Cultura, De Hombres, Mujeres y Cosas, Internacional

Contarlo hasta que exista: La reescritura de la experiencia 2 de 2 

Conversaciones con la Diáspora. – Luz María Mack. 

por Karim López, para Diaspora & Development Foundation, EE.UU

– Brooklyn, New York. Estados Unidos 

Luz María Mack impulsa una obra que desafía la ausencia de representación y que hoy alcanza a Disney, PBS y a miles de niños que por fin pueden verse en un libro. Más que nostalgia, su literatura complica y expande la dominicanidad, devolviéndola al centro de la conversación cultural.

Hay una vena confesional en la obra de Mack que la aleja del cuento infantil tradicional. Sus libros son, en muchos sentidos, cartas de reconciliación con su propia niñez y con las sombras de la cultura caribeña. “En estas historias de familia a los niños siempre los dejaban fuera; la opinión del niño nunca era escuchada realmente”, reflexiona. Por tal razón, cuenta que le tomó mucho desaprender y desmaternalizarse para entender que todavía existían cosas del pasado que cargaba y eran difíciles. “Entonces vinieron las conversaciones honestas con mis hijos; cosas que a mí no me gustaban de cómo me criaron mis padres eran conversaciones que yo no podía tener con ellos, pero que yo sí dejé que mis hijos las tuvieran conmigo, aunque fuera difícil para mí escucharlas, y muchos de mis libros están centrados en eso”. 

Por ejemplo, obras como Annalise’s Determined and Happy Dazzle rompen ese silencio generacional. Basado en la experiencia de su hija Andrea con el ADHD, el libro es una bofetada a la retórica del estigma en las comunidades hispanas, donde la neurodivergencia se despacha con la frase “ese muchacho nació loco”. Luz María admite su propia vulnerabilidad en este proceso. En la ficción, una madre acompaña con serenidad el diagnóstico de su hija. La realidad fue distinta. “Escribí el libro desde lo que hubiera querido hacer en el momento, porque mi reacción real fue encerrarme, llorar, frustrarme; mi suegra se burla de mí por ese libro, siempre diciendo ‘¿Quién es esa madre? Porque tú eras un desastre cuando tu hija fue diagnosticada’”. Lo mismo ocurre con Amoroso Cutico, donde subvierte la masculinidad tóxica del gallerismo dominicano. Inspirada en un primo que le enseñaba a escupir con ron a los gallos para volverlos agresivos, Mack reescribe la escena para dotar al niño de una sensibilidad que el entorno le negaba. Es la ficción como una segunda oportunidad para la historia personal. La ficción como justicia emocional. 

Si hay un concepto que atraviesa la conversación con Luz María es el de la familia como un “territorio en constante reconstrucción”. Habla de su abuela como la piedra angular que mantenía la estructura en pie. Tras su muerte, lo que quedó fue fragmentación, con divisiones, desconfianzas y ausencias que duelen en las fechas importantes. Por tal razón, tanto en su obra como en su vida diaria, Mack voltea la tortilla para moldear lo que se ha convertido en una ética de servicio. Su sobrino, ya un hombre de 27 años, tras tiempo de verla siempre pendiente por él con gestos tan pequeños como una breve llamada o una comida, se lo resumió en una frase que la hizo llorar: “Tía, nunca me había dado cuenta de que tú haces por mí cosas que nunca hicieron por ti”. Hay frases que no explican una vida, pero la revelan entera. Y esa es justamente la esencia de su labor: dar lo que no recibió. Ya sea un mensaje de check-in o un libro donde un niño negro pueda verse como un héroe. Mack no es una escritora de torres de marfil ni de academia, es una mujer que trabaja en operaciones legales, con maestrías en administración pública y que escribe porque “había una necesidad”. 

La obra de Luz, desde sus éxitos en Amazon hasta sus cortos animados premiados en festivales como el Bridge Fest, es un recordatorio de que la identidad es un acto de voluntad. Ese mismo éxito, que incluye también la coautoría de Family Is Everything para la película Encanto de Disney, no la ha alejado de su misión ética: que los niños latinos y negros no solo aprendan a leer, sino que aprendan a verse. Y para los niños que aún no encuentran su reflejo, ella tiene un mandato claro: “Tienen que escribir su historia, porque algún día alguien necesitará saber que ellos estuvieron aquí. Si no pueden escribir, que se las cuenten oralmente a sus padres. Que las hablen hasta que existan, luego que las dibujen hasta que existan, y cuando se sientan lo suficientemente cómodos con sus propias palabras, que las escriban hasta que esas historias existan”. 

En el New York contemporáneo, donde la bandera dominicana ya no se esconde, sino que cuelga, tanto en los bodegones de esquina como en los restaurantes de alta gama, Luz María Mack no escribe para recordar un país. Su literatura y obra multiplataforma es el puente por el que caminan aquellos que, como ella, habitan entre el “entre”. Entre Puñal y Dyckman, entre el silencio y la sanación. Escribiendo, ese país existe. Para que un niño lo vea. Para que una madre lo nombre. 

Para que una historia, finalmente, no tenga que pedir permiso. 

Rodolfo R. Pou <rrpoum@diasporadevelopment.org