Por: David Frías
Santo Domingo, 04 Dic 2010.- Cualquiera con escuchar el titulo se prestaría a pensar que se trata de un peliculón de fantasía, en el cual un pokémon de la categoría de Mew; Lediva; Blastoise o Charizard evolucionaría a una especie con capacidades de poder ultradesarrolladas y se haría acompañar de otros cuatro pokemonters que simbolizan a los jinetes apocalípticos del evangelio de Juan (Guerra, Hambre, Peste y Muerte).
Desafortunadamente no es así, se trata de un mediocre experimento hecho por aficionados que fue estrenado en septiembre pasado en la ciudad de Vancouver, Canadá. La trama relata una ciudad ficticia (Celadon City) en la cual Ash Kepchut y sus amigos están un poco más creciditos y tienen que involucrarse con la mafia, la cual organiza peleas clandestinas entre pokemones, ya que están prohibidas por el gobierno de esa urbe tras reclamos colectivos que censuraban la explotación de criaturas vivientes mediante espectáculos bélicos.
No es juego de niños:
Todos los que desde su infancia hasta el día de hoy (incluyendo nuestros hijos), saben que Pokémon en sus diferentes versiones, tanto a nivel televisivo como de videojuegos, es una serie que se enfoca en las vivencias e ilusiones infantiles, Sin embargo lo que muestra el reciente material audiovisual no es más que la franca violación que manifiestan unos chicos (dicho sea de paso, gozan ver a otros seres vivientes maltratarse) hacía una ley que consideran injusta y arbitraria.
Razón que los lleva a verse envueltos en negocios clandestinos, crueles torturas y evidentes actos característicos del anarquismo ante la vejación del placer.
Con un lánguido Pikachú que parece tener más sarna y tuberculosis en su interior que amperes de corriente eléctrica, un Squartdlide lleno de hematomas (tal vez de recibir tantas golpizas) y un Meaouth más cínico y conspirativo que el gatito del anime que acompaña al delictivo Rocket Team en su afán por raptar pokemones ajenos.
No se sabe si apto para niños, aunque históricamente y también en los días actuales, los más pequeños han sabido palpar la violencia desde la óptica del adulto. Por ejemplo en las dinastías Samuráis del Japón antigüo un pequeñín de siete años podría dirigir todo un batallón dispuesto a rebanar a sus victimas con afiladas katanas orientales y que decir de países como Colombia, Irak o Afganistán, donde a los chiquitines les cambian un chupete o un biberón por un fusil bajo los intereses de las guerrillas patrocinadas por grupos terroristas. De hecho no debe ser una sorpresa, pues hasta en el capitalismo occidental se vende violencia clasificación «A» desde el apogeo de Tom y Jerry y los tiernos Looney Tunes con sus sádicos inventos marca Acme, hasta los mortíferos rayos láser de Ben 10.
Tal vez sea una realización criticando las peleas de gallos que fueron prohibidas en Estados Unidos hace unas décadas o la penalización de las apuestas en países como: Brasil; Malasia y Singapur, entre otros (Continua próxima semana)…
2010-12-04 18:14:46