Por Teófilo Lappot Robles
Bernardo Correa y Cidrón fue uno de los personajes más trascendentales del siglo XVIII dominicano. Nació en la ciudad de Santo Domingo en el 1757 e inició su formación cultural al amparo de los jesuitas, quienes poco después, por órdenes del Rey Carlos III, fueron expulsados de España, sus colonias y territorios de ultramar. Tuvo una intensa actividad en la vida pública de su época, tanto aquí como en otros lugares del mundo.
Su espíritu de elevada formación intelectual, la perseverancia en los temas que abordaba, la reciedumbre de carácter, así como su actitud combativa le consiguieron amigos y enemigos. Entre los primeros hubo cuatro de sus más fecundos admiradores: el prócer José Núñez de Cáceres y los Arzobispos de la Arquidiócesis de Santo Domingo Isidro Rodríguez, Fernando de Portillo Torres y Pedro Valera Jiménez; entre los segundos fueron tantos que mencionarlos haría larga esta crónica.
La etapa de su vida más salpicada de acusaciones, en las cuales se mezclaron verdades y diatribas, fue cuando retornó a su tierra natal después de un periplo por Europa y fue presentado como un potencial diputado para representar al país en las Cortes de España.
En esa ocasión su rival más enconado fue el doctor Manuel Marques, que aspiraba a ese puesto, y se empleó a fondo arañando la pared vital de Correa y Cidrón hasta exponer al público lo que entendía era la mugre que cubría de pies a cabeza a su contendiente.
Tan feroces fueron dichos ataques que el vivaz sacerdote que era Bernardo Correa y Cidrón decidió publicar el 26 de agosto de 1820 un opúsculo que tituló “Vindicación de ciudadanía”, en el cual hizo puntualizaciones sobre su accionar como hombre público. Ni él ni el referido Marques fueron escogidos para representar a la colonia de Santo Domingo en el mencionado parlamento español.
Cuando el papa León XII extendió la jerarquía de la Arquidiócesis de Santo Domingo a toda la isla el Arzobispo Valera Jiménez designó a Correa y Cidrón párroco de la iglesia San Marcos y Vicario General del Artibonito, en territorio haitiano, lo cual no gustó al dictador Jean Pierre Boyer, quien en su poltrona presidencial de Puerto Príncipe lo conminó a una serie de condicionamientos que tuvo que aceptar.
Por eso, que no fue una genuflexión, más de cien años después tampoco fue “santo de devoción” del historiador nacional José Gabriel García, quien lo calificó como “hombre de rectitud discutible, de esos como hay muchos, que con tal de vivir bien a todo se atemperan”. (Obras completas. Volumen I. Tomo II.P360.Impresora Amigo del Hogar, 2016).
Dicho lo anterior, al analizar la agitada vida de Bernardo Correa y Cidrón considero que aunque no todo fue pureza en él al colocar su figura en una balanza el fiel se inclina hacia lo positivo de su vida. Por ejemplo, en plena España Boba, en un ambiente colectivo con predominancia de ánimos alicaídos, fue de los más sobresalientes participantes en las tertulias políticas y literarias que presidía el padre de la independencia efímera don José Núñez de Cáceres.
En varias de sus notas dejó establecido que creía en las circunstancias como factores importantes en los hechos de los hombres. Algunos de sus biógrafos han resaltado en él su “carácter franco” y su “ademán resuelto”, especialmente frente a las trampas que sus adversarios ponían en sus actividades cotidianas.
En ese personaje se cumplió aquello de que los hechos son el crisol de la verdad, y que al margen de los juicios negativos que algunos han tenido sobre él no se puede eliminar de su parábola vital que fue un brillante estudiante y luego un extraordinario catedrático de latinidad, derecho canónico y teología dogmática tanto en la Universidad Santo Tomás de Aquino, de la cual fue rector, como del Seminario Conciliar que fundó el sacerdote dominicano Cristóbal de Llerena, a quien muchos críticos literarios consideran el primer dramaturgo de América.
Su fama de sabio a temprana edad, y la admiración que le tenían muchas de las más encumbradas figuras de entonces, como el arzobispo Isidro Rodríguez, no provocaron en Correa y Cidrón “…la vulgaridad de dar cabida en su pecho al sentimiento de la vanidad, ni sintió flaquear su cabeza a impulso de los vértigos que por lo regular produce el engreimiento en la mayor parte de los seres que de la nada se levantan a grande altura…” (Rasgos biográficos de dominicanos célebres. Editora del Caribe, 1971.P185. Emilio Rodríguez Demorizi).
La rivalidad del rey Carlos IV de España con Francia (que el 22 de julio de 1795 dio origen al tratado de Basilea) lo afectó directamente, pues la llegada aquí de Toussaint Louverture con su horda destructora provocó el primero de varios de los exilios que sufrió.
Fue a parar a Cuba, donde no fue bien tratado por las autoridades coloniales españolas oprimían a ese país antillano. De allí se fue a Caracas, Venezuela, donde sí tuvo una excelente acogida, en reconocimiento a sus altas calificaciones académicas y a la excelencia de su personalidad.
En la llamada Era de Francia en Santo Domingo volvió a su tierra natal, persuadido por su madre y sus hermanas. El a la sazón gobernador colonial general Jean-Louis Ferrand lo cortejó para que lo ayudara a gobernar en paz en vista de los constantes disturbios que se presentaban.
Eran los tiempos en que el caudillo cotuisano Juan Sánchez Ramírez y otros, que en realidad no buscaban la libertad del pueblo dominicano sino el cambio de amos, se movilizaban por todo el territorio nacional. A ese respecto Correa y Cidrón escribió una misiva pública en el 1808 desnudando los reales propósitos de los que encabezaban la Guerra de la Reconquista, que duró del 7 de noviembre de 1808 hasta el 9 de julio de 1809, y cuyo fin era que España volviera a colonizar a los dominicanos. También utilizó el púlpito para orientar a sus feligreses en ese sentido.
Esa realidad inocultable, su juicio de que Ferrand había contribuido a eliminar el peligro de Louverture y sus secuaces, así como una carta personal del rey español Carlos IV de novedoso contenido, lo llevaron a colaborar en favor de la permanencia de los franceses en el país.
Cuando el emperador Napoleón Bonaparte creó la audiencia mixta para la colonia de Santo Domingo, Correa y Cidrón aceptó ser oidor de la sección española, conjuntamente con los sacerdotes José Ruiz y Pedro Prados. Al mismo tiempo era vicario general del ala dominicana de la iglesia católica; había también otra francesa, cosas propias de esa época. Además, se convirtió en asesor ad-hoc del gobernador Ferrand. Luego de la muerte de este en la batalla de Palo Hincado, en El Seibo, también estuvo muy cerca de su sucesor el general Joseph-David de Barquier.
Cuando los ingleses llegaron desde Jamaica para reforzar a Juan Sánchez Ramírez y sus seguidores Correa y Cidrón quedó neutralizado, “resignado al mandato de las circunstancias”, hasta que pudo irse a Francia y luego a la España ocupada por los franceses con el reinado de José Bonaparte, a quien los españoles apodaban despectivamente Pepe Botella.
En esa estancia de Correa y Cidrón en España fue incardinado en la catedral de Málaga. Cuando los españoles recuperaron su libertad lo acusaron, encarcelaron y condenaron bajo el denominado Decreto de purificación, por haber colaborado con los franceses. El tribunal de alzada de Granada ratificó dicha condena, que fue salomónica, conforme se lee en su dispositivo.
Después de dicha sentencia, en diciembre de 1815, Correa y Cidrón escribió que había salido “en paz y a salvo de los zarzales en que lo enredaron los buenos patriotas españoles”.
De nuevo en tierra dominicana comenzó otra etapa de su vida, que por larga no cabe en esta crónica, pero sí puedo resumir que cuando los ocupantes haitianos conminaron al arzobispo Valera para que se fuera al exilio él lo acompañó. Murió en Santiago de Cuba, ciego y con otros achaques propios de su edad avanzada.
Teofilo Lappot teofilolappot@gmail.com