Por Teófilo Lappot Robles
Una de las más graves fallas del sistema educativo dominicano es el poco interés en dar a conocer la geografía nacional. A primera vista se considera que eso carece de importancia frente a otras urgencias y falencias de nuestra sociedad, pero no es así.
Hay un crecimiento exponencial de la ignorancia sobre las diversas zonas maravillosas de esta hermosa tierra donde nacimos. Basta preguntar a muchos dominicanos sobre cualquier punto geográfico del país para que a la memoria lleguen en tropel casos referidos por un jurista y novelista petromacorisano que comenzó su principal obra así:
“El maestro había pronunciado una palabra rara: Dajabón…Era en la clase de Geografía Patria…El maestro hablaba rutinariamente. No conocía su país. Era de una familia ilustre de la capital y jamás había salido “a esos pueblos”.
Más adelante añade: “Los capitaleños…hacían alarde de una concentración citadina, en el fondo antinacional que los separaba de las demás provincias, aldeas y territorios”. (El Masacre se pasa a pie. Capítulo I. Freddy Prestol Castillo).
Pero lo anterior no es uso y costumbre sólo de los natales de la capital dominicana. Se extiende a todo el país: “A Don Chepe no le interesaba saber qué es la República Dominicana”. Le bastaban su tierra ancha, sus vacas y sus siembras…” (Ibídem, capítulo II).
Vale recordar ahora que Cristóbal Colón, desde los primeros días de diciembre de 1492, fue el iniciador de las descripciones generales de la geografía dominicana (anticipo epocalmente el gentilicio, como bien dijo Manuel Rueda). Dicho eso aunque el llamado descubridor de América utilizó abundancia de metáforas y no pocas imágenes en sus notas.
Aunque Colón hizo párrafos de fantasía, es innegable que cuando se viaja en cabotaje por la costa del norte dominicano se comprueban, a pesar de los siglos transcurridos, los motivos de su deslumbramiento con nuestra geografía desde ese “Mediterráneo de muchas bocas”, como definió la parte marina de las Antillas el geógrafo y explorador alemán Alexander Humboldt, considerado por muchos como el padre de la geografía moderna universal.
Después del referido Almirante de la Mar Océana muchos otros han presentado en cartas, folletos y libros lo que constituía antes (y ahora también) el sistema orográfico, la topografía, los elementos acuáticos, etc. de esta tierra caribeña.
Los que más escribieron en la época colonial fueron Gonzalo Fernández de Oviedo, especialmente en los libros II y III de su obra Historia General y Natural de las Indias, y Fray Bartolomé de las Casas en el primero y otros de los capítulos de su libro Apologética Historia Sumaria, en el cual narró sobre montañas, valles, ríos, bosques y otros elementos no menos importantes de nuestra geografía. Ambos con su español del siglo XVI.
Un escudriñador intelectual estadounidense que llegó aquí el 24 de enero de 1871, para tareas nada agradables, en términos de nuestra soberanía, no pudo menos que escribir que entre las dos principales cordilleras dominicanas “…se sienta probablemente uno de los más hermosos, fértiles y bien regados valles del mundo: el famoso Valle de la Vega Real…” (Santo Domingo, su pasado y presente. SDB. Edición 2012.P.5. Samuel Hazard).
Pero para reavivar en la República Dominicana el conocimiento de nuestro geografía también se puede y se debe acudir a eso que un historiador dominicano, afincado desde hace décadas en Alemania, analiza en lo que bien él denomina “oralidad campesina” y “tradición oral urbana” ( El pasado como historia. Capítulo I. Pp.25-63. Roberto Marte).
Sin embargo, la dejadez en las aulas formadoras de los niños y jóvenes dominicanos ha provocado una ignorancia supina que lacera el espíritu, pues se les hace más difícil amar la tierra natal a aquellos que no la conocen. Esa falencia es similar al desinterés por nuestra gloria histórica.
Buscando aminorar ese problema fue que se creó en 1970, bajo el impulso de don Emilio Rodríguez Demorizi y otros meritorios ciudadanos, la Sociedad Dominicana de Geografía.
Ese mismo año esa institución cultural publicó, de la autoría de su mencionado fundador, el libro titulado Relaciones Geográficas de Santo Domingo. Dos años más tarde (1972) divulgó del jurista, políglota y alpinista Juan Bautista Pérez Rancier, ya entonces fallecido, la obra Geografía y Sociedad. En sentido general es poco lo que ha podido hacer esa languideciente entidad sin fines de lucro.
Pero como la esperanza tiene un valor moral permanente entre los pueblos no podemos creer que nunca la juventud dominicana transitará por el camino del interés por conocer la geografía nacional.
Es por ello que resulta oportuno incentivar el estudio de una obra poco conocida, pero con un contenido interesante: Diccionario geográfico-histórico dominicano, escrito por el dominicano Temístocles Ravelo, publicado por el Archivo General de la Nación en el 2012.
También es esencial para empaparse de lo que ha sido y es el territorio nacional leer y estudiar la magnífica obra titulada Geografía Histórica Dominicana, una recopilación de artículos ( “menos siete”) de su autor, el reconocido historiador Frank Moya Pons, (Editora Búho, 2019), en la cual aborda temas trascendentales, entre ellos los siguientes:
Relieve, valles, vallejuelos, paisajes costeros, ríos, lagunas, bosques secos y nublados, escorrentías, microclimas, desfiladeros y cañones, geografía subterránea, las áreas protegidas, caminos, carreteras, senderos y vías panorámicas.
Teofilo Lappot teofilolappot@gmail.com