Por Manuel Hernández Villeta
La democracia, para la mayor parte de los dominicanos, es una frase huera, que se reproduce en los foros y en los diarios, pero que no se puede tocar, no se puede palpar y no se puede sentir.
La democracia no es solo que haya un tribunal Constitucional, o que las leyes estén bien distribuidas. Entre el papel y la realidad hay un trecho largo, el cual en muchas ocasiones no se salva.
Si buscamos realidades, el primer escalón que debe aportar la democracia es el pan. Un hombre hambriento no tiene poder de elección. Por el constreñimiento de su estomago, se tuercen voluntades, y se apisonan derechos.
El gran árbol de la democracia debe florecer en una tierra donde todos tengan segura su comida, donde nadie pase hambre, donde se llegue a la tierra de las oportunidades. Hasta hace unos años, la Estatua de la Libertad, con su antorcha levantada como una tea incendiaria para aclarar el camino, era la gran dama de la esperanza, abriendo las puertas de la tierra prometida.
Pero luego llegaron las desilusiones intestinas, con los miles de indigentes viviendo en situación de miseria extrema que hay en los Estados Unidos, y el trauma de los indocumentados. La democracia no florece plenamente en la tierra donde se vende como su gran jardín.
Los dominicanos siempre han anhelado vivir en democracia, aunque los bárbaros se han adueñado del gobierno en numerosas ocasiones, para cometer flagrantes violaciones de los derechos humanos, y saqueo del patrimonio nacional.
La historia comenzó con Pedro Santana, quien ni bueno ni malo defendió su derecho económico-político y se impuso sobre la mayoría, con una constitución empañada por la sangre derramada por los patriotas.
La frase lapidaria dice que se han cometido atrocidades en defensa o jugando a la democracia, pero sigue siendo el sistema utópico donde todos los hombres podrán vivir en paz y tranquilidad.
Utopías y falsedades. La revolución Francesa vendió la igualdad, la libertad y la fraternidad. Hoy, la mayor parte de la lucha de la humanidad es por lograr esas metas, que se iniciaron en el año 1789 y finalizaron con la llegada de Napoléon Bonaparte en el 1799.
De las entrañas de esa revolución francesa, y no del doctor Joaquín Balaguer, surgió la frase imperecedera de que la Constituicón no es más que un simple pedazo de papel. Para hacerla realidad es necesario que el hambre y la miseria extremas sirvan para lanzar los fuegos fatuos de la democracia.
2013-11-01 19:03:04