Cultura, De Hombres, Mujeres y Cosas, Internacional

Contarlo hasta que exista: La reescritura de la experiencia 

Conversaciones con la Diáspora. – Luz María Mack. 

por Karim López, para Diaspora & Development Foundation, EE.UU.

– Brooklyn, New York. Estados Unidos 

En una ciudad donde la identidad suele diluirse entre acentos y silencios heredados, Luz María Mack decidió que la memoria no podía seguir pidiendo permiso para existir. Su historia —marcada por “un pequeño vestido amarillo y rosado y zapatos apretados”— 

En la geografía emocional de la diáspora, el retorno casi nunca es un punto en el mapa, sino un gesto rescatado del olvido. Un gesto que sobrevive al asfalto neoyorquino como una raíz que fractura la acera. Luz María Mack entiende que ese regreso no se encuentra en los registros de migración, sino en el tradicional acto de besar la mano a un mayor. Para sus hijos, criados en un hogar donde lo dominicano se trenza con lo afroamericano, dicho acto no es un simple gesto de cortesía; es una frecuencia de radio que captan de forma intermitente. En ellos la interpretación era como ir a la iglesia a pedir perdón, o permiso, para existir. 

Dicha “petición de permiso” es quizás la metáfora más precisa de la experiencia migrante que Mack intenta desmantelar a través de su obra literaria. Nacida en Villa Mella, Santo Domingo, criada en Puñal, Santiago, y trasplantada al New York cambiante de los años 80, su vida ha sido un tránsito entre el español que era su único refugio y un inglés que se le impuso como una barrera burocrática desde el primer día de escuela. “Ella no habla inglés, la tenemos que atrasar dos años”, recuerda que dijeron de ella en su registro escolar. Hay otro tipo de memoria más silenciosa aún, una que no aparece en los documentos ni en los formularios. Un pequeño vestido amarillo y rosado y zapatos apretados con el que la hicieron realizar una caminata de Cuaresma por las aceras estadounidenses, su madre insistiendo en hacer de Dyckman un pequeño eco del campo cibaeño, donde la soledad reemplazaba las juntas familiares de Semana Santa. Episodios como estos son el motor silencioso donde comienza la arquitectura literaria de una mujer que decidió que, si el mundo no guardaba un lugar para los niños de Puñal en New York, ella misma lo contaría hasta que existiera. Y es una obra que hoy existe en plataformas tales como Disney y PBS. 

Mack no llegó a la literatura por vocación, sino por ausencia. No porque quisiera escribir, sino porque no había dónde leerse. Una carencia de mercado que calaba como un insulto personal. Al convertirse en madre, se enfrentó a un vacío estadístico desolador. Según las cifras que ella misma expone durante conferencias impartidas en escenarios tales como Columbia University, el porcentaje de historias con protagonistas latinos era menor al 4%. “Cuando comencé a comprar libros para mis hijas, no veía nada dominicano, ni textos donde ellas pudieran verse representadas”, explica con una mezcla de frustración y determinación. Incluso los íconos globales de la “hispanidad” le resultaban ajenos. “Dora la Exploradora no fue creada por un autor hispano, sino por uno alemán, Chris Gifford”. 

Ante ese abandono, Mack optó por la creación. No buscó autorización de las grandes editoriales para existir, sino que financió su propio universo. Su obra literaria, reconocida por instituciones de la talla de PBS, Disney y el Bank Street College, se despliega como un tejido multidisciplinario donde el libro es solo la primera piedra. Su trabajo es una criatura multiplataforma: 2D, animaciones en YouTube y juegos que democratizan el acceso a la cultura en escuelas donde a veces el único libro es un PDF impreso por un maestro exhausto. La labor que realiza es una respuesta a la “dominicanidad trendy” que practican los grandes estudios. Menciona, por ejemplo, la serie The Owl’s House de Disney, cuya 

protagonista es dominicana. “La hicieron dominicana porque estábamos de moda. ¿Sabes cuántos dominicanos crees que trabajaron ahí como escritores o ilustradores? Ninguno”. Para Luz María, la representación no es un accesorio estético, es una cuestión de soberanía narrativa. “Nos dejan fuera de la mesa de las oportunidades económicas de contar nuestras propias historias”. 

Textos de su autoría como El Secreto del Plátano o Bachatica, no se limitan a la nostalgia decorativa. Manifiestan la identidad dominicana no como un slogan, sino como una atmósfera. Mack es meticulosa con lo que ella llama la “universalidad del detalle”. No necesita nombrar el país para que el lector inhale el aroma del campo. “En El Secreto del Plátano, uno no sabe que la acción se desarrolla en Santo Domingo hasta que yo lo digo, pero ese es mi punto”. Lo que define la obra es la precisión de la mirada, llevada a cabo por los ilustradores con los que trabaja para plasmar su visión: el abuelo en la mecedora, el mosquitero, el brillo de las losetas en el piso, las curvas de las mujeres que bailan, el cuadro de la Virgen de la Altagracia en la pared. Un reto especial es el hecho de que algunos de los ilustradores de sus libros no han sido dominicanos, lo que para ella también ha sido un ejercicio de resignificar y canalizar la manera en la que otros pueden ver y percibir la dominicanidad. 

Esa insistencia en lo visual es una estrategia pedagógica. Luz María entiende que la diáspora es una “continuidad” más que una ruptura. Es una forma de vida donde lo perdido se vuelve método. “Quiero que la familia en mis libros se vea como un ente diverso; que cuando un niño lo mire pueda decir ‘esta puede ser mi familia también’”. Es una dominicanidad que se resiste a ser blanqueada o simplificada. 

“Nosotros no somos un bloque único ni somos unidimensionales”. Ella observa con una ironía melancólica a aquellos que, en la diáspora, intentan borrar su rastro. Habla, por ejemplo, de una mujer en su lugar de trabajo que no encaja en la idea común de “dominicanidad”. “Por más que lo escondan, la mancha del plátano nunca se les quita; he notado que cuando la gente piensa en dominicanos, piensa en personas alegres, con sabor, amigables, y cuando ven a alguien que no es así, como esta chica, dicen ‘eso no es dominicano’, cuando lo son completamente”. La pregunta queda en el aire, casi como susurro: ¿quién decide cómo se ve una cultura? ¿Quién define sus límites? En ese sentido, la obra de Luz María Mack no solo persigue representar; busca complicar la representación. Sus libros abrazan esa colorida complejidad: el dominicano altanero, el reservado, el que se avergüenza y el que lleva la bandera en el pecho en una oficina del gobierno. 

Hay una vena confesional en la obra de Mack que la aleja del cuento infantil tradicional. Sus libros son, en muchos sentidos, cartas de reconciliación con su propia niñez y con las sombras de la cultura caribeña. “En estas historias de familia a los niños siempre los dejaban fuera; la opinión del niño nunca era escuchada realmente”, reflexiona. Por tal razón, cuenta que le tomó mucho desaprender y desmaternalizarse para entender que todavía existían cosas del pasado que cargaba y eran difíciles. “Entonces vinieron las conversaciones honestas con mis hijos; cosas que a mí no me gustaban de cómo me criaron mis padres eran conversaciones que yo no podía tener con ellos, pero que yo sí dejé que mis hijos las tuvieran conmigo, aunque fuera difícil para mí escucharlas, y muchos de mis libros están centrados en eso”. 

Por ejemplo, obras como Annalise’s Determined and Happy Dazzle rompen ese silencio generacional. Basado en la experiencia de su hija Andrea con el ADHD, el libro es una bofetada a la retórica del estigma en las comunidades hispanas, donde la neurodivergencia se despacha con la frase “ese muchacho nació loco”. Luz María admite su propia vulnerabilidad en este proceso. En la ficción, una madre acompaña con serenidad el diagnóstico de su hija. La realidad fue distinta. “Escribí el libro desde lo que hubiera querido hacer en el momento, porque mi reacción real fue encerrarme, llorar, frustrarme; mi suegra se burla de mí por ese libro, siempre diciendo ‘¿Quién es esa madre? Porque tú eras un desastre cuando tu hija fue diagnosticada’”. Lo mismo ocurre con Amoroso Cutico, donde subvierte la masculinidad tóxica del gallerismo dominicano. Inspirada en un primo que le enseñaba a escupir con ron a los gallos para volverlos agresivos, Mack reescribe la escena para dotar al niño de una sensibilidad que el entorno le negaba. Es la ficción como una segunda oportunidad para la historia personal. La ficción como justicia emocional. 

Si hay un concepto que atraviesa la conversación con Luz María es el de la familia como un “territorio en constante reconstrucción”. Habla de su abuela como la piedra angular que mantenía la estructura en pie. Tras su muerte, lo que quedó fue fragmentación, con divisiones, desconfianzas y ausencias que duelen en las fechas importantes. Por tal razón, tanto en su obra como en su vida diaria, Mack voltea la tortilla para moldear lo que se ha convertido en una ética de servicio. Su sobrino, ya un hombre de 27 años, tras tiempo de verla siempre pendiente por él con gestos tan pequeños como una breve llamada o una comida, se lo resumió en una frase que la hizo llorar: “Tía, nunca me había dado cuenta de que tú haces por mí cosas que nunca hicieron por ti”. Hay frases que no explican una vida, pero la revelan entera. Y esa es justamente la esencia de su labor: dar lo que no recibió. Ya sea un mensaje de check-in o un libro donde un niño negro pueda verse como un héroe. Mack no es una escritora de torres de marfil ni de academia, es una mujer que trabaja en operaciones legales, con maestrías en administración pública y que escribe porque “había una necesidad”. 

La obra de Luz, desde sus éxitos en Amazon hasta sus cortos animados premiados en festivales como el Bridge Fest, es un recordatorio de que la identidad es un acto de voluntad. Ese mismo éxito, que incluye también la coautoría de Family Is Everything para la película Encanto de Disney, no la ha alejado de su misión ética: que los niños latinos y negros no solo aprendan a leer, sino que aprendan a verse. Y para los niños que aún no encuentran su reflejo, ella tiene un mandato claro: “Tienen que escribir su historia, porque algún día alguien necesitará saber que ellos estuvieron aquí. Si no pueden escribir, que se las cuenten oralmente a sus padres. Que las hablen hasta que existan, luego que las dibujen hasta que existan, y cuando se sientan lo suficientemente cómodos con sus propias palabras, que las escriban hasta que esas historias existan”. 

En el New York contemporáneo, donde la bandera dominicana ya no se esconde, sino que cuelga, tanto en los bodegones de esquina como en los restaurantes de alta gama, Luz María Mack no escribe para recordar un país. Su literatura y obra multiplataforma es el puente por el que caminan aquellos que, como ella, habitan entre el “entre”. Entre Puñal y Dyckman, entre el silencio y la sanación. Escribiendo, ese país existe. Para que un niño lo vea. Para que una madre lo nombre. 

Para que una historia, finalmente, no tenga que pedir permiso. 

Rodolfo R. Pou <rrpoum@diasporadevelopment.org