POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES
En la vida del patriota Santiago Rodríguez Masagó, nacido el 25 de julio de 1810 en tierra del noroeste (quien demostró ser un táctico y estratega formidable), no hay ninguna señal de que tuviera entrenamiento al estilo del que adquirían los que se formaban en el Pritaneo militar que instaló Napoleón Bonaparte en La Fléche, en el oeste francés. Dicho eso aunque en los días de la Independencia Nacional obtuvo por propios méritos el rango de coronel.
Fue uno de los hombres fundamentales en las fases más movidas del proceso bélico que enfrentó a los combatientes restauradores dominicanos con las tropas del entonces imperio español y sus lacayos criollos. Aunque algún respetado historiador nunca le perdonó que terminada la guerra restauradora se alineó con el caudillo rojo Buenaventura Báez.
Leyendo escritos mal hilvanados de uno de los usurpadores de la soberanía dominicana, cargados de ataques virulentos contra Santiago Rodríguez, se puede afirmar que contra él se “agotó el improperio, saqueó el epíteto y manchó la palabra”, hasta su fallecimiento el 7-11-1893 en la sección El Cantón, Sabaneta.
Venció a varios generales anexionistas, tanto españoles como dominicanos. El 26 de agosto de 1863, por ejemplo, puso en fuga vergonzosa en la loma del Tabaco, entonces jurisdicción de lo que se conocía desde tiempos precolombinos como Guaraguanó (desde el 9 de septiembre de 1907 es Monción) al jefe militar de origen dominicano José Antonio Hungría.
Después de enfermarse, y analizar que el triunfo restaurador era inevitable, se estableció en San Ignacio de Sabaneta, el pueblo que se le atribuye haber fundado en el 1844 con los sobrevivientes del incendio que en dicho año hicieron los haitianos en Dajabón. Desoyó las múltiples peticiones que le hicieron para que fuera el presidente de la República en armas. Apadrinó para ese elevado cargo al valeroso José Antonio Salcedo, a quien apodaban Pepillo.
El general Santiago Rodríguez fue intrépido y estaba dotado de una enorme capacidad intuitiva para organizar combatientes victoriosos. Esos fueron los motivos, mezclados con mezquindad, para que jefes militares y civiles anexionistas lo presentaran como un ser endemoniado y creador del caos.
El general José de la Gándara, que fue el último capitán general durante la fracasada anexión, escribió largos y farragosos comentarios en su contra, especialmente en los dos tomos de su obra publicada casi dos décadas después de salir derrotado del territorio dominicano, titulada “Anexión y guerra en Santo Domingo”. Son hojas que contienen muchas mentiras.
Sobre uno de los hechos más gloriosos encabezados por Santiago Rodríguez, acompañado entre otros patriotas por José Cabrera, Pablo Reyes, Benito Monción y Alejandro Bueno, es decir la acción patriótica iniciada el 16 de agosto de 1863 en el cerro de Capotillo, otro oficial español señaló que: “Apareció nuevamente la revolución, levantando erguida su asquerosa cabeza…tristes y graves acontecimientos…” (La dominación y última guerra de España en Santo Domingo. Editora Santo Domingo, 1974.Pp 128 y 129. Ramón González Tablas).
La realidad sin fisura fue que Santiago Rodríguez, como bien anotó uno de sus biógrafos, fue “un hombre eminente, iniciador supremo de la revolución libertadora…Tenía la preparación necesaria…sus virtudes de patriota y su grado de coronel de la Independencia”. (Historia de la Restauración. Editora Taller, 1986. P24. Pedro M. Archambault).
A pesar de que hay pruebas documentales acerca de delaciones y chivatazos de los preparativos patrióticos que comenzaron en el cerro de Capotillo (de lo que dan cuenta entre otros el historiador José Gabriel García), Santiago Rodríguez demostró en los hechos que era falso el alegato de los anexionistas de que entregaron la soberanía nacional al reino de España porque los dominicanos no tenían condiciones para sostener la Independencia.
Esos vendepatria terminaron en el zafacón de la historia, mientras los restauradores tienen un lugar de honor en el recuerdo de los acontecimientos más importantes de nuestro pasado, aquellos hechos que reafirmaron la dominicanidad.
Sin necesidad de sumergirse en profundizaciones sociológicas está demostrado que la Restauración fue una guerra popular, por el origen social del grueso de sus oficiales y tropas. Sin embargo, eso no impide reconocer que en ella hubo dirigentes cuyos actos permiten ubicarlos en una clasificación especial.
Uno de esos jefes políticos y militares sobresalientes fue Santiago Rodríguez. Es por ello que ante su memoria no hay por qué desdeñar la visión (muchas veces con enfoques controversiales) del ensayista y filósofo escocés Thomas Carlyle sobre los personajes más destacados, a quienes consideraba que hay que reconocerles su valía como parte esencial para forjar la historia, tomando en cuenta el caudal de la energía creativa que son capaces de emanar frente a los demás cuando una determinada situación se torna más difícil. (Teoría del Gran Hombre).
Una provincia del noroeste dominicano lleva el nombre de Santiago Rodríguez desde el 29 de diciembre de 1948, en virtud de lo dispuesto por la Ley 1892, con entrada en vigencia el primero de enero de 1950. (Gaceta Oficial No.66882, publicada el 12-1-1949).
teofilo lappot
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