Por Manuel Hernández Villeta
Creo en el pluralismo de las ideas, y la globalización de los medios de producción. En consecuencia, el internacionalismo es una corriente político-social frente al mundo olvidado de ayer y a la esperanza de hoy, que se prepara para el salto al futuro.
Las ideas no tienen fronteras, ni el deseo del hombre a vivir en libertad plena, sin cadenas, sea de grilletes o de forjas de opresión de cualquier manera. La violación de los derechos humanos, constituye un crimen de lesa-humanidad que no se puede permitir.
El nacionalismo para muchos es un ropaje acomadaticio, que escoge a sus interventores favoritos, a sus consorcios empresariales que se les debe dar licencia de explotación minera porque son graciosos, y el color de la piel y de los ojos de los emigrantes.
En la República Dominicana hay muchos nacionalistas, desde el pasado hasta el Presente. Unos se opusieron a la colonización por parte de los españoles, y otros a las intervenciones norteamericanas del siglo XX.
Pero muchos que se ponen un traje blanco, almidonado, limpio por fuera, y sucio y pestilente por los forros, se tiran una piel de nacionalistas, cuando en verdad son entreguistas. Indiferentes ante la explotación de nuestras riquezas nacionales, ante las violaciones de los derechos humanos, del endeudamiento externo y del sometimiento a potencias europeas o norteamericanas.
Aplauden cuando a consorcios turísticos se les entrega parte del patrimonio nacional, dentro de la nueva configuración del turismo de playa, e incapaces de levantar su voz de protesta ante la avalancha de parias europeos que tratando de escapar de la justicia buscan refugio en el país.
Hay nacionalistas de mermelada, del sabor que da verse en los titulares de los principales periódicos nacionales, en los videos de los noticiarios de televisión o los titulares de los radio informativos. Pero no van más allá.
Su nacionalismo solo llega a protestar contra lo que estiman la intervención haitiana en la República Dominicana. Para ellos la única intervención extranjera que padece la República Dominicana, es la haitiana.
Tienen el falso espejismo de que lo único que pone en peligro la integridad y soberanía nacional, son los haitianos que vienen a la República Dominicana a recolectar café, cortar caña, en la industria de la construcción o las mujeres que vienen a parir a nuestras maternidades.
El eje de sus denuncias es ese haitiano desarrapado, que viene a este lado de la isla buscando comida y un pedazo de fango a donde tirarse a rumiar sus desgracias. Desde luego, nosotros no tenemos que echarnos arriba la crisis existencial del pueblo haitiano. No es nuestro problema.
Pero la culpa de esa «intervención haitiana» la tienen los grandes empresarios, sea de la agro-industria o de la construcción, que traen haitianos para pagarle menos que a los dominicanos, y los alojan en los mismos edificios en construcción, sin seguro médico ni ningún tipo de garantías sociales.
Nunca un empresario ha sido sometido a la justicia por tener trabajando haitianos en forma ilegal. Nunca un nacionalista de pacotilla ha levantado su voz de protesta contra los que llevan a cabo el trasiego de inmigrantes.
Hay que regular la migración haitiana, y los que están ilegales deben ser devueltos a su país. Hay que hacer respetar la constitución y las leyes dominicanas ante este grave problema.
Pero el dedo se pone en la llaga cuando se aprese y someta a los grandes empresarios, de los más poderosos del país, que pagan centavos por la mano de obra haitiana, porque le es más lucrativo que el peón dominicano.
No creo en nacionalistas que se rasgan la vestidura ante infelices que cruzan la frontera por hambre, pero son incapaces de denunciar y sancionar a los que están detrás de esta trata de mano de obra barata.
Controlemos las relaciones dominico-haitianas en base al respeto, a las leyes internacionales y la Constitución Dominicana.
2012-09-18 01:32:45