

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES
Las Salinas es un pueblo del Suroeste dominicano con un pasado cargado de historia, y con una considerable riqueza minera, pero paradógicamente plagado de necesidades colectivas.
La economía extrativista de sus riquezas minerales ha podido utilizarse para impulsar su desarrollo. La realidad es otra, pues los beneficios que genera se desvían hacia otro lado.
Más del ochenta por ciento de su población vive en la parte urbana, pues en realidad los campos carecen de menos atractivos para desarrollar una vida digna, lo cual tampoco se asegura entre las callejuelas donde moran.
En ciento ocho kilómetros cuadrados desenvuelven sus vidas casi cinco mil personas, en medio de muchas precariedades y grande obstáculos vivenciales. Muchos de esos habitantes del municipio Las Salinas de Barahona se esfuerzan cada día por romper el aro de miseria en que están envueltos, como si un signo de fatalidad hubiera caído sobre ellos.
Allí se observa un incesante tránsito de camiones y volquetas que anualmente cargan miles de toneladas de yeso, y en menor cantidad sal gema, que se extraen de un yacimiento ubicado en la parte alta del municipio.
La famosa mina de Las Salinas tiene la característica especial de contener en orden sucesivo grandes capas de yeso, sal y vetas de arcilla con filones de otros materiales que se han ido formando en el lugar a través de miles de años.
Esos productos son de gran impacto para la economía de cualquier lugar del mundo: La sal es de mucha importancia para la alimentación humana y también para algunos rumiantes, especialmente ganado vacuno fomentado de manera intensiva.
El yeso es aún más diversificado, con usos múltiples en la fabricación de tabiques, cerámicas sanitarias, moldes odontológicos, cerveza, medicina, plásticos, vidrio, cemento, pintura y muchas otras cosas.
Pero el beneficio que esa comunidad recibe de su riqueza mineral es prácticamente nulo. Tal vez esa sin razón se remonte en el tiempo a más allá del 26 de enero de 1932, fecha en la cual mediante la Ley 281 Trujillo comenzó el proceso de monopolio, para su beneficio particular, de esa y otras minas.
Desde el poblado de Las Salinas de Barahona se llega a su tesoro mineral no metálico bordeando un camino pedregoso paralelo al contaminado río Lemba, así bautizado en recuerdo a Sebastián Lemba Calembo, el intrépido guerrillero cimarrón muerto por los españoles en el año 1547, en la cercanía de la comunidad de Villarpando, Azua.
En un punto de la orilla oriental de dicho curso de agua contaminada y coronada por miles de zancudos y otros cínifes se yergue, nadando en la miseria, un caserío de igual nombre con no más de 15 ó 20 viviendas, donde la miseria y la desesperación están estampadas en los rostros de sus moradores.
La comunidad de Las Salinas de Barahona fue elevada a la categoría de municipio el 8 de marzo del 2001, a través de la Ley 46; dejando atrás la condición de distrito municipal que se le había otorgado gracias a la Ley 916, promulgada el 12 de agosto de 1978. Es uno de los municipios que integran la Provincia de Barahona.1
Esa comunidad está emplazada sobre la llamada llanura de Lemba, a menos de dos kilómetros de la carretera que enlaza los municipios de Cabral y Duvergé. Allí se marca la frontera este-oeste de las provincias Independencia y Barahona.
Forma parte de la geografía heroica de los áridos caminos del Suroeste dominicano, que cubren un área extensa desde los campos de San Cristóbal hasta La Descubierta.
En el pasado Las Salinas de Barahona fue escenario de muchos combates armados, tanto en la guerra por la Independencia como en las jornadas épicas en pro de la Restauración de la República, así como de la llamada tercera guerra liberadora librada para eliminar el despótico régimen de los Seis Años de Buenaventura Báez, amén de que fue un lugar clave en las constantes luchas internas libradas entre facciones de políticos y caciques militares criollos.
El héroe restaurador Fernando Tabera buscó afanosamente, en junio del 1861, el apoyo de los combatientes de Las Salinas de Barahona, pero en esa ocasión estaban neutralizados por los anexionistas. Otra fue posteriormente la historia de los hechos, cuando afloró el despertar de conciencias y algunos comandantes cambiaron de actitud con relación al cercenamiento de la soberanía nacional.
Con el paso de los meses el pueblo de Las Salinas de Barahona se convirtió en un teatro de guerra entre anexionistas y restauradores, saliendo estos últimos victoriosos.
Fue en Las Salinas donde se batió con la vanguardia de las tropas anexionistas del mariscal José De La Gándara y Navarro el General Ángel Féliz, quien primero fue independentista, luego pasó a ser un activo anexionista y finalmente (por una cascada de motivos) se transformó en restaurador, desempeñando un papel estelar a favor de los intereses nacionales.
Un historiador cibaeño hace interesantes descripciones sobre los apuros y peripecias que el referido La Gándara padeció en el Sur, particularmente en Las Salinas de Barahona y comarcas circunvecinas.2
Cuando se produjo más que un rifirrafe con las tropas de La Gándara el siempre aguerrido Ángel Féliz iba en ruta hacia Neiba, luego de regresar cargado de dignidad patriótica del litoral marino de Barahona, donde acababa de impedir que barcos españoles, entre ellos el vapor de ruedas Isabel La Católica, desembarcaran tranquilamente cientos de tropas ibéricas en el litoral que ahora lleva el nombre de María Montez.
Con relación al ex presidente haitiano Silvain Salnave, hay que decir que lo que se logró en Las Salinas de Barahona no se pudo conseguir en el 1864, en Cabo Haitiano, su ciudad natal, donde él y sus seguidores armados resistieron durante 4 meses el asedio de 12 mil soldados dirigidos por el entonces presidente Fabré Nicolás Gefrard.
A los campos de ese hoy municipio de la provincia Barahona llegó Salnave acompañado por cientos de hombres fuertemente armados, que pretendían quebrar las vigorosas líneas de combate de las columnas de operaciones que había puesto en la zona el bizarro General José María Cabral.
Las intenciones del fugitivo extranjero, como consta en documentos de esa convulsa etapa domínico-haitiana, era llegar hasta la Capital dominicana para apuntalar al régimen despótico de Buenaventura Báez, socio del referido Salnave.
A las Salinas de Barahona fue llevado herido y prisionero, después del duro combate del sitio aledaño llamado La Cuaba, el mencionado jefe de gendarmes haitianos. Desde allí fue conducido vivo hasta el poblado de Fond-Verrettes, en Haití.
Sabido es que unos pocos malos dominicanos, teniendo el control del gobierno, pretendían de nuevo anexar el país a una potencia extranjera, esa vez a los Estados Unidos de Norteamérica. Dicho personaje haitiano era un cúmbila de ellos.
En efecto, un gran historiador nuestro escribió sobre el más famoso de los prisioneros de Las Salinas de Barahona lo siguiente: «…Salnave era el enemigo manifiesto de los dominicanos que mantenían la protesta opuestos a la anexión: era el aliado de Báez.»3
Junto con Salnave también fueron remitidos a su país parte de los altos oficiales que lo acompañaron y sobrevivieron a su rocambolesca aventura.
Sin embargo, muchos de los que tergiversan la historia ocultan que Cabral, en un acto de piedad, dejó en territorio dominicano al general Víctor Salnave, hijo de aquel personaje.
El poblado de Las Salinas de Barahona, por un azar de la historia, quedó vinculado a esa controversial figura que con su comportamiento provocó grandes dificultades entre los dos países que se reparten la segunda isla en extensión territorial del archipiélago caribeño.
Bien pudiera resaltarse en un caso como ese el refrán popular que dice que si el sapo salta y se ensalta la culpa no es de la estaca.
De Salnave se ha dicho que «fue el tipo de soldado de fortuna, cuya audacia, intrepidez y bravura fanatizaban a las muchedumbre, aureolando su persona con fascinantes leyendas.»4
Los anales de nuestra historia no registran si Salnave llegó a Las Salinas de Barahona con una de las figuras más destacadas de su estado mayor, la joven generala veinteañera Amelia Montreuil, una amazona descendiente de agricultores del poblado de Leogane, aldea haitiana llamada Yaguana antes de su destrucción en el 1605.
Esa demolición de Yaguana, como la de otros pueblos, fue rigurosamente ejecutada por el capitán general y gobernador colonial español Antonio de Osorio, como parte de las tristemente célebres Devastaciones ordenadas el 6 de agosto de 1603 por el Rey Felipe III (contradictoriamente apodado el Piadoso).
Dicha orden, por demás funesta, fue hecha mediante cédula real emitida en Valladolid, y a cuyo contenido se oponían mentes lúcidas como la del a la sazón Arzobispo de la isla La Hispaniola Fray Agustín Dávila Padilla, fallecido un año antes del inicio de aquella debacle poblacional.
La historia de Haití narra que la citada generala Montreuil fue condenada a muerte, pero el entonces presidente de aquel país, Nissage Saget, le conmutó ese supremo castigo por trabajos forzados.
Luego de la decisión tomada en Las Salinas de Barahona ocurrirían varias cosas entornos a Salnave: su espectacular fuga, los fieros combates que libró en Anse-Pitres, en los bordes fronterizos con Pedernales; la recaptura del mismo y su posterior fusilamiento en los patios frontales del Palacio Presidencial de Haití.
En todos sus barrios y en la periferia de Las Salinas de Barahona hay casuchas indignas de ser habitadas por seres humanos.
Una regola de agua abierta atraviesa parte del poblado, en cuyos márgenes deambulan cuadrúpedos y aves de corral.
En esa comunidad predomina cierta economía informal, con pequeños puestos de ventas de diferentes mercancías expuestas en zaguanes de viviendas familiares y en aceras. También se ven buhoneros pregonando sus productos por las calles.
Los habitantes de Las Salinas tienen todas las dificultades y carencias propias de los vecinos de los demás pueblos de esa zona del país.
Si bien es cierto que su territorio es asiento de una gran riqueza minera, la misma no se utiliza para amortiguar el rigor de la pobreza de sus pobladores. Los beneficios de la producción de yeso y sal se quedan en unas pocas manos, resultado de un mal proceso de privatización, que se hizo obliterando los derechos de los que moran en ese municipio.
En el pueblo de Las Salinas de Barahona se da un fenómeno extraño, en términos antropológicos, pues una parte de sus residentes sufre de lo que se denomina hermafroditismo, que no es más que un aparejamiento de vulva y pene en una misma persona, y que según estudios encabezados por el eminente médico dominicano Teófilo Gautier (cuyo nombre lleva merecidamente el nuevo hospital local) se produce por la falta de un componente de la biología humana identificado como 5 alfa reductasa.
Dicha realidad antropológica, con particularidades andróginas, es un problema social y humanamente grave. El drama en cuestión es muy diferente al hecho que dio origen a la leyenda del Hermafrodita, en la mitología griega, surgido en una fuente de Halicarnaso.
Al penetrar al área rural de Las Salinas no se observa de manera considerable producción agrícola ni pecuaria, pero parece que en el pasado lejano era diferente.
En efecto, en un informe oficial rendido en el 1840 al gobernante Jean Pierre Boyer el capitán Juan Segundo Félix, encargado de esta comunidad, decía que aquí había «38 labranzas y 46 hatos»5
Este municipio siempre ha sido de interés para muchos extranjeros dotados de diferentes inquietudes. En el 1896 Wilhelm Sievers logró recopilar gran parte de los cuadernos del viajero Richard Ludwig, quien en mayo de 1888 anotó lo siguiente:
«…luego se llega al río Salinas, en cuya orilla izquierda se encuentra la aldea de Salinas con unas pocas casas. Aquí se da mucha sal blanca, aparentemente de varios estratos distintos. Las capas se elevan en vertical, extendiéndose en general hacia el este…En el lecho del Salinas, río arriba, se ven unas terrazas con guijarros de roca caliza y conglomerado calcáreo más fino…El camino de Salinas hacia Las Damas por Angostura (4 leguas) no se interna tan profundamente en la sierra como se indica en los mapas, sino que pasa justo al lado de las montañas de sal.»6
ESTERO HONDO, PUERTO PLATA
Una prueba fehaciente de la valentía del pueblo dominicano, y su resistencia a todo tipo de totalitarismo, es que en cualquier rincón de la geografía nacional hay una página histórica con expresiones de heroísmo.
Observando un mapa del país se comprueba que Las Salinas de Barahona y Estero Hondo, Puerto Plata, están casi en las antípodas. Sin embargo, en ambos lugares se desarrollaron hechos de gran impacto colectivo en la cada historia nacional.
Estero Hondo es una comunidad marítima, construída en los linderos de la bahía La Isabela.
Al estar cerca de la comunidad de La Isabela, lugar de desembarco, en el año 1492, de Cristóbal Colón y sus acompañantes, y ser el primer asentamiento europeo en América, fue uno de los lugares iniciales donde los conquistadores españoles y los indígenas tuvieron enfrentamientos.
Pero luego del exterminio de los aborígenes todo era bucólico en la paradisíaca tierra de Estero Hondo, hasta que el 20 de junio de 1959 (en estos días se cumplieron 58 años) se produjo allí un hecho que sirvió de base para el principio del fin del régimen de oprobio encabezado por Trujillo.
Los que llegaron por Estero Hondo eran parte de la histórica expedición que también vinieron por Constanza y Maimón.
En efecto, en esa fecha llegó a las apacibles aguas marinas de Estero Hondo la lancha La Timina, cargada con 48 titanes dispuestos a ofrendar sus vidas a cambio de la libertad del pueblo dominicano.
Eran dominicanos y extranjeros (un español, cuatro puertorriqueños, dos estadounidense y catorce venezolanos). La mayoría fueron asesinados a mansalva.
Militarmente no lograron su objetivo principal y fueron derrotados, pero moralmente dejaron una lección que fue germinando entre el pueblo al cual llegaron a liberarlo del yugo opresor de la tiranía.
El coraje y la decisión de estos hombres, nimbados por la gloria, la fama y el honor siempre estarán planeando sobre nuestro firmamento como un recordatorio de que nadie jamás podrá mantener sojuzgar al pueblo dominicano.
Estero Hondo tiene una playa hermosa llamada La Ensenada, donde a veces llegan los hermosos y casi en extinción mamíferos marinos conocidos como manatíes.
Fue por esa playa por donde llegaron, el referido 20 de junio de 1959, los integrantes de la Raza Inmortal.
Mar adentro está el famoso Cayo Arena. A veces está cubierto por las olas espumosas y en ocasiones la arena sobresale al nivel de las aguas, haciendo las delicias de los visitantes, quienes allí siempre estarán sujetos a lo que haga la marea.
En el extrarradio del poblado y de la playa hay varios humedales, con manglares donde habitan diversas especies de peces, aves y una flora muy diversa.
Bibliografía:
1- ley 46. 8 marzo 2001. ley 916. 12 de agosto 1978.
2- Historia de la Restauracion. 4ta. edición. Editora Taller,1981. Pedro M. Archambult.
3- Ensayos Históricos. Editora Corripio.p413.Socrates Nolasco.
4- La República de Haití y la República Dominicana. tII.p666.Editora Taller, 2000. Jean Price-Mars.
5- Obras Completas, vI. Impresora Amigo del Hogar, febrero 2016.p402, José Gabriel García.
6- Santo Domingo visto por cuatro viajeros 1850-1889 (Frederick Douglass y otros). Publicado por la Academia Dominicana de la Historia en el 2016. p68,69 y 70
2018-08-03 20:27:30