Por Luis Acosta Moreta (Luis El Gallo)
Publicado el 20 de mayo de 1997
Del libro: Los estragos de la globalización
Recientemente, la embajadora de los Estados Unidos, Donna Jean Hrinak, afirmó en una conferencia dictada en la Universidad Tecnológica de Santiago: «el libre comercio viene, es como un huracán, nadie lo puede parar». Asimismo sostuvo la necesidad de aliviar la pobreza: «ahí es donde estamos fracasando porque la diferencia entre los ricos y pobres en América Latina sigue siendo la más grande del mundo». Señaló la embajadora que los países están haciendo importantes reformas pero que los beneficios no han llegado a los sectores más marginados de la población en ningún país, incluyendo los Estados Unidos.
Ciertamente el libre comercio es como un huracán que destruirá nuestra estructura de producción nacional. Y si hoy nuestra población que vive en la indigencia representa un 32%, para el año 2005 podría ser el doble. Nuestros países de América Latina se han enfrascado en propiciar reformas sutilmente sugeridas por los países desarrollados. Reformas que responden a los intereses de los grandes capitales, pero que en nada benefician a los productores nacionales, que serán abatidos como árboles indefensos arrasados por los fuertes vientos de un ciclón.
Se nos ha querido convencer de que el libre comercio beneficia a las clases más desposeídas. Y eso no se ajusta a la verdad. Los pobres no son dueños de esos capitales, ni mucho menos de esos productos que entrarán al país con tanta facilidad y empuje, que provocarán la desaparición de nuestros empresarios que sí crean empleo, pero no están en capacidad de competir con esos monstruos. Y lo que duele en todo esto es que aparecen unos «turpenes» que tienen el descaro de decirle al pueblo que si esos productores nacionales no están en capacidad de competir es porque son mediocres y, por lo tanto, deben desaparecer. Es como pedirle a un atleta nuestro que entre a competir con uno norteamericano. Y afirmar que si el dominicano no gana, es porque es malo. Eso es retorcer la verdad.

El libre comercio no está pensando para resolver los problemas de la República Dominicana. Más bien está pensando para resolver los problemas de los países desarrollados que necesitan ampliar sus mercados. Por eso insisto en que para bien de todos, pero sobre todo para bien de la gran mayoría, que es la que vive en la pobreza, debemos pensar que las soluciones que requerimos no nos las van a traer desde fuera.
Uno de nuestros graves problemas es precisamente que no hemos echado raíces históricas que nos comprometan con lo nuestro. Por ejemplo, un cubano o un mexicano va a los Estados Unidos y aunque dure 20 años allá, sigue hablando como cubano o mexicano. Pero un dominicano va por seis meses a Puerto Rico y viene con el «ay bendito» o con el «bendito nene»… Eso no significa que no amemos nuestro país. No, no. Y prueba de ello es que hoy por hoy nuestra economía recibe unos 1,400 millones de dólares al año de los dominicanos que viven en los Estados Unidos y en Europa. Hay en el fondo un problema de identidad nacional, al que tanto la historia como la situación económica han contribuido. Eso nos impide forjar un orgullo nacional y proteger lo nuestro.
Soy un convencido de que la solución de nuestros problemas está aquí, desde lo nuestro y con lo nuestro. Para ser sincero, diré que personalmente tengo un cierto reparo, una cierta cautela, ante el capital extranjero. No es que me oponga a la inversión extranjera. Lo que sí digo es que hay que mantener una cierta actitud crítica, porque esos inversionistas lo que buscan en última instancia es cómo y dónde ganar más dinero. Por consiguiente, el día que no estén las condiciones que ellos exigen, simplemente se retiran, quedándonos nosotros sin pitos y sin flautas.
LUIS ACOSTA MORETA
Última Hora, 20 de mayo de 1997
La Peque priky72@gmail.com