Por Manuel Hernández Villeta
En momentos en que los hombres necesitan del pan espiritual y soluciones materiales, la iglesia parece que se distancia de las almas, por sus inclinaciones al lucro y el despilfarro. El lavado de los pecados, para los que doblaron las rodillas, no redime a las grandes masas que esperan un mundo nuevo.
Hace falta que la fe esté mezclada con los bienes terrenales. No solo de ilusiones vive el hombre, aunque su fe pueda mover montañas. El Pan no sólo es para sacrificios, sino para llenar estomagos hambrientos
El mensaje cristiano debe estar identificado con los pobres entre los pobres, y la dignificación del ser humano caminando el trecho de esos desechos que cargaba en brazos la Madre Teresa.
Si uno lee con detenimiento las exhortaciones del Papa Francisco, llega a la conclusión de que hay varias iglesias. Los que quieren actuar y no pueden, los indiferentes que exhudan ausentismo y los que son callados por romper el silencio. Ël está presentando un cristianismo que no vemos al doblar de la esquina, ni conocemos a quienes están encargados de proclamarlo.
Puede haber curas comprometidos, pero la curia de alta jerarquía sigue apegada a canones tradicionales, y para nada quiere cambios. Hoy lo que se necesita son esos cambios, vitales en una renovación de la fe.
Desde hace cientos de años se habla del hombre nuevo, pero éste no llega. En ocasiones alcanza a levantar brevemente conciencia con su predicamento, pero casi en el acto es silenciado y crucificado.
El hombre nuevo es aquel que comprende que es necesario fijar hoy, y debió ser ayer, la justicia social entre todos los hombres. Cuando hay equidad social, poco importa si hay pobres o ricos, porque el capital sirve a fines sociales y humanitarios.
La Iglesia siempre ha estado del lado de los que no pueden pasar por el ojo de una aguja; de aquellos que se tapan los ojos y los oídos para no escuchar al salmista cuando proclama que Conocéreis la verdad y la verdad os hara libres.
América Latina demanda justicia social, mejoramiento de los niveles de subsistencia de la población, derecho a la vida. La Iglesia tiene tambien que luchar por esos cambios, ir al lado de sus feligreses que quieren la multiplicación de los panes.
La Iglesia no puede ser un convidado de acero, porque ella fue la basamenta ideológica sobre la que se sustentó la colonización, y la mayoría de las dictaduras que se han padecido en estos lares.
Francisco, papa y jesuíta, está haciendo renacer la esperanza en el hombre nuevo. El es casi un anciano, pero en su accionar, en su verbo, habla de lo que debe ser una iglesia del siglo 21, para salvar a todos los hombres sumergidos en las garras de la ignorancia y la podredumbre social.
2014-02-11 09:51:03