inclusivos, preventivos y cercanos a la ciudadanía. La organización GWL Voices y la Fundación de las Naciones Unidas han impulsado este debate, subrayando que la legitimidad de la ONU depende de recuperar la confianza de los pueblos, no solo de los Estados.

El proceso de elección

El proceso de elección del próximo secretario general de la ONU es más que un trámite institucional: es un espejo de las tensiones de poder que atraviesan el sistema multilateral. El Consejo de Seguridad iniciará deliberaciones en julio, y el candidato necesitará al menos nueve votos de los quince miembros, además de evitar el veto de las cinco potencias con asiento permanente (Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido). Este mecanismo, concebido para garantizar consensos, se ha convertido en un instrumento que perpetúa la hegemonía de unos pocos y limita la posibilidad de un liderazgo verdaderamente independiente. Posteriormente, la Asamblea General ratificará el nombramiento, pero su papel es más simbólico que decisivo, pues la verdadera elección se define en ese reducido círculo de poder.

La rotación geográfica otorga prioridad a América Latina y el Caribe, lo que coloca a las tres diplomáticas Michelle Bachelet, Rebeca Grynspan y María Fernanda Espinosa en una posición estratégica. Sin embargo, la historia demuestra que la geopolítica y los intereses de las potencias suelen imponerse sobre la lógica de la rotación, lo que convierte esta oportunidad en un desafío político de gran magnitud.

La ONU frente a un momento histórico

La ONU atraviesa un momento decisivo. La elección de una mujer al frente no resolverá por sí sola la crisis de credibilidad que enfrenta la organización, pero sería un gesto histórico de renovación y un mensaje poderoso: que la diplomacia global puede ser liderada con firmeza, empatía y visión transformadora. La crítica es clara: mientras la ONU siga atrapada en vetos y cálculos de poder, su legitimidad continuará erosionándose. La presencia de una mujer con credenciales sólidas no es solo un acto de justicia simbólica, sino una oportunidad para reconstruir la confianza ciudadana en el multilateralismo.

Como señaló María Fernanda Espinosa: “El mundo está en llamas; es hora de que la ONU tenga un liderazgo capaz de traer esperanza, y esa esperanza puede tener voz de mujer.”

La elección del próximo secretario general definirá si la ONU sigue siendo rehén de los vetos o si se atreve a abrir paso a un liderazgo transformador con rostro femenino.

«La diplomacia sin mujeres es una diplomacia incompleta.»  Madeleine Albright

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com