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Por Juan Cruz Triffolio
Santo Domingo Este, R.D., 29 de julio, 2026.- La ciudad Primada de América ha sido vestida de sus mejores galas para la celebración de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe, 2026.
Los escenarios deportivos lucen impresionantes rebosados de confort, orden y color.
Gran parte de la ciudad de Santo Domingo, la capital del país, proyecta la imagen de un ilusionante escenario preparado para una esplendorosa fiesta.
Los esfuerzos de la cúpula deportiva y las inversiones en infraestructuras del gobierno central, rondando los diez mil millones de pesos, han sido sumamente impresionantes.
A todo lo anterior, vale agregar que, para alegría de muchos, -hasta el presente-, el medallero se muestra estimulante y esperanzador para los dominicanos.
No obstante, el cuadro no parece estar completo.
En Santo Domingo Este, principal municipio del país, en la cercanía de la llamada Cuna del Nuevo Mundo, el brillo llegó tarde.
Las rutas y los entornos no tienen el mismo ritmo ni la misma terminación.
Lamentablemente, es la otra cara de la sede.
Ni siquiera en los alrededores del extenso y refrescante Parque del Este, a pocos pasos del majestuoso Faro a Colón, hubo la intención de una recolección de desechos sólidos, bacheo de varias calles y plasmar murales en algunas paredes descuidadas, espaciosas y disponibles.
Una preocupación quizás más significativa en torno al certamen deportivo en referencia, se hace evidente en la competencia de diversas disciplinas, al observar y valorar la asistencia de público que proyectan las gradas.
Muchos de los asientos se perciben vacíos.
Mientras atletas multifacéticos se juegan años de preparación, en segundos, las butacas devuelven silencio.
Aún no hay una explicación clara.
Algo falló entre la promoción, el acceso y el público.
Precisamente, es ahí donde nace una alerta que mueve a ser aquilatada con responsabilidad y a tiempo.
En sentido general, los dominicanos recordamos con tristeza e impotencia lo que tradicionalmente ha ocurrido con muchas de las edificaciones y espacios donde hemos celebrado inolvidables competencias deportivas que han requerido de un ejemplarizante sacrificio y una significativa inversión económica.
La experiencia, con raras excepciones, obliga a no olvidar cómo el abandono de infraestructuras, costosísimas, que debieron servir para desarrollar la mente y el músculo, terminaron en óxido y maleza.
Esta observación no busca denostar.
Es todo lo contrario: es un acto de prevención.
Se trata de cuidar un bien público pagado por todos.
De exigir que la fiesta de hoy tenga continuidad mañana: con programas, escuelas y ligas que mantengan vivas estas instalaciones.
Porque una sede no se mide sólo por cómo luce en 15 días.
Se aquilata por lo que queda después.
Ojalá estas modestas observaciones no caigan en el abismo.
Ya veremos…