

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES
Municipio Los Alcarrizos
Desde comienzos del siglo XVIII aparece en la historia nacional el nombre de Los Alcarrizos. Muchas versiones sin confirmar se han tejido sobre el origen de ese topónimo: Que surgió en honor a un hacendado colonial asentado allí, que fue por un pueblo español así llamado, que se debe a un derivado de una planta que crece en albuferas y otros humedales, etc.
Lo cierto es que Los Alcarrizos fue al principio un terreno llano y vacío que se convirtió en un centro de acopio de los productos agrícolas que llegaban a la capital del país procedente del fértil valle del Cibao.
Con el paso del tiempo muchos vendedores, compradores y viajeros que allí hacían paradas fueron quedándose en el lugar, situado en una de las principales entradas de la llamada ciudad de Los Colones, hasta convertirlo en lo que es el hoy pujante Municipio Los Alcarrizos.
Hasta no hace mucho tiempo era una simple sección rural. Fue a partir del año 2001 que adquirió la condición de Distrito Municipal, mediante la Ley 163-01, promulgada el 16 de octubre del referido año. Entonces formaba parte del municipio Santo Domingo Oeste, creado con ese mismo texto legal.1
El poblado de Los Alcarrizos fue elevado a municipio de la Provincia Santo Domingo el 31 de enero del 2005, a través de la Ley 64-05. Evidentemente que se tomó en cuenta para ello la explosión demográfica, la creación de decenas de urbanizaciones y el proceso comercial e industrial que allí se observa desde hace décadas. En el artículo 2 de dicho texto legal se agregaron al Municipio Los Alcarrizos, en condición de Distritos Municipales, los entonces lugares rurales Palmarejo-Villa Linda y Pantoja.2
Conforme lo dispone la indicada ley los límites actuales de Los Alcarrizos son al Norte el Distrito Municipal La Guáyiga y el arroyo Lebrón. Al Sur el Municipio Santo Domingo Oeste, por el Batey Caballona y el Río Haina. Al Este tiene al Distrito Nacional y al Oeste roza con la Provincia San Cristóbal.
Según las estadísticas nacionales, y esencialmente las proyecciones que de ellas se hacen periódicamente, el Municipio Los Alcarrizos está entre los de mayor población y ocupa uno de los primeros lugares en cuanto a densidad de habitantes por kilómetro cuadrado. La razón es clara: es un pueblo de inmigrantes, dada su cercanía con la principal ciudad del país y con la creación en sus contornos de empresas de zona franca y otros grupos fabriles que emplean a miles de personas.
Es necesario precisar que Pantoja y Palmarejo-Villa Linda fueron elevados a Distritos Municipales en razón de su movimiento social, urbanístico, comercial y su crecimiento poblacional.
Son comunidades completamente urbanizadas, con miles de viviendas en bloques familiares. En ambos lugares moran decenas de miles de habitantes, la mayoría de los cuales desempeña sus actividades laborales y de esparcimiento en la ciudad de Santo Domingo. Es decir que son pueblos-dormitorios.
Una puerta de entrada a la Capital dominicana
En la antigüedad las principales ciudades de Europa y Asia eran protegidas en sus flancos y frentes por puertas de entradas. Haciendo una comparación con esa realidad del pasado se puede decir que el punto geográfico conocido como Los Alcarrizos ha sido desde hace cientos de años una especie de acceso terrestre desde la región del Cibao hacia la ciudad de Santo Domingo.
Su doble condición de territorio cercano a la principal urbe dominicana, y de entrada a ella de los habitantes de la zona más poblada y rica del país, fue convirtiendo a Los Alcarrizos, que antes era un descampado con casas aisladas, en un dinámico pueblo-dormitorio de obreros, chiriperos, buhoneros, choferes y trabajadoras domésticas que de día laboran en la Capital de la República y de noche van a sus hogares a reponer energías y hacer vida hogareña.
Ha habido alguna evolución en lo anterior, pues ya muchos de sus moradores no tienen que desplazarse para ganarse la vida como asalariados o por cuenta propia, pues la comunidad se ha ido ensanchando en diversos aspectos. La economía de Los Alcarrizos, especialmente de comercios variados y algunas fábricas, ha creado cierta dinámica visible desde que se penetra al lugar.
Rebelión de Los Alcarrizos
Uno de los primeros y más serios intentos por ponerle fin a la ocupación haitiana al país se comenzó a formar en febrero de 1824, en Los Alcarrizos. Desde entonces figura en la historia dominicana como la Conspiración de Los Alcarrizos, también llamada Conspiración de San José.
Ese conato de rebelión fue de mucha significación simbólica en los comienzos de la opresión haitiana al pueblo dominicano, independientemente de que no era un movimiento independentista, pues sus orquestadores eran seguidores de la corona española, en los tiempos del Rey Fernando VII.
«La Revolución de Los Alcarrizos…tuvo por objeto la restauración de la dominación española, pero no el propósito de constituir el país en Estado soberano e independiente…»Así lo dejó escrito un prolífico historiador criollo.3
Los dirigentes de esa acción contestaria a la presencia de los gobernantes haitianos en el país, que fue ahogada en su propia cuna, fueron Baltazar Novas, Lázaro Núñez, José María de Altagracia y el cura Pedro González, que ejercía como párroco en Los Alcarrizos. José María de Altagracia se desplazó varias veces desde la comunidad de El Higüero a participar en los preparativos bélicos contra la fuerza ocupante.
Un cúmulo de fallas, más la delación de uno de los típicos traidores que casi siempre aparecen en los grupos rebeldes, provocó que la conspiración de Los Alcarrizos no prosperara.
Cuando ya estaba en proceso de cuajar la puesta en práctica de las tácticas conspirativas, el gobierno de ocupación entró en acción, enterado de lo que se estaba fraguando. Provocó una matanza entre los conjurados, que adquirió la condición de hecatombe.
A quien Américo Lugo bautizó como el padre de la historia dominicana, José Gabriel García, narra que el general haitiano Gerónimo Maximiliano Borgellá, quien por mandato del presidente de Haití Boyer ejercía como gobernador de lo que luego sería la República Dominicana, «salió con doscientos hombres del regimiento haitiano número 12, que estaba todavía de guarnición en la plaza, a dispersar y perseguir a los amotinados.»4
Haciendo acopio de lo transmitido por García, y de otras fuentes informativas no precisadas, el historiador Frank Moya Pons se refiere a la decisión del gobernador Borgellá de actuar militarmente contra los rebeldes de los Alcarrizos. En efecto, sostiene que:
«A mediados de febrero de 1824 volvieron a sucederse las reuniones conspirativas contra el gobierno, esta vez encabezadas por Baltazar de Novas y el cura de Los Alcarrizos, Pedro González…fue tomada en consideración seriamente pues el día 24 el mismo gobernador marchó a Los Alcarrizos con unos 200 hombres…»5
Ya en el año 1823, antes de la intrépida asonada de Los Alcarrizos, grupos de dominicanos inconformes habían tramado sediciones contra los intrusos gobernantes extranjeros, pero fueron descubiertas y castigados los que pudieron ser identificados.
En el referido 1823 obreros viales dominicanos, que trabajaban en el tramo carretero que cubría la ruta intramontana, por el lomo de la Cordillera Septentrional, desde Santiago a Puerto Plata, les hicieron un motín a los gendarmes haitianos que los atosigaban en las duras tareas que cumplían.
Los diferentes registros históricos que se refieren a la conspiración de Los Alcarrizos de 1824, también conocida como de San José, hacen constar que las autoridades de ocupación actuaron con mucha crueldad en la masacre que perpetraron para crear pánico entre la población. Obviamente que no lograron ese propósito, pues el pueblo dominicano nunca dejó de luchar por su libertad.
A parte de los muertos, en combate o no, el 8 de marzo del referido año también se produjeron condenas tan drásticas como la de muerte contra Facundo de Medina, Juan Jiménez, José María de Altagracia y Lázaro Núñez y largas prisiones para otros, incluyendo al sacerdote Pedro González.
Los Alcarrizos en los episodios dominicanos
Max Henríquez Ureña, en sus Episodios Dominicanos, traslada parte del draconiano fallo contra los conspiradores de Los Alcarrizos: «…la sentencia misma establecía que era ineludible ejecutarla, aunque se interpusiera contra ella cualquier recurso, para que este escarmiento y el temor de la pena contenga dentro de los límites de su deber a los que no basta para persuadirlos el conocimiento del pacto social y los vínculos que de él resultan.»6
El patíbulo y la dignidad
En la tarde del día siguiente los condenados a muerte fueron ahorcados por órdenes impartidas por el comisario del gobierno de ocupación, Tomás Bobadilla y Briones quien, junto con otros pocos criollos empotrados en el aparato gubernamental de ocupación haitiana, veían como un absurdo total y una incongruencia no cónsona con la realidad del momento que los que estaban subyugados se atrevieran a enfrentarse a los que entonces tenían el control militar y económico del país.
Los culpados por los hechos de Los Alcarrizos fueron al patíbulo con espíritu sereno, como si imitaran al personaje palaciego español don Rodrigo Calderón, el marqués de Siete Iglesias, quien al caer en desgracia por intrigas del conde-duque de Olivares entró a la Plaza Mayor de Madrid, donde fue degollado, con tanta hidalguía que en España se acuñó la frase «tiene más orgullo que don Rodrigo en la horca.»7
Varios de los dirigentes de la rebelión de Los Alcarrizos, que lograron escapar de la feroz persecución de los haitianos, fueron también condenados a muerte, en ausencia, entre ellos Baltazar Novas y Antonio González.
Al margen de que los rebeldes de Los Alcarrizos se inclinaban por España, como ya dije más arriba, es pertinente indicar que Manuel Núñez, en su libro El Ocaso de la Nación Dominicana, aunque refiriéndose a una etapa más avanzada del gobierno de Boyer, relata que algunos dominicanos:
«…entre los que se contaba Tomás Bobadilla y Briones (1786-1871), el más importante hombre de Estado de la primera República, tenían el conocimiento de que las posibilidades de un levantamiento independentista dominicano eran realmente escasas.»8
La realidad posterior a la fracasada acción bélica de Los Alcarrizos demostró que siempre ha existido entre los dominicanos el carácter de rebeldía ante la opresión y la disposición de hacer los sacrificios más elevados para enfrentarse a sus verdugos, que los ha habido de todos los pelajes y en todas las épocas, desde el 1492 en adelante.
Boyer y el alzamiento de Los Alcarrizos
El alzamiento de Los Alcarrizos contra los haitianos que ocupaban por la fuerza el país tuvo resonancia internacional, y desmontó las mentiras propaladas por parte interesada de que los dominicanos habían asumido como buena y necesaria la presencia en el país de los representantes de Boyer.
Tan impactante fue ese intento de ponerle fin a la ocupación extranjera aquí, que el presidente Jean Pierre Boyer, al intervenir el 5 de abril de 1824 ante el Congreso de Haití, hizo referencia a ese acontecimiento, desglosando burlonamente supuestas realidades que proyectaban a este territorio como una especie de las arcadias griegas imaginadas por poetas renacentistas y románticos:
Así se expresó en la referida fecha Boyer, el poderoso hombre que mantuvo bajo su puño de hierro al pueblo haitiano desde 1818 y que luego lo extendió hacia acá hasta el 1843, cuando tuvo que renunciar por asuntos internos en Puerto Príncipe: «La República continúa gozando de una perfecta tranquilidad, no obstante que algunos insensatos, poseídos por la ambición y la malevolencia, se han atrevido a manifestar pérfidas intenciones en el Este…»9
Los Alcarrizos y la migración del Siglo XIX
En la tabla migratoria de los habitantes de lo que luego sería la República Dominicana figura el cacique taíno Hatuey (llamado el primer rebelde de América) como uno de los primeros que emigraron forzosamente de su tierra.
Luego hubo varias oleadas de nacidos en la futura nación dominicana que fueron exiliados voluntarios, o contra su voluntad, y hasta algunos expatriados por diferentes motivos, como Filomena Gómez de Cova y Julia Cobier, para solo citar dos figuras femeninas con sus nombres esculpidos en la historia continental. La primera por su gran aporte económico a la causa libertaria enarbolada por los trinitarios y la segunda por su estelar papel junto al Libertador por antonomasia de una parte importante de América Latina, Simón Bolívar.
Después de los sangrientos acontecimientos de Los Alcarrizos algunas de las familias de mayor significación social y económica del país emprendieron el camino del exilio, con lo cual se debilitó enormemente el tejido social criollo. Ya antes, por diferentes circunstancias, habían tenido que abandonar su tierra natal muchos otros núcleos familiares como los Morell de Santa Cruz, los Heredia y los Núñez de Cáceres.
La rebelión de Los Alcarrizos trajo como consecuencia, casi de inmediato, un endurecimiento del mal trato de las autoridades haitianas de ocupación contra los nacidos en el espacio que arranca en el lado oriental de los ríos Dajabón, Artibonito, y Pedernales, así como de las franjas terrestres divisorias por el Cercado, Jimaní y otros lugares del lateral oeste criollo y se proyecta hasta Higüey y sus contornos rurales, en el extremo Este de la isla. Parte de la isla de Santo Domingo que el insigne poeta Pedro Mir describió como «…un país en el mundo colocado en el mismo trayecto del sol. Oriundo de la noche. Colocado en un inverosímil archipiélago de azúcar y de alcohol.»
Entre esas medidas cabe citar un hostigamiento contra el clero. El 8 de julio de 1824 apareció una ley boyeriana para controlar la propiedad privada, particularmente los inmuebles.
Los alegatos esgrimidos por los jefes haitianos para la puesta en vigencia de ese texto legal fueron múltiples, algunos con un fuerte contenido demagógico. Una de sus víctimas fue la iglesia católica, la cual quedó en la ruina al desmontarse el andamiaje mercurial prevaleciente a esa fecha, dentro de sacristías y en el extrarradio de los templos.
Simulacro de Trujillo en Los Alcarrizos
El entonces pequeño poblado de Los Alcarrizos tuvo una nota al margen en la conspiración fraguada en la ciudad de Santiago de los Caballeros contra el gobierno de Horacio Vásquez, cuya ejecución arrancó en la tarde del 23 de febrero de 1930 en el ancho patio central de la Fortaleza San Luis, ubicada en un altozano de la parte sur de esa ciudad cibaeña.
El dictador Trujillo era la poderosa mano larga y peluda oculta detrás de los conjurados de la acción cívica y militar que con malicia de prosa interesada el poeta tamborileño Tomás Hernández Franco llamaría «La Más Bella Revolución de América», en un libro que así tituló al recopilar sus opiniones políticas publicadas durante los años 1929 y 1930 en el periódico santiagués La Información.
Hernández Franco abogaba sin ambages por el derrocamiento de Horacio Vásquez. Este último fue indirectamente tan responsable como sus enemigos del desastre que padeció el país en los 30 años de trujillismo.
La ambición desenfrenada por mantenerse en el poder obnubiló al presidente Vásquez, al que sus partidarios, por la barba que tenía bajo su labio inferior, llamaban «la virgen de Altagracia con chiva.» El antepuso sus mezquinos intereses grupales a la salud democrática del país. La consigna de «Horacio o que entre el mar», puesta en boga en la convulsa etapa referida, se convirtió en los crudos hechos en una larga, pesada y oscura noche que se prolongó por tres décadas sobre el pueblo dominicano.
En su célebre polémica con Enrique Apolinar Henríquez, el historiador Hugo Tolentino Dipp, cuya cultura enciclopédica trascendía los límites de la diosa Clío, llegó a escribir que:
«La prolongación del mandato de Horacio Vásquez fue un acto de fuerza y de violencia, que nada tuvo que ver con el contenido de las Constituciones de 1924 y de 1927.»10
En los tejemanejes en torno al derrocamiento del presidente Vásquez el que entonces era Jefe del Ejército, y futuro dictador, fingió de cara al público hasta el final y como parte de la comedia bufa envió tropas supuestamente para repeler a los rebeldes que avanzaban desde Santiago hacia Santo Domingo.
Varios pelotones de soldados del Ejército Nacional se estacionaron en un terreno abierto del hoy municipio de los Alcarrizos, pero fue una pantomima, tal y como se comprueba en múltiples informaciones surgidas en la ocasión. Para mayor abundamiento sobre el tema puede consultarse la obra titulada Historia General del Pueblo Dominicano, en su tomo V, publicada por la Academia Dominicana de la Historia.11
Un acucioso puertorriqueño, como lo fue Víctor Medina Benet, con privilegiado acceso a fuentes documentales esenciales, publicó una obra fundamental para conocer los entresijos del hecho histórico de 1930 que tuvo una parada circunstancial, más bien anecdótica, en Los Alcarrizos.
En su ya clásica obra titulada Los Responsables (fracaso de la Tercera República), el mencionado autor describe la madrugada del 26 de febrero de 1930 en la ciudad de Santo Domingo así:
«La ciudad capital ha sido despertada de repente por repetidas descargas de fusilería. Es la diana de Marte que vuelve a oírse al cabo de casi quince años de paz. Las detonaciones se oyen más cerca; disparos de rifles y de armas cortas hienden el silencio de la madrugada. Es el saludo al renacimiento de la violencia como recurso político.»12
Famosos sacerdotes en Los Alcarrizos
Se tienen noticias de la existencia de una ermita en Los Alcarrizos desde el 1870, cuando así lo dispuso el tristemente célebre cura Calixto María Pina, Gobernador Eclesiástico de Santo Domingo, un personaje agua tibia (por su ambivalencia) en la política dominicana y en la praxis de la doctrina cristiana. De él Monseñor Meriño escribió en su Diario de Viaje, en tono de alta suspicacia, «con Calixto huuum…»
El franciscano capuchino Fray Cipriano de Utrera recoge así, con su estilo narrativo medio arabesco, lo de la referida capilla en el entonces pequeño caserío: «Alcarrizos. Calixto Pina autoriza a Ruperto Martínez haga ermita.2 de mayo del 1870.La hará Lipiano.»13
A partir de 1934 algunos sacerdotes que dejaron sus huellas en la historia eclesiástica dominicana tuvieron un papel importante en la Parroquia San Antonio de Padua, de Los Alcarrizos.
De los curas que han ejercicio su ministerio en Los Alcarrizos hay que señalar que los más dinámicos y comprometidos con el pro común han sido los padres pasionistas, pertenecientes a la orden religiosa católica creada por San Pablo de la Cruz.
Valga la digresión para decir que esa activa labor de involucramiento social es común en los pasionistas, pues ese instituto religioso tuvo en su seno a figuras tan destacadas como las santas María Goretti y Gema Galgani, y santos como san Gabriel de la Dolorosa, san Inocencio de la Inmaculada, san Carlos de Andrés y san Vicente María Strambi.
Entre los sacerdotes que sobresalieron por su buen accionar entre la población de Los Alcarrizos debo mencionar a Victoriano Goñi, Benito Arrieta, Lorenzo Hart, Bernardino María de Conil, Juan Martínez, Alfonso Chafe, Miguel de Castro, Eduardo Mc Carthy, Jorge Courtrigh, Juan Fullerton, José King, Ignacio Luna, Mario Burke, Vicente Murphy, Enmanuel Mac Donald, Enrique Ortega Piñón, así como otros que haría larga la lista.14
Presidente Bordas Valdez en Los Alcarrizos
El General José Bordas Valdez sustituyó en la presidencia de la República, en abril del 1913, al renunciante monseñor Adolfo Alejandro Nouel. Su presidencia fue de corta duración (básicamente por el pugilato desarrollado de manera descarnada por los jimenistas y horacistas, llamados bolos y coludos) pero dejó sus huellas positivas en la historia dominicana, a pesar de que a pocos meses de estar en la poltrona presidencial tuvo que enfrentar y sofocar, en septiembre del 1913, la llamada Revolución del Ferrocarril, dirigida por Horacio Vásquez.
En su etapa que puede considerarse como el reposo del guerrero pasaba la mayor parte del tiempo en su finca de Los Alcarrizos, donde hizo colocar una bandera nacional de enorme dimensión. Se le asocia a obras de bien social entre los habitantes de aquella comunidad, que lo tienen como uno de los suyos.
Bibliografía:
1-Ley No.163-01, del 16 de octubre del 2001.
2-Ley No.64-05, 31 de enero del 2005.
3- Obras Completas. Volumen 3.P178.Editora Amigo del Hogar, 2016. José Gabriel García.
4-Obras Completas. Volumen I.P363. Impresora Amigo del Hogar, 2016. José Gabriel García.
5-La dominación haitiana 1822-1844. Cuarta edición. Editora Búho, 2013.P44. Frank Moya Pons.
6-Episodios Dominicanos: La Conspiración de Los Alcarrizos. Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1981. Max Henríquez Ureña.
7-Las Anécdotas de la Política de Keops a Clinton. Editorial Planeta,1999.P103. Luis Carandell.
8-El Ocaso de la Nación Dominicana.Editorial Letra Gráfica, 2001.P12. Manuel Núñez.
9-Discurso del 5 de abril de 1824, pronunciado ante el Congreso de Haití. Jean Pierre Boyer.
10-La Reelección: una polémica. Editora Collado, segunda edición, 2003.P66. Hugo Tolentino Dipp y Enrique Apolinar Henríquez.
11-Historia General del Pueblo Dominicano. Tomo V. Capítulo 2.Editora Búho, 2014. Publicado por la Academia Dominicana de la Historia.
12-Los Responsables (Fracaso de la Tercera República).Edición facsimilar, 2013.P351.SDB. Víctor Medina Benet.
13-Noticias Históricas de Santo Domingo. Volumen VI. Editora Taller, 1983.P26.Fray Cipriano de Utrera.
14-Nombramientos Eclesiásticos,1884-1984.Tomo 1.Pp252-254.Editora Amigo del Hogar,1991. Rafael Bello Peguero.
2019-08-24 00:24:44