Por Manuel Hernández Villeta
Los sesenta del pasado siglo fue la hora en que se cocinó la consigna del hombre nuevo. Sólo en Cuba se produjo el alumbramiento. Un hombre nuevo llegó al poder, cambió la vida política y económica, y los obreros, los campesinos, los chiriperos fueron los dueños de su país, de su destino, de sus riquezas.
En América fue un aborto, fue un neo-nato, quedó en esperanzas, nunca nació, nunca creció y el mundo viejo, evitó que se convirtiera en hombre nuevo.
No fue una época totalmente perdida, pero no se recompensó la sangre derramada. La juventud que se inmoló jugó un papel generacional, pero poco consiguió. El hombre que ideaba el Ché, no pasó de ser escaparate ideológico ahora perdido en el tiempo.
Las causas que parían ese hombre nuevo, navegaron a la deriva en medio de las luchas ideológicas, los pro-chinos, los pro-rusos, los seguidores de Albania, los de Vietnam, los de Vuba, los del Ché, los eurocomunistas.
Todo quedó donde se comenzó, los héroes de los sesenta apenas si tienen un monumento donde hoy descansar sus huesos. Desaparecieron los hombres circunstanciales contra los que lucharon, pero se mantuvieron las mismas condiciones económicas y sociales.
Con nueva cara y nuevos gobernantes, América Latina siguió pegada a su pasado, gobernada para las mismas castas de poder, sirviendo a los mismos amigos internacionales. Ese hombre nuevo no pasó de ser un abanderado de sueños míticos en una montaña escarpada y desconocida para la juventud de hoy.
No siguió la generación de relevo. Los partidos políticos aplicaron nuevos métodos de lucha que le permitieron llegar al gobierno y compartir el poder, pero sin variar el sistema. No fueron los ideales de los 60 que triunfaron, sino las corrientes tradicionales, con vestido nuevo, echo a la medida.
Como Penelope, heroína enloquecida por una espera sin esperanzas, los sobrevivientes de los 60 rumian sus desesperanzas en peñas de café y en un eterno recuerdo, donde no cabe la autocrítica.
América Latina necesita un hombre nuevo, que siga la esperanza de que una mejor distribución de las riquezas, libertades plenas, donde la mayoría no sufra el hambre y la miseria, y que se de un rescate pleno de la soberanía económica y social.
Ese hombre nuevo no murió, es que no llegó a nacer, se quedó en el vientre, en las ideas, en la esperanza. Hugo Chávez se puso las botas de ese hombre nuevo, pero murió a medio camino, con una revolución bolivariana que en el día a dia tiene que luchar por mantener su estabilidad, y enfrentar capitalistas voraces a los cuales no se les ha tocado en sus entrañas.
Cuba, su revolución, es otro caso. Allí triunfó el grito de los desamparados, pero su imitación en América Latina trajó la muerte de una juventud valiosa. Sólo en Cuba nació, se crío y se desarrolló ese hombre nuevo. Después no pasó de grito en la lejanía, y tumbas sin nombres.
2013-07-26 14:07:14