Se entendió equivocada o ingenuamente por muchos de los que apoyaron activamente el movimiento del cuatro por ciento para la educación preuniversitaria que con la entrega de esos recursos extraordinarios, este año docente arrancaría en punta.
No ha sido así. La realidad ha resultado muy otra. El desmesurado e inviable planteamiento de la ADP de reclamar el ciento por ciento de aumento a los docentes como sueldo base y al margen de su rendimiento, ha llevado al gremio a un fuerte enfrentamiento con las autoridades de Educación. No es que los maestros no requieran un reajuste en sus ingresos. Pero nunca antes a ningún gobierno ni en ninguna época se había planteado una exigencia de esa magnitud.
Pesos de más o de menos un alza de esas proporciones consumiría una parte apreciable de los recursos extraordinarios aportados por el actual presupuesto. Ni que decir que obligaría a todo un profundo replanteo en los planes de gobierno de construcción de aulas, el pupitre dominicano y las mismas estancias infantiles.
En la campaña del cuatro por ciento y en la aplicación de la ley que así lo dispone por parte del gobierno no se tomó en cuenta un aspecto fundamental. Esto es: la necesidad de crear una mística y asumir un compromiso colectivo, comenzando por los propios maestros, en torno a la meta esencial convertida en proyecto de nación, de elevar la bajísima calidad de la educación en el país.
De esta tenemos más que sobradas pruebas. Bastaría desempolvar los penosos resultados obtenidos en las distintas mediciones regionales que se han efectuado, donde indefectiblemente ocupamos el último lugar con una puntuación que motiva a vergüenza.
Pero sin necesidad de remontarnos en el tiempo, los resultados registrados en la más reciente investigación llevada a cabo en 5 mil 466 centros educativos tanto públicos como privados, constituyen una evidencia contundente. Son cifras que mueven a pavor más que a simple preocupación. Veamos:
De esos 5 mil 466 centros educativos encuestados, apenas 32 alcanzaron categoría de A (considerando como tal aquellos en que entre el 95 y la totalidad de los alumnos aprobaron las materias básicas: Lengua Española, Matemáticas, Ciencias Sociales y Ciencias Naturales); 59 se colocaron en la categoría B y 5 mil 284 tuvieron la calificación D, o sea, deficientes.
Eso en las escuelas. Vamos ahora a los estudiantes. Los mejores resultados se alcanzaron en Español, con apenas un 27.2 por ciento que lograron superar la prueba del idioma con que nos comunicamos. De 143 mil 528 alumnos de octavo tan solo 801 lograron obtener el mínimo de 65 o más puntos en las cuatro asignaturas básicas. En los niveles medio general y técnico, las calificaciones fueron un poco mejor pero no mucho más: de 76 mil 820, únicamente 2 mil 328 consiguieron superar los 70 puntos.
Son resultados que lloran ante los ojos de Dios y de una contundencia tal que nos colocan ante la penosa realidad de una educación que está más abajo del nivel del suelo. La respuesta a esta realidad hay que buscarla fundamentalmente en la pobrísima calidad de la enseñanza que se está impartiendo en nuestras escuelas.
Esta es una realidad ante la que no podemos taparnos los ojos ni buscar subterfugios. Que tenemos que mirar a la cara. Que nos obliga y compromete a todos. Y que nos impone la necesidad de no perder ni un solo segundo de docencia.
Los recursos están. Faltan ahora, repetimos, la mística y el compromiso colectivo, comenzando por los propios maestros que son el eje alrededor del cual gira el sistema; las autoridades encargadas de darles las herramientas y el respaldo para su labor docente y los padres de los alumnos de dar seguimiento al avance educativo de sus hijos.
Trabajar por y para una educación de calidad debe ser la tarea de mayor prioridad que acometa el país, porque de ello dependen nuestras reales posibilidades de progreso y bienestar.
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EL TIRO RAPIDO DEL JUEVES
Mario Rivadulla
7 de Marzo de 2013
2013-03-10 03:33:13