Por Teófilo Lappot Robles
La Orden Predicadores, más conocida como los dominicos, fundada por Santo Domingo de Guzmán en el 1216, se estableció en la isla La Española en septiembre de 1510. Los primeros de ellos que pisaron esta tierra fueron cuatro frailes: fray Pedro de Córdoba, fray Antón de Montesino, fray Bernardo de Santo Domingo y fray Domingo de Villamayor.
Luego de empaparse de los vejámenes y crímenes cometidos por los conquistadores y colonizadores españoles contra los indios, los dominicos trataron de persuadirlos para que cesaran sus maldades, pero más pudo la soberbia y la codicia que la razón.
Como no les hicieron caso a sus justos pedidos pronto los dominicos provocaron una inesperada conmoción en el gobierno colonial español entonces encabezado por Diego Colón como gobernador y virrey de las Indias. Tuvieron que escuchar, con mudez por sorpresa, el Sermón de Adviento, leído por el ilustre orador religioso fray Antón de Montesino el 21 de diciembre 1511. Ese texto fue una decisión colectiva; dicen que escrito en gran parte por el superior local fray Pedro de Córdoba.
Fue una tremenda reprimenda (una especie de Sermón de la Montaña en su contexto de justicia) a los colonizadores españoles por el trato que les daban a los indígenas. Fue un aldabonazo inesperado para los representantes del rey Fernando II de Aragón. Especialmente una frase que quedó fijada para siempre en nuestra historia: ¿Con qué derecho y justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?
El primer sorprendido fue el referido virrey Colón, ante la descarga discursiva de Montesino que comenzó diciendo (con la gramática de entonces) que “era la voz de Cristo en el desierto de esta isla”, y advirtiendo que dicha voz “será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable que jamás no pensasteis oír…”
Esas verdades causaron ronchas y protestas, pero según las crónicas de entonces no surtieron en lo inmediato los efectos prácticos que los dominicos buscaban. Sí sembraron la semilla que luego brotaría con leyes y opiniones doctrinarias. Basta mencionar el papel fundacional que tuvo en el derecho internacional el filósofo, jurista y fraile dominico Francisco de Vitoria.
A partir de ese primer e histórico discurso religioso hubo un vendaval de amenazas a los dominicos que moraban en esta parte de las Antillas para que echaran hacia atrás lo que habían dicho. Sin embargo, el domingo siguiente hubo una reiteración de su posición. Así lo señala un relator de entonces: “Comenzó a fundar su sermón y a referir todo lo que en el sermón pasado había predicado y a corroborar con más razones y autoridades lo que afirmó de tener injusta y tiránicamente aquellas gentes opresas y fatigadas”. (Historia de Las Indias. Tomo II. Bartolomé de las Casas).
Ellos nunca dejaron de criticar, con toda la contundencia de su autoridad moral, la esclavitud en esta parte del Caribe. Resaltaban desde el púlpito los derechos de todos los seres humanos, desde que Montesino les enrostró a los jefes colonialistas sobre los indios: ¿Estos no son hombres?”
Por ejemplo, fustigaron sin tregua La encomienda, nefasta institución que en América tuvo su primera aplicación en esta tierra caribeña.
Los registros históricos consignan que elevaron siempre su voz de protesta cuando se distribuían como bestias los indios a favoritos de favoritos del régimen colonial. Por citar un ejemplo: Se opusieron tajantemente al repartimiento que en el 1514 hizo Rodrigo de Alburquerque, por órdenes directas del rey español.
Varias Reales Cédulas se hicieron como respuesta a la lucha de los dominicos, quienes no cesaron en su oposición a los maltratos y crímenes que cometían los ejecutores colonialistas y sus mandantes monárquicos.
Además de lo anterior y otras acciones, los dominicos tienen el gran mérito cultural de haber colocado las bases que dieron origen a la primera casa de altos estudios de América, cuando en el 1518 abrieron en su convento de la ciudad de Santo Domingo lo que llamaron Estudio General, que veinte años después se convirtió en Universidad mediante la bula In Apostolatus Culmine, firmada el 28 de octubre de 1538 por el papa Paulo III. Fue el origen de la hoy Universidad Autónoma de Santo Domingo.
El conjunto de su actitud de enfrentamiento ante los abusos, las denuncias ante la metrópoli y las orientaciones a su feligresía ha motivado que los dominicos sean llamados como “héroes espirituales de América”, en palabras del historiador dominicano Emilio Rodríguez Demorizi.
Cuando enfrentaban a los gobernadores coloniales se vivía entonces lo que el escritor cubano José María Chacón y Calvo denominó, en su ensayo titulado Criticismo y colonización, publicado en La Habana, en 1935, como “el criticismo colonial”.
El historiador Antonio Del Monte Tejada, por su parte, dejó para la posteridad la siguiente imagen de esos históricos religiosos católicos: “Eran estos religiosos muy ejemplares en su vida pública y privada. Vestían de lana, ayunaban continuo, predicaban y confesaban diariamente y se reconocía en ellos el espíritu verdaderamente apostólico…” (Historia de Santo Domingo. Primera edición 1890).
El ilustre Pedro Henríquez Ureña, en un ensayo sobre el escenario que ellos usaban, el cual tituló Casa de los Apóstoles, publicado en Argentina el 18 de noviembre de 1934, escribió que: “En unas chozas, en unos bohíos, tuvo principio la más formidable cruzada que ha peleado en América el espíritu de caridad contra la rapaz violencia de la voluntad del poder”.(Obra Dominicana.SDB,1988.P.443,PHU).
Se puede afirmar sin temor que un arco de opiniones que recorre un largo tramo desde el siglo XVI, con los relatos de fray Bartolomé de las Casas y otros investigadores, hasta hace pocos años con los juicios sopesados del sacerdote e historiador José Luis Sáez y unos cuantos más, arroja un resultado en favor de la presencia positiva aquí de los dominicos.
Resumiendo, para los que deseen indagar, “la acción pastoral o reflexión teológica de los dominicos”, desde que llegaron a esta parte del mundo hace más de cinco siglos, está bien representada en las páginas esclarecedoras de la obra de doña Flérida de Nolasco titulada Clamor de Justicia en la Española 1502-1795.(Edición 2008 de la SDB).
Teofilo Lappot teofilolappot@gmail.com