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Las excusas de Abinader se caen frente a Bukele

Por Alfonso Benoit

Cada vez que se cuestionan los resultados del gobierno de Luis
Abinader aparece la misma lista de excusas: que recibió un país
golpeado, que llegó en medio de la pandemia, que después vino la
guerra de Ucrania, que los precios internacionales se dispararon y que
ahora la crisis en el estrecho de Ormuz vuelve a presionar el petróleo
y el transporte mundial. Todo eso ocurrió. Abinader asumió la
Presidencia el 16 de agosto de 2020, en plena crisis del COVID-19, y
desde entonces el mundo ha atravesado sucesivas perturbaciones
económicas y geopolíticas.

Estas reflexiones surgieron durante una reciente intervención en mi
programa de YouTube, al escuchar nuevamente las explicaciones
utilizadas para justificar los problemas que enfrenta el país.

Muy bien. Demos por válidas esas dificultades.

El problema comienza cuando se pretende utilizar cada crisis
internacional como explicación permanente para cualquier fracaso
interno. Porque República Dominicana no fue el único país que enfrentó
la pandemia, la inflación mundial, la guerra de Ucrania o la
inestabilidad energética. El Salvador también atravesó esos escenarios
bajo la presidencia de Nayib Bukele.

Y entonces la comparación se vuelve incómoda.

No porque República Dominicana y El Salvador sean países idénticos. No
lo son. Tienen economías, territorios, estructuras productivas e
instituciones diferentes. Pero precisamente por eso hay un dato que
desmonta otra de las excusas habituales: República Dominicana dispone
de una economía muchísimo mayor. El PIB dominicano supera ampliamente
al salvadoreño. Es decir, la economía dominicana es varias veces
mayor.

Entonces yo pregunto: si administramos muchos más recursos, ¿por qué
el ciudadano dominicano tiene que conformarse siempre con
explicaciones?

En seguridad, por ejemplo, Bukele produjo un cambio que nadie puede
borrar con discursos. Los homicidios en El Salvador han caído
drásticamente desde que llegó al poder. Un país que durante años fue
presentado internacionalmente como símbolo de violencia y control de
pandillas pasó a exhibir niveles de seguridad que parecían
impensables.

¿Que su modelo es cuestionado? Claro que sí.

El estado de excepción, las detenciones masivas, las denuncias sobre
violaciones al debido proceso, las críticas de organizaciones de
derechos humanos y los cuestionamientos sobre independencia judicial
forman parte de la realidad salvadoreña y no deben ocultarse.
Reconocer los resultados de Bukele en seguridad no obliga a
convertirlo en un santo ni a negar las críticas contra su gobierno.

Pero tampoco las críticas pueden utilizarse para fingir que los
resultados no existen.

Mi punto es otro: gobernar significa producir resultados.

No necesito afirmar que Bukele eliminó toda la corrupción, porque los
indicadores internacionales no sostienen semejante conclusión. El
Salvador continúa enfrentando serios cuestionamientos en esa materia.

Pero justamente ahí está la diferencia entre una columna de opinión
seria y una propaganda política. Yo puedo admirar decisiones de
Bukele, reconocer su transformación de la seguridad pública y al mismo
tiempo señalar aquello que todavía merece cuestionamiento.

Lo que no estoy dispuesto a aceptar es que en República Dominicana
cada problema termine explicado por una crisis extranjera.

Si sube el petróleo, la culpa es internacional. Si aumenta el costo de
vida, la culpa es la guerra. Si la economía familiar no siente las
cifras que anuncia el Gobierno, entonces nos hablan del crecimiento
mundial. Y cuando se cuestiona la delincuencia, la corrupción o el
funcionamiento de las instituciones, siempre aparece una explicación
para justificar por qué todavía no se ha hecho lo suficiente.

¿Hasta cuándo?

La política no consiste en administrar excusas. Consiste en
administrar problemas.

Y aquí llegamos al punto más delicado. Mi crítica al gobierno de Luis
Abinader no necesita convertir una opinión política en una acusación
penal contra el presidente. No necesito afirmar que él personalmente
haya cometido un delito para cuestionar duramente lo que ocurre bajo
su administración. Lo que sí puedo exigir es que responda
políticamente por la corrupción denunciada en instituciones públicas,
por los funcionarios sometidos o investigados, por los escándalos que
han golpeado a su propio partido y por una ciudadanía que escucha
hablar de transparencia mientras continúa viendo casos que provocan
indignación.

Un presidente no puede atribuirse personalmente todos los logros de su
gobierno y luego declararse ajeno a cada fracaso de quienes él mismo
designó o de la estructura política que lo llevó al poder.

Eso no funciona así.

También escuchamos que República Dominicana es un país más complejo,
que mueve muchísimo dinero, que recibe millones de turistas y que
enfrenta presiones que El Salvador no tiene. Precisamente. Si tenemos
una economía mayor, una industria turística más poderosa y más
recursos disponibles, eso debería traducirse en mayor capacidad para
transformar la vida del ciudadano, no en una colección más extensa de
excusas.

Yo no soy salvadoreño. No conozco personalmente a Nayib Bukele y no
tengo por qué convertir a ningún político en ídolo.

Pero sí puedo reconocer cuando veo liderazgo, decisión y resultados.

Y puedo hacer exactamente lo contrario cuando observo un gobierno que
pretende que cada crisis internacional sirva como salvoconducto para
explicar sus problemas internos.

La pandemia pasó por El Salvador y por República Dominicana. La guerra
de Ucrania afectó al mundo entero. La crisis energética golpea a
economías grandes y pequeñas. La situación en el estrecho de Ormuz
también ha generado nuevas presiones y riesgos para el mercado
energético internacional.

Las circunstancias internacionales explican una parte de los problemas.

No explican todo.

Después de seis años en el poder, ya no basta con mirar hacia afuera
cada vez que algo sale mal.

Llegó el momento de mirar hacia adentro.

Porque cuando dos gobiernos enfrentan crisis mundiales parecidas, pero
uno logra exhibir transformaciones contundentes en áreas fundamentales
mientras el otro continúa pidiendo paciencia y ofreciendo
explicaciones, la pregunta deja de ser qué pasó en el mundo.

La pregunta es mucho más sencilla:

¿Qué hizo cada presidente con el país que le tocó gobernar?

Alfonso Benoit

Periodista y analista político
alfonsobenoit.com

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