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Ballet Nacional de Cuba en Brasil, un éxito resonante

Por: S.Pestani

Salvador de Bahía.- La leyenda del agua grande, una de las más recientes producciones del Ballet Nacional de Cuba (BNC), que dirige la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, tiene un éxito resonante en una gira que incluyó actuaciones en Brasilia y Salvador de Bahía y será llevada a Sao Paulo, con el auspicio de la Cooperativa Cultural Brasileña.

La obra está inspirada en un mito guaraní sobre el surgimiento de las cataratas del Iguazú. La coreografía de Eduardo Blanco parte de una base técnica clásica, que incorpora, de manera orgánica, expresiones de la gestualidad de la danza contemporánea y el folclore guaraní.

Blanco ha realizado un trabajo de concreción de estos elementos y en ello, sobre todo en lo referente al aspecto dramático-narrativo, ha tenido la inestimable cooperación de Alicia Alonso.

La pieza constituye un aporte positivo a la antigua polémica sobre el tratamiento de los temas latinoamericanos mediante el ballet clásico. El Ballet Nacional de Cuba siempre ha argumentado y demostrado que los lenguajes artísticos no tienen fronteras y que es posible la expresión de una esencia cubana y latinoamericana mediante el ballet.

La primera bailarina Bárbara García, que ha tenido a su cargo el papel de la heroína, Naipí, ofrece un conmovedor retrato del personaje. Múltiples detalles en su actuación, amén de una técnica brillante, llevan al espectador desde la resignación por el sacrificio del comienzo, hasta el posterior impulso de liberación que provoca en ella el amor de Tarobá.

En este último rol, se ha revelado un talentoso bailarín, José Losada. Su caracterización es notable, sincera, y a la vez enigmática, un ejemplo de fuerza y proyección. Losada domina la escena desde el comienzo y en los momentos de mayor acción, como en el relato de la cacería del jaguar, la petición de la libertad de Naipí y el grand pas de deux, alcanza un alto nivel.

Su contrapartida, Ñuatí, el hijo del cacique, ofrece a Alejandro Silva la oportunidad de exponer el personaje de mayor complejidad en este ballet. Debe mostrar múltiples sentimientos, alegría al principio, luego envidia y resentimiento y una furia vengadora, en la que el desafío a su padre y el deber ante la tribu se confunden.

Silva ha sido el único intérprete de este rol desde que el ballet se presentara en La Habana, en 2010. Ahora, en Brasil, entrega el saldo de una madurez ganada con un intenso trabajo actoral. Su desempeño es premiado con entusiastas aplausos.

Amaya Rodríguez, quien encarnó a Naipí en la temporada de estreno en el 2010, ahora vuelve al personaje. Dueña de una musicalidad esencial, hermosa figura y personalidad atrayente, muestra una perfecta interacción con Luis Valle, su compañero como Tarobá, el primer papel importante del artista en un ballet de esta magnitud. Valle es elegante, preciso y apasionado.

Javier Sánchez, experimentado bailarín, es el chamán. Su presencia es decisiva en las escenas más dramáticas y, sobre todo en el segundo acto, es el guía de la acción; su voz es la poderosa voz de la tribu. En un papel que exige más emoción controlada, más autoridad que técnica, Javier Sánchez es una referencia para otros artistas que pretendan encarnar este papel.

Mbói Tuâ´Öi, según los guaraníes, es un monstruo con cabeza de loro y cuerpo de serpiente que habita en las aguas. Contrariado por Tarobá y Naipí, en su furia provoca una profunda grieta en la roca, de la cual surgen las cataratas.

En la obra, este personaje es interpretado por un solista y un cuerpo de baile que sugiere la ondulante serpiente y que, a la vez, es libre de tomar toda la escena en una concepción coreográfica de gran libertad y originalidad.

Es un rol difícil para todos los que componen este personaje coral y en sus dos apariciones principales, al comienzo y al final del ballet -así como en una evocación de su fuerza al final del primer acto-, es muestra de los mayores aciertos de Eduardo Blanco en su coreografía. En el papel solista de Mbói Tuâ´Öi se alternan los dos artistas que tienen a su cargo el rol de Tarobá, José Losada y Luis Valle.

En otros papeles, han debutado con éxito en esta serie de presentaciones, Julio Blanes y Annier Navarro, quienes en distintas funciones encarnan al guerrero de la tribu de Tarobá que representa al jaguar en el relato de la cacería, papel nada fácil, de alta demanda técnica y que exige en un breve pasaje una completa expresión felina, agresiva y sutil.

Ignacio Galíndez y Gabriela Lugo asumen los roles del cacique y su esposa. El primero, crecido en un su papel -con algunos momentos brillantes desde el punto de vista técnico-, que reserva sus mayores dificultades en las exigencias expresivas. Galíndez las satisface con creces. Su presencia es verdaderamente imponente.

La hermosa línea de Gabriela Lugo permite augurarle un futuro prometedor en los personajes del repertorio clásico, pero es también capaz de centrar la atención en el enfrentamiento a Tarobá, y en la Danza a la Luna, secundada por un elenco femenino de gran belleza y plasticidad.

No puede obviarse tampoco el rol de la joven sacrificada que aparece en el prólogo, que interpretan Dayesi Torrientes, Dariela González y Arianni Martín, compendio de la desesperación, que obliga a difíciles pasos en un espacio reducido, y constituye un elemento importante en la comprensión de las acciones posteriores de la obra.

En La leyenda del agua grande, el cuerpo de baile tiene un gran protagonismo. Como ha expresado el coreógrafo Eduardo Blanco, en el logro de las danzas colectivas -al igual que en el desempeño de los solistas-, ha sido vital el trabajo de la maôtre Ana Leite, una apreciada profesora de gran experiencia en el repertorio clásico, como asistente de montaje.

En un ballet, como La leyendaâ´´, en que las escenas corales se desarrollan sucesivamente, el trabajo del conjunto es un elemento importante.

La música de Miguel Núñez posee momentos de gran intensidad dramática. Puede apreciarse un eclecticismo posmoderno en la obra, que va desde las delicadas evocaciones de los ambientes selváticos y la balada -en los momentos más líricos de Naipí-, hasta un atronador rock sinfónico minimalista. La contribución de la música al éxito de las representaciones es notable. Es muy bello el tema que aparece por primera vez en las cuerdas, en el pas de deux del segundo acto, y se repite en la apoteosis final.

Dos diseñadores han tenido a su cargo el vestuario y la escenografía. Uno de ellos, Frank Álvarez, ha trabajado diversos motivos iconográficos guaraníes, hasta lograr una estilización en los rostros y cuerpos, que favorece la tipificación de los diversos personajes.

Es singular, como la escenografía de Salvador Fernández, quien logra ambientes que transitan desde el siniestro prólogo hasta escenas de solemne júbilo, como la danza guerrera, otro de los momentos brillantes de la coreografía y la música, quizás, junto con el pas de deux, que despierta las mayores emociones en el público. Todo ello realzado por las luces de Pedro Benítez. Vale también destacar el sencillo pero sumamente eficaz efecto final para representar el surgimiento de las cataratas.

En la última etapa de la gira, que concluirá el 30 de julio, el BNC ofrecerá cinco funciones de La leyenda del agua grande en São Paulo.

2011-07-25 19:01:06