Por Manuel Hernández Villeta
Desde hace muchos años tengo como libro de cabecera a «El Arte de la Guerra», escrito por un general Chino, que ha sido fuente de inspiración de líderes militares, políticos, emperadores y los comandantes revolucionarios de todos los siglos.
No es mi favorito por ser un libro de sangre, sino de organización, de métodos, de viviencias, del comportamiento de los hombres y de sus relaciones sociales. El cantar de los cantares, sin ser religioso.
Cuando se escribió El Arte de la Guerra lo que había eran carretas de bueyes, flechas y lanzas de madera, pero hoy en la Bolsa de Valores de Nueva York, o de Francia, o de España, o de la Gran Bretaña, los ejecutivos llevan en su computadora portatil este pequeño libro de Sun Sut.
Las elecciones dominicanas me hacen reflexionar de esta obra, que siempre tengo al lado de mi ordenador personal, cuando estoy escribiendo un artículo o leyendo la prensa.
El gran maestro de la guerra, Sun tzu, planteaba que tan importante era ganar una batalla, como tener lista la retaguardia. Un ejército sin retaguardia, son hombres que van al sacrificio.
Los grandes generales saben que a una batalla se va a ganar o perder, vivir o morir, y para cualquiera de las circunstancias, la sinceridad, la hidalguia y el respeto debe estar en primer lugar.
Cuando se pierde una batalla, la retaguardia no es colocar hombres a los lados del camino para hacer guerrillas, y asaltos por las espaldas, sino para preservar lo que se tiene, y concertar en la búsqueda de beneficios mutuos. No hay retaguardia, sino desastre, cuando se esfuma la sinceridad, la hidalguía y el respeto
Cuando un comandante de tropas, para seguir usando al Arte de la Guerra, como libro de almohada, pierde la razón y lanza a su ejército en la búsqueda atropellante del triunfo, sin pensar en la derrota, verá su fuerte arder.
Los Romanos, que fueron exportadores de legiones que sometieron al mundo conocido por ellos, creían en la cara y la cruz, la sombra y la luz, la verdad y la mentira.
Sus dioses tenían dos caras, dos semblantes, no para la falsía, sino para demostrar que la vista de esas deidades aceptaba al mismo tiempo que se vencía y se perdía.
Jano, el Dios romana de la doble cara, podría ser para la hipocresía, pero también para la estrategia. El amor puede terminar en conquista, o en rechazo.
El que no acepta la derrota, no está preparado para el triunfo. La victoria es propia de la coyuntura, de que se tenga a mano una estrategia, una táctica, un programa bien elaborado, y que el pueblo responda al mismo, y lo haga suyo.
Con las pasadas elecciones dominicanas, el pueblo voto libremente, y escogió a su próximo Presidente. La voluntad popular manifestada en las urnas no puede ser violentada por caprichos.
Poner en duda la soberanía del pueblo, al momento de escoger a sus representantes, ya de por si es un tremendismo inaceptable. Los errores de campaña, no se pueden eternizar en la vida diaria.
Los malos generales se esfuman, cuando se recogen los idus de las batallas. Solo perviven los vencedores que cuenta con el favor de sus tropas y del pueblo. Los perdedores solo tienen un camino, y es saber reconocer su derrota, y prepararse para futuras batallas. Renovarse o morir, diría el prosista.
2012-05-22 22:29:49