Nueve muertes confirmadas y un número indeterminado de heridos, algunos en estado de mucha gravedad, fue el resultado del choque entre un camión y una camioneta cargada de feligreses evangélicos, en su mayoría haitianos, que retornaban de una actividad religiosa. La dramática colisión tuvo lugar en la carretera Puerto Plata-Imbert. Ambos conductores resultaron ilesos al tiempo que sometidos a investigación para determinar el grado de posible culpabilidad.
Sin hacer juicios de valor ni presumir la culpa de uno u otro o ambos choferes, este terrible accidente nos coloca de nuevo ante la trágica realidad que representan los eventos vehiculares en nuestro país. Su saldo no puede ser más trágico: representan la principal causa de muerte en República Dominicana. Más que los asesinatos cometidos por el crimen organizado. Más que las ejecuciones vinculadas al narcotráfico. Más que los homicidios. Más, mucho más que los repudiados y publicitados feminicidios y ni que decir de los suicidios.
Sin embargo, salvo ocasiones en que la pérdida de vidas se cuenta por racimos como en este caso, las muertes provocadas por los accidentes vehiculares, día por día, en una interminable sangría que sume en luto a miles de hogares cada año, apenas trascienden a la opinión pública como una noticia corriente.
De lado quedan los muchos casos de invalidez permanente o que requiere de un prolongado proceso de recuperación, de lo que puede dar fe la Asociación Dominicana de Rehabilitación donde van a dar una gran cantidad de afectados. Y más al margen, los cuantiosos daños materiales que se derivan de los accidentes vehiculares y que obligan a las aseguradoras a aumentar sus primas de vehículos.
Hasta ahora todo lo que se ha intentado para poner freno a esta situación ha fracasado. Hace varias décadas, junto siendo director de Radio Reporte, La Voz del Trópico, junto a Rafael Molina Morillo y su Diario Nacional promovimos el I Seminario sobre Transporte en el país. Posteriormente, el colega Bonaparte Gautreaux promovió un segundo seminario. En ambos se aportaron valiosas ideas que han quedado en archivo. Distintas campañas también de concientización como «Si conduce, no beba y si bebe, no conduzca» , «Manejo seguro» y «Manejo a la Defensiva» al igual que un ilustrativo video financiado por la Cervecería Nacional Dominicana han corrido similar suerte.
Es que falta sanción y la voluntad de aplicarla. Bastan dos ejemplos. Uno, apenas menos de un cinco por ciento de multas son pagadas por los infractores; y otro, un cuarenta y ocho por ciento de los conductores no han renovado sus licencias, entre estos varios miles de militares y policías. Falta por saber cuántos otros están conduciendo sin siquiera tener el seguro al día. También cuántos choferes que manejando drogados o embriagados y que han ocasionado accidentes mortales, han pagado sanción por ese motivo. Llevarse la luz roja, hablar por celular mientras se conduce, ir a exceso de velocidad, violar las más elementales normas del tránsito, constituye casi un deporte nacional.
Mientras siga persistiendo esta situación de desorden e impunidad, no se organice y meta en cintura a los choferes irresponsables públicos y privados, los motores, los conchos y las peligrosas voladoras, no se aplique mano dura y se impongan severas penas a los infractores de tránsito, comenzando por quienes se amparan en su condición de autoridad, se cancelen licencias y se retengan los vehículos de aquellos que no pagan las multas, en especial los reincidentes, los accidentes vehiculares continuarán llevando luto a los hogares dominicanos en mayor número y con mayor frecuencia que cualquier otra causa de muerte violenta.
EL TIRO RAPIDO
Mario Rivadulla.
25 de febrero de 2013
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2013-02-27 04:55:48