Por Manuel Hernández Villeta
Trujillo tuvo un alfa y un omega. Comenzó como el hombre señalado por los generales norteamericanos para dirigir el país, luego de la intervención militar y las barbaries cometidas en esta tierra por los blancos.
Le tocó también ser el fin de una era. Al subir Fidel Castro al poder los dictadores de vieja estirpe eran un lastre, había que salir de ellos, y ahí viene su ajusticiamiento.
A Trujillo nunca se le sepultó, porque se evitó darle muerte a su régimen. Un hombre producto de circunstancias sociales no desaparece con el ajusticiamiento, sino que su influencia y su forma de gobernar tienen que ser pulverizados por la historia.
Los trujillistas se mantuvieron en la vida pública y se reciclaron a través del borrón y cuenta nueva. Entraron a los partidos políticos, las organizaciones empresariales, los grupos sociales y hasta en la nueva izquierda.
Se quisó perseguir a los simpatizantes de Trujillo, sin saber que el hombre murió, pero su forma de gobernar, su filosofía del Estado, su instrumento militar, estaba intacto.
Fue un error ayer y es un error hoy, tratar de evitar que se discutan las ideas trujillistas. Nadie tiene derecho a poner cortapizas al pensamiento, al intercambio de ideas, a debatir lo que fue la historia dominicana.
A Trujillo había que exterminarlo con un gobierno democrático, con una apertura social, con nuevos métodos económicos, con mejoramiento de la enseñanza, con equitativos sistemas sociales, con pleno disfrute de la democracia.
Los que apoyaron a Trujillo lamiéndole las botas hasta mayo del 61 no hicieron un mea-culpa: la iglesia, los intelectuales, los empresarios, los políticos, los obreros, los campesinos, los profesores, la sociedad dominicana, los nortemericanos….Todos se esfumaron para reencarnar en peldaños más seguros luego del ajusticiamiento.
Pero con la muerte de un hombre, no de su sistema, no de sus principales seguidores y teóricos, nos empantanamos, y el camino de la democracia se encharcó.
El primer experimento de democracia en el país, que fue el gobierno del Profesor Juan Bosch, fue derrocado por un golpe de Estado. Antes que él habían estado gobiernos colegiados que no fueron representativos, ni dieron pasos a la institucionalización del país.
Pero para reponer a Juan Bosch se fraguó un Golpe de Estado con retorno a la Constitución sin elecciones, pero el develamiento del complot dio pasó a que los militares armaran a los civiles y se dio la revolución de Abril. Sin el apoyo de militares trujillistas no hubiera sido posible la revolución.
No fue una revuelta victoriosa, porque de su seno colateral salió el gobierno de los doce años del doctor Joaquín Balaguer, sombra para la democracia y cementerio para la juventud.
Trujillo no vive en un sobrino despistado, sino en los métodos, en la violencia, en la falta de oportunidades, en la fragilidad de la democracia, en la inseguridad social. La democracia es coja y por eso teme a un fantasma insepulto.
2013-04-01 03:36:03