POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES
Es poco lo que se conoce acerca de la isla Tórtola, territorio perteneciente a lo que se ha dado en llamar desde hace siglos “el caribe inglés”, que también integran otros territorios insulares cercanos a ella. Son, en realidad, partes esenciales de las Islas Vírgenes Británicas.

Sólo algunos investigadores del pasado y del presente se han interesado por conocer y divulgar el difícil pretérito de esa parte del archipiélago antillano ubicado entre el mar Caribe y el Océano Atlántico propiamente dicho.
Los hallazgos arqueológicos realizados en su suelo arrojaron como resultado que los primeros seres humanos que habitaron esos promontorios (una auténtica caldera volcánica) fueron los arahuacos. Aunque a la llegada de los españoles ellos, en su rama conocida como los taínos, eran más visibles en varios lugares de Sudamérica y en otras islas caribeñas.
Esos indígenas que habitaban en Tórtola, en la denominada época precolombina, fueron suplantados por los aguerridos caribes, que se movían en una amplia franja del mar que luego fue bautizado con su nombre. Aunque los caribes eran caníbales, por los motivos que fueran, en esa isla se han encontrado algunas tumbas antropomórficas de los referidos arahuacos.
Los primeros europeos en llegar a Tórtola, y apoderarse de ella y de las otras islas que la escoltan, fueron los españoles. Colón pisó su suelo en el 1493, durante su segundo viaje por esta parte de la tierra.
Tórtola es un macizo montañoso de imponente belleza panorámica, que despertó la codicia de jefes políticos y militares de las naciones dominantes de Europa, especialmente por el cobre y otros minerales anidados bajo su tierra.
España, en ese vaivén de luchas armadas entre las potencias europeas de aquel tiempo, fue sustituida por Inglaterra. Después el dominio pasó a Holanda. Pero también hay que resaltar que los franceses y los daneses incursionaron allí, imponiendo sus marcas de terror.
Ese pequeño archipiélago (Tórtola, Anegada, Jost Van Dyke, Virgin Gorda, St. John, Peter Island, entre otras islas) pasó de nuevo al control de los ingleses, en la segunda mitad del siglo XVII (1762). En el presente el monarca del Reino Unido sigue siendo el jefe supremo de esos territorios insulares, representado por un gobernador general, aunque desde hace más de cincuenta años gozan de un régimen especial de autonomía.
Los imperios referidos explotaron las riquezas mineras que había allí, para lo cual hicieron tantas razias o correrías detrás del botín de guerra como las del célebre político y militar Almanzor, el islamista andalusí que hace más de mil años gobernó de facto el famoso Califato de Córdoba, en la península ibérica.
Pero en esos territorios también se practicó la esclavitud con africanos que fueron sacados de su tierra y puestos a trabajar sin paga y bajo condiciones peores que bestias.
En el 1974 se publicó “Azúcar y esclavitud. Una historia económica de las Indias Occidentales Británicas”. Se trata de una obra bien edificadora sobre la sufrida historia de Tórtola y otras islas de las Antillas menores. Es importante leerla y estudiarla para tener un criterio más completo sobre el pasado de los pueblos geográficamente cercanos a nosotros. (Sugar and Slavery: An Economic History of the British West Indies (1623-1775), Richard B. Sheridan).
Por diversos alegatos no ha habido una conexión entre ese singular archipiélago y las demás comunidades de esta zona de la tierra. Fue una mala práctica implementada originalmente por los imperios que cruzaron el Atlántico para dominar a sangre y fuego. Coincidían en que para ellos era conveniente, en los siglos XVI y XVII, mantener aislados entre sí a los pueblos antillanos.
Sobre esa realidad inobjetable el sociólogo dominicano Rubén Silié indica que las metrópolis europeas, con sus mecanismos de dominación, crearon lo que él llama “las fronteras coloniales…barreras para el acercamiento entre islas…” (Conferencia. 13-11-2024.RS).
En parte ese aislamiento, en lo que se refiere a Tórtola, sufrió un cambio cuando los colonialistas del Reino Unido calcularon que ya no le era tan rentable la producción agrícola allí y estimularon la emigración de trabajadores de la tierra, muchos de los cuales vinieron a parar a la República Dominicana, a partir de la segunda década del siglo pasado.
Aunque la mayoría de los braceros y técnicos de la industria de la caña (azúcar, melaza, alcohol, etc.) que vinieron aquí cuando la famosa “danza de los millones” no lo hicieron desde Tórtola, también de allá llegaron.
Varios autores nacionales y extranjeros han ampliado sobre ese tema, que oportuno es recordar tiene unos límites que sobrepasan la mera relación laboral y se internan en otros aspectos de mayor envergadura, pues los llegados desde Tórtola que se quedaron aquí hicieron sus aportes permanentes a la etnografía criolla en sus diversas vertientes. Hacen parte de lo que se ha definido como el ethos dominicano.
Uno de esos autores fue el sociólogo holandés Harry Hoetink, muy interesado en los asuntos históricos del archipiélago antillano, tal vez en parte por su matrimonio con una dominicana. Dejó escrito lo siguiente:
“Al término de la primera década del presente siglo (nota: él escribió en la centuria del XX) los trabajadores-mayormente súbditos británicos- procedentes del Caribe Oriental, ya constituían la principal fuerza de trabajo de los grandes ingenios azucareros del Este…La mayoría de estos emigrantes venían de St. Kitts, Nevis y Anguila”. (Santo Domingo y el Caribe. Harry Hoetink. SDB. Serigraf. 2011.P106).
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