Por Manuel Hernández Villeta
El terremoto que dentro de la religión católica ha desatado el Papa Francisco, tiene necesariamente que tocar a la República Dominicana. Aquí se agarró por la yugular a la teología de liberación, se les puso rejas a los curas de barrio, y se cercenaron las ideas de pobreza y humildad de muchos jóvenes sacerdotes.
La iglesia tiene que tarde o temprano también hacerse su autocrítica. No temerle al pasado, ni al presente. Se puede ser cristiano, divulgar la palabra del Señor, pero también hay que tener la valentía terrenal para reconocer errores institucionales. Lo están haciendo los argentinos y los chilenos, con su colaboración a los gobiernos militares.
La iglesia estuvo a los pies de Trujillo durante la mayor parte de sus 31 años. Fue a último momento que tomó el camino del enfrentamiento al régimen, jugando un papel estelar en su descabezamiento.
La Iglesia no solo son los templos. Sino la acción de fe. Es el corazón, el pensamiento y la conciencia de cada dominicano creyente. Hay que ver donde están situadas las rocas. Como dijo El: sobre esta roca levantaré mi iglesia.
Esa casa fue edificada sobre rocas y no arenas movedizas, con el sacrificio y el martirio de pastores, pescadores, venduteros, esclavos y arrepentidos. No se puede edificar una iglesia para un hombre nuevo, si se le rinde homenaje a la vestimenta y el oro, y se desprecia la humildad y la ignorancia.
Con el nuevo Papa, la iglesia va caminando por una nueva senda. En la República Dominicana se tiene que dejar a un lado la prepotencia de los poderosos, y fortalecer una iglesia que vaya al corazón del humilde.
A nivel de jararquía, la Iglesia católica dominicana ha perdido el rastro de la miseria y del abandono social. En el lodazal, en los barrios marginados, en el campo abandonado sólo trabajan los curas de barrio, amenazados con sanciones si en ocasiones no dan un paso atrás.
Ya está bueno de que la iglesia dominicana sea una de las más conservadoras de América Latina, metida de lleno en los problemas de la fé, pero sin volver la mirada al que clama por un pan, al que pide agua y alimentos, y sobre todo, que ignora al que tiene deseos de justicia.
Francisco quiere una iglesia que sienta el olor del pueblo que viaja en guaguas; que se ensucie de lodo los pies en un dia de lluvia; que sienta los gritos desesperados de los que acaban de nacer en una maternidad pública y que quite la venda de la ignorancia a los que no saben leer o escribir.
No puede estar la iglesia dominicana separada del pensar y la acción de Francisco. La roca sobre la que se edifica la iglesia cristiana no solo es de grandes templos con aire acondicionado, sino también de la misa de amor y solidaridad que ofrece un cura de sandalias debajo de una mata en un campo ignorado.
Sin justicia social, la fe se achica. Lo vio Francisco en Brasil. El mensaje debe llegar a República Dominicana.
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2013-08-01 04:46:38