Por Manuel Hernández Villeta
La cobardía y la inacción de la mayoría silente, es culpa de nuestros principales males. Es cuando una mayoría no tiene cabeza ni forma unitaria, y prefiere ponerse una cremallera sobre los labios, antes que ser agente de cambios.
La mayoría silente nunca tiene voz, solo voto. Decide elecciones cada cuatro años, respaldada por lo anónimo del voto. Ir a la casilla y de allí salir y guardar en el corazón por quién se voto.
La democracia de hoy no camina con una mayoria silente. El silencio es donde se incubaron los dictadores de ayer. El silencio es donde surge la prepotencia y los desconciertos presentes y futuro. El hombre tiene voz y voto en todas las decisiones humanas. No responder a su papel histórico es una cobardía.
Cuando una mayoria no tiene un líder y vive dispersa en pedazos, no tiene fuerzas para cambiar el curso de la historia. Cuando se desbordan las pasiones, un hombre heroíco, nacido en el momento, parido por las circunstancias, se adueña de las voluntades y se levanta sobre la multidud de solitarios.
Los grandes dictadores de la historia levantaron su principal pedestal en los hombres sin voluntad, que solitarios temen, y en la multitud siguen exhibiendo sus individualidades, y no les importa lo que pase a tres metros de sus sombras.
Los dictadores le dan a esa mayoría silente pan, tranquilidad y normalidad en la rutina de una existencia gris, pero a cambio le quitan su libertad, su derecho a conformar un frente unitario, su voz y sus decisiones.
Aunque sea con una venda en los ojos y una tira sobre los labios, esa multitud silente, es la mayoría. Solo falta que despierte, que tenga conciencia de su ser social. Esa misma mayoría silente es la que desesperada se lanza a las calles y hace pobladas y revoluciones. Tienen que haber procesos tortuosos para despertar su fiebre íntima.
La coyuntura y las circunstancias. Dos conceptos totalmente diferentes. El materialismo histórico y el humanismo coincidiendo en que para poner a hablar a la mayoria silente hay que esperar el momento propicio, y sobre todo que vaya levantando la cabeza el que va a dirigirla.
El país carece de líderes, la mayoría son cabezas de grupos circunstanciales sin más fuerzas que el leve viento que apaga una vela. Los grandes lideres descansan en paz, el momento y la hora es la de ir forjando no a un valiente, sino a un visionario.
Mientras la mayoria silente seguirá de rodillas y en espera de que amanezca para comenzar un nuevo dia. Nada nuevo bajo el sol.
2013-09-04 22:21:07