Mario Rivadulla
La fotografía de pacientes internados en el hospital Darío Contreras que comparte la portada del diario Hoy en su edición de este día con la del intercambio en Palacio entre el Presidente Danilo Medina y el jefe de la misión del Fondo Monetario Internacional, no puede ser evidencia más elocuente del penoso estado en que se encuentra ese tradicional centro asistencial.
La evidencia es mucho más contundente todavía cuando se pasa la vista por el amplio reportaje que figura en las páginas interiores con endoso de otros testimonios gráficos de mayor impacto aún, donde figuran personas en estado de coma hacinados en una sala de supuestos cuidados intensivos… donde todos los equipos se encuentran dañados. Más que un centro de salud, semeja un deteriorado almacén de infelices enfermos. Demás señalar que se trata de pacientes pobres que se convierten así también en pobres pacientes.
En adición, según denuncia su angustiado director, doctor Héctor Quezada, los centros autogestionados y otros que reciben recursos del Estado les desvían sus propios pacientes cuando estos ya no disponen de más medios para cubrir las atenciones que reciben, lo que el galeno califica con sobrada razón como un acto de perversidad que agrava aún más la situación del Darío Contreras.
El bien documentado reportaje de Altagracia Ortíz, periodista especializada precisamente en el área de la salud, afirma que el Darío Contreras se está cayendo a pedazos, que solo recibe siete millones de pesos mensuales de subvención, que hace cuatro meses esta no le ha sido entregada y que la deuda con los suplidores asciende al presente a más de noventa millones de pesos.
Ya en días previos, también fruto del mismo trabajo de investigación de la acuciosa reportera, se puso en evidencia una situación similar y quizás hasta peor, en el hospital Luis Eduardo Aybar, que muchos siguen identificando como el Morgan. Tanto éste como el Darío Contreras y la Maternidad de La Altagracia, en situación igual o parecida donde hay camas compartidas hasta por cuatro parturientas, son tres de los hospitales de mayor tradición y que más cantidad de pacientes reciben dentro del sistema asistencial público.
Esta situación vergonzosa resulta de mayor contraste si la comparamos con los incuestionables avances y ambiente de modernidad que paradójicamente presentan otros centros hospitalarios de más reciente construcción, o en los que se han realizado remodelaciones multimillonarias y ofrecen servicios médicos con tecnología de punta para pacientes de escasos recursos.
Varios ejemplos: el que lleva por nombre doctor Marcelino Vélez, en Herrera, el reacondicionado hospital Padre Billini, el traumatológico Juan Bosch en La Vega y el Ney Arias Lora por citar algunos casos. Más notorio, por ser fronterizo precisamente con el Aybar y hacer más ostensible la diferencia, está CECANOT, donde los servicios de neurocirugía, cirugía ocular y procedimientos cardiológicos cuentan con una batería de médicos eminentes y de equipos que nada tienen que envidiar a los de países más avanzados.
Todos estas expresiones de excelencia asistencial, los hemos destacado en más de una oportunidad. Es un reconocimiento merecido. Son la cara positiva del sistema hospitalario público. Pero ellos hacen precisamente mucho más paradójica la distancia abismal que los separa de los casos mencionados del Darío Contreras, el Aybar y la Maternidad de La Altagracia que junto a muchos otros en similares condiciones de extrema precariedad, nos muestran la otra cara fea, sucia y cuarteada del régimen hospitalario, evidencia de una situación tan vergonzosa que constituye un verdadero atentado a la salud, la vida y la dignidad de los pacientes y que es preciso corregir cuanto antes.
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EL TIRO RAPIDO
Mario Rivadulla
19, 09, 2012
2012-09-20 23:00:49