Fue la campaña presidencial norteamericana muy disputada. El presidente Barak Obama, en busca de la reelección, tuvo que emplearse a fondo para enfrentar el serio reto que le planteó el candidato republicado Mitt Romney. Este fue, en todo momento, un contendor duro y tenaz.
Ambos tuvieron que viajar a todo lo largo y ancho del territorio, sostener infinidad de encuentros con grupos representativos, hablar ante numerosas asambleas de simpatizantes, enfrentarse en tres ardientes debates televisivos y esforzarse por tratar de captar el voto de los indecisos.
Obama pudo emerger triunfador, pese a la crisis que afecta la economía norteamericana que todavía muestra muy tímidos signos de recuperación, a los efectos de la llamada burbuja inmobiliaria arrastrada desde las últimas etapas del cuestionado gobierno de George Bush que ha hecho perder sus hogares a millones de familias y de los aún elevados índices de desempleo.
Lo logró, además, en forma convincente. Con los 303 votos electorales que obtuvo superó cómodamente el mínimo requerido de 270 para alzarse con la victoria. Pero además también conquistó el apoyo del voto popular. En las que se consideran las elecciones más participativas que han tenido los Estados Unidos, donde votaron más de 115 millones de electores, el primer presidente negro del país más poderoso de la tierra superó a su contrincante por más de 2 millones 331 mil.
(Nota: por error en nuestra anterior entrega dijimos que Romney había logrado más votos populares que Obama, que fue la tendencia inicial. Conforme fue avanzando el conteo, sin embargo, se revertió la situación hasta alcanzar los resultados finales que dejamos consignados en el párrafo anterior. Nuestras excusas).
Los analistas destacan que Barak Obama contó con un fuerte apoyo en el electorado hispano parlante, donde se estima recibió un apoyo superior al setenta por ciento, así como distintas minorías y la comunidad afro norteamericana. También se inclinó en su favor la mayoría del sufragio femenino, posiblemente por la labor de la carismática Primera Dama. Se considera que estos factores tuvieron un peso decisivo para inclinar la balanza de la victoria en su favor.
Precisamente por la misma condición de ser considerada la nación de mayor influencia global, las elecciones norteamericanas fueron seguidas con mucho interés en el mundo entero. Si bien ambos partidos, el demócrata y el republicano, son puntales del llamado stablisment y comparten los principios básicos en que se asienta su sistema económico y político, representan diferentes métodos de acción. Los gobiernos republicanos por lo general se han mostrado más agresivos en su política exterior, frente a los demócratas que proyectan una mayor proclividad hacia la negociación.
Tradicionalmente marginada en la agenda de prioridades en su política externa por parte Washington, la América Latina espera ahora disfrutar de mayor atención y una disposición más amplia y cooperativa por parte del Presidente Obama en este segundo período. De esperar que así sea, tomando en cuenta que los Estados Unidos han visto disminuir su influencia de manera muy significativa en la región, que a fin de cuentas viene a ser como sus espaldas. Y la más elemental prudencia aconseja cuidar estas con mayor celo que hasta ahora.
Mientras tanto queda proyectado el nuevo e inspirador ejemplo del masivo ejercicio cívico en que se asienta el sistema político de los Estados Unidos y que le ha permitido desde que en 1787, se firmó en Filadelfia su primera y única Constitución, mantener sin interrupción su sólido modelo de alternabilidad democrática.
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2012-11-11 16:37:55