Los fiscales del país están de luto por el vil asesinato de uno de los suyos. Lo está en particular el Procurador General de la República, quien le conocía de cuando ocupaba la Fiscalía del Distrito Nacional, antes de ser elegido senador por Santiago. Debe estarlo todo el país. Apenados por este Omar Alvarez, caído en cumplimiento de su deber a manos de un desalmado y miserable delincuente y quien deja en la orfandad dos menores y un tercer vástago en camino, víctimas inocentes de esta tragedia que deben recibir la más amplia protección del Estado, aunque ya nada devolverá la vida al cabeza de familia ni podrá aplacar su inmenso dolor por esta muerte injusta.
Lo fue en grado sumo. El criminal, con un largo prontuario de denuncias y querellas por estafa, compra de animales robados y otros delitos, numerosas quejas de los vecinos y con antecedentes de ser un hombre violento, pese a lo cual disfrutaba de una libertad que no merecía, se ensañó con la víctima, a la cual acribilló literalmente de quince balazos. Una vida valiosa que se pierde y una, en cambio, la de su matador que se extiende en el tiempo y por váyase a saber de cuántos más actos viles será protagonista en el futuro, si bien en prisión y por los largos años que correspondan a la sanción más severa establecida en el Código Penal.
Las circunstancias del hecho, según los primeros informes, establecen que el fiscal victimado acompañado de agentes policiales y portando la correspondiente orden de allanamiento penetró en el domicilio del homicida. Este, ya esposado, pidió permiso para ir al sanitario alegando su condición de diabético, por lo que se le quitaron las argollas. Al salir del baño lo hizo portando una pistola todo cuyo contenido vació en el cuerpo del fiscal. Difícil de entender y el propio Jefe de la Policía quien se personó en el lugar del hecho, califica quizás con criterio excesivamente amable de «negligencia», que los agentes que acompañaban a la víctima no hicieron al parecer el menor intento de impedir, o al menos repeler la agresión.
En una de las versiones aparecidas en la prensa matutina, se cita inclusive que los agentes habían entrado en un proceso de empatía y confianza con el responsable de este crimen atroz. Este proceso, la identificación de la autoridad con el delincuente, es lo que se conoce como «Síndrome de Estocolmo». Pero esta extraña relación, sin embargo, requiere de un tiempo más o menos prolongado para producirse, lo que no ocurrió en este caso.
Como bien expresa el Procurador, este es un hecho que nunca debió ocurrir. Como tampoco el asesinato de la infortunada peluquera que en Santiago, en semanas recientes, fue ultimada por su ex pareja, contra la cual había interpuesto previamente una docena y media de querellas por abuso, amenazas y acoso y frente a cuyo hecho el propio Domínguez Brito declaró que la justicia le había fallado a la víctima, al igual que ha sucedido en tantos otros casos en que sobre todo, mujeres amenazadas, no recibieron la necesaria protección.
En esta ocasión, la Justicia también le falló a Omar Alvarez, uno de los suyos y según testimonio de su superior, de los buenos. Inconcebible, reiteramos, que un individuo con más de un centenar de querellas como figura en el prontuario delictivo del matador, disfrutara de libertad para cometer todo tipo de tropelías, hasta culminar con esta acción criminal deleznable y absolutamente cobarde.
Una expresión más, trágica, dolorosa, estremecedora del grado de violencia social al que hemos llegado. Pero también de una vergonzosa falla en el ejercicio de la autoridad y del vacío de la Justicia para llenar a cabalidad su cometido dejando en libertad de delinquir a quien hace tiempo debiera estar preso y llevando a la tumba, a quien por el contrario, debiera continuar vivo.
Teledebate(a)hotmail.com
EL TIRO RAPIDO
Mario Rivadulla
Martes 31 , 10, 12
NUNCA DEBIO OCURRIR
2012-11-01 14:49:37