La obligada vecindad con Haití, con quien compartimos el condominio isleño, duele, lastima y preocupa al mismo tiempo.
Duele desde el momento mismo en que el devastador terremoto, que muchos geólogos pronosticaban para nuestro país, dejó reducida a escombros gran parte de la ciudad capital de Puerto Príncipe, con un aterrador saldo estimado entre 250 mil y 300 mil víctimas, una cifra que posiblemente nunca podrá establecerse con exactitud siquiera aproximada y más de un millón y medio de damnificados.
Una tragedia que nuestro gobierno entonces encabezado por Leonel Fernández y nuestro pueblo hicieron suya desde el primer momento y antes que nadie, con amplísimas demostraciones de generosa solidaridad.
Duele en la medida en que su proceso de reconstrucción marcha a un paso muy por debajo del ritmo necesario sin que se avizore una posibilidad cierta de aliviar la situación de extrema pobreza que afecta su población y superar su condición de estado «fallido».
Duele porque debido a ello las prometidas ayudas para recuperarse de los devastadores efectos del terremoto no han llegado con la celeridad requerida, debido a que países y organismos donantes han retenido parte de las mismas a la espera de que el país muestre mayores señales de estabilidad.
Duele cuando se nos revela que todavía cerca de 400 mil damnificados comparten la más precaria existencia en las carpas de los alrededor de 450 campamentos que los albergan donde proliferan el hambre, las enfermedades, la criminalidad en todas sus formas y sobre todo y peor que todo, la desesperanza.
Lastima cuando como consecuencia de una masiva, ilegal y desordenada inmigración de nativos del país vecino, propiciada en gran parte por el soborno a las autoridades y la complicidad de empleadores dominicanos a la busca de una mano de obra barata y carente de derechos laborales, sumados a la falta de previsión y extrema permisividad mostrados por nuestros gobiernos a lo largo de los años hemos llenado el país de quizás hasta millón y medio de indocumentados y creado una compleja situación migratoria.
Lastima cuando debido a esa situación, la República Dominicana es sentada una y otra vez en el banquillo de los acusados bajo reiterados cargos de discrimen y abuso a los inmigrantes haitianos en base a hechos aislados ante los jueces de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, una convención carente de legalidad por cuanto nunca fue ratificada por el Congreso.
Lastima cuando como consecuencia de ello, la imagen de nuestro país y nuestro pueblo se deteriora a la vista de la comunidad internacional, sin siquiera como justa contrapartida, tomar en cuenta el monto multimillonario de los servicios médicos prestados sobre todo a empobrecidas madres haitianas que cruzan la frontera para dar a luz en nuestro territorio, ni que gracias a residir y trabajar aquí cientos de miles de haitianos cada año pueden remesar más de mil millones de dólares al otro lado de la frontera.
Y preocupa cuando a estas alturas, por mutua conveniencia, todavía no se ha logrado el necesario grado de buena vecindad, relación armoniosa y esfuerzo solidario entre Haití y la República Dominicana que nos permita zanjar diferencias siempre por vía del diálogo y emprender proyectos de común interés, buscando los puntos que nos acercan más que acentuando las obvias diferencias que nos distancian.
¿Se entenderá esto algún día?
EL TIRO RAPIDO DEL MIERCOLES
Mario Rivadulla
13 de Marzo de 2013
TELEDEBATE@hotmail.com
2013-03-15 16:30:40