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Por Víctor Corcoba Herrero, Escritor
Madrid, 20 de septiembre, 2026.- Nadie te puede ofrecer cadencia, si antes uno no se halla armónico, queriéndose a sí mismo. Desde luego, hay que comenzar por estimarse, para poder sembrar virtuosas risotadas e injertar comprensiones. Un pulso rítmico ve una fiesta por todas las calzadas. Nada te puede suministrar tanta serenidad, como tu particular marea interior. Tal vez, volver el rostro sea el primer pasaje, que hemos de transitar por aquí abajo. Descubrámoslo, dejemos de encerrarnos. Activemos la cultura del abrazo como forma de impulsar los andares; el azul también está por aquí abajo, no sólo el negro, es cuestión de dejarnos acompañar y de vivir desvividos por los demás. Además, reduzcamos los vientos en contra, entre ellos la multitud de conflictos, que nos están dejando sin humanidad.
Darle a cada período su conveniente afán y desvelo, pero también su alegría, es algo digno. El cariño todo lo sustenta, porque todo lo aguarda y lo guarda, como parte del poema que somos. El valor supremo no es el dinero, sino el desprendimiento, el espíritu donante que nos reconcilia y concilia mediante la entrega. Con imaginación el sueño es posible, y cuando se labora en libertad, es como se transforma el orbe. Necesitamos afianzar nuestros latidos a otros, para que no se debilite el espíritu cooperante, pues los obstáculos son numerosos ante el aluvión de retrocesos en derechos y las dificultades de muchos territorios para acceder a la financiación. Al fin y al cabo, una atmósfera esclarecedora nace cuando dos se miran con afecto, ven que se requieren y se ponen a compartir anhelos.
El mantenimiento de la concordia entre pulsaciones diversas, comienza por las entretelas, con la autosatisfacción de cada individuo. Si en verdad queremos alegrarnos, activando el sosiego, dejemos de fabricar armas y pongamos el alma en servicio permanente. Avivemos lenguajes de comprensión, hagamos de la honradez un estado de la mente, una disposición a la benevolencia. Recuerda que lo sistémico no se injerta únicamente desde las salas de conferencias, brota desde todas partes y lo moldean todas las personas. Por cierto, hoy puede ser ese gran día, en el que dediquemos el tiempo libre en auxiliar a alguien que nos pide ayuda, en alzar la voz para promover un cambio positivo o en organizar un encuentro que movilice una conversación entre generaciones diversas.
Lo importante es que todos reunidos y unidos, trabajemos por la paz de cada jornada, tan necesaria como el pan de cada día, porque creemos en nuestros distintivos pulsos solidarios, que sienten al ser inmaculado, tañendo dentro del ser querido. Así, el verdadero sentimiento no se advierte por lo que requiere, sino por lo que ofrenda. Cada uno de nosotros debe escuchar en su propia conciencia la llamada a un cambio, no por el instinto de recelo, sino por la propulsión creativa de volver a ser poesía, lejos de todo poder egoísta, que impide que los seres humanos en lugar de reconstruir puentes, reconstruyan muros que nos dividan y separen, por ausencia de vigor moral y menguante adhesión. Reír a corazón abierto ha de ser el lenguaje a utilizar como fidelidad, por ahí comienza el acercamiento.
Los ciudadanos no pueden permitirse ignorar las preocupaciones colectivas, como tampoco han de consentir que no se proteja el derecho internacional, ni se defiendan los derechos humanos. La verídica querencia no conoce la cultura del descarte, no sabe qué es y mucho menos practica el distanciamiento. Sabemos que el momento no es fácil, quizás nunca lo ha sido, pero hay un camino recorrido que ha de servirnos como sanación. Su cátedra viviente nos cura y nos hermana con el bien colectivo, remando todos juntos para ganarnos el sostén de las sonrisas en vez de las lágrimas, sabiendo que los acuerdos son una condición indispensable para el desarrollo sostenible. Seguro que nos cuesta, pero el porte de batallar asociados es el amor, cuya ley es amar sin medida. ¡Cumplámoslo!
Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor
20 de septiembre de 2026.-