Ángel Gomera
No deja de inquietar en lo más profundo, el observar como la progresiva degradación moral y social, conduce peligrosamente a la sociedad al fenómeno de la deshumanización; revelando así, una sombría brecha entre los principios éticos y las prácticas impersonales que dominan la actualidad.
Lo expresado anteriormente más que inducir a caer en una postura extrema de desaliento es una oportunidad para analizar cómo evitar que la dignidad humana y el valor de la vida se degraden cada día más, a pesar de los tantos tratados, discursos, ensayos y leyes existentes.
Por tanto, es indispensable pasar de transformar esos principios que se tornan en la práctica en abstractos, hacia acciones más concretas y efectivas. También, es necesario que esto no sólo se trate como una cuestión jurídica, sino también un problema muy serio, en el entendido del enorme sufrimiento que genera.
Por ende, es ineludible realizar una parada que posibilite reflexionar en lo particular y colectivo sobre el valor de la vida humana; para luego proceder a disipar ese espíritu de la deshumanización y muerte; el cual campea crudamente en la sociedad actual, evaporizando con su olor repugnante la belleza de la dignidad y amenazando despiadadamente el respeto a la vida.
En ese orden, obliga por empezar a no caer en relativizar la protección a la vida; ya que de establecerse ese criterio abriría la puerta a la justificación de la violencia, la discriminación y la vulneración de los derechos humanos contra los más débiles. Entender que cuando la existencia humana pierde su carácter sagrado o innegociable, la sociedad corre el riesgo de caer en la insensibilización moral.
Al respecto, se sugiere que antes de pretender relativizar un derecho fundamental absoluto como lo es el principio a la vida; lo mejor sería crear un ambiente favorable a ese valor inalienable, no contrario a este. Esto obliga a entender que atentar contra la dignidad ajena no solo perjudica a la víctima, sino que también corrompe al agresor. Al violar la dignidad de otro, quien actúa se degrada a sí mismo, perdiendo su propia integridad moral.
El punto clave de lo expresado con anterioridad es tener claro que cuando la vida humana se banaliza, se reduce a un mero instrumento, utilidad o número, lo que inevitablemente abre la puerta a la deshumanización.
En ese contexto, la filósofa Hannah Arendt advierte que “la muerte de la empatía humana es uno de los primeros y más reveladores signos de una cultura a punto de caer en la barbarie”; con esta frase luminosa se resalta cómo la incapacidad de sentir y pensar desde el punto de vista del otro allana el camino para la violencia y la deshumanización.
Por consiguiente, para construir un ambiente favorable al respeto de la vida que reconozca la humanidad en los demás sin excepción; el Estado debe implementar políticas públicas integradas y programas sociales que prioricen los derechos humanos de toda la colectividad. Estas políticas deben superar el individualismo y las ambiciones desmedidas de unos pocos, promoviendo la dignidad, la igualdad y la justicia social.
Asimismo, urge humanizar aquellos espacios que se han deshumanizado; pero para lograr ser efectivo en tal propósito, se requiere detener el ciclo de tratar a las personas como objetos o medios para un fin. Por ejemplo, no se puede seguir normalizando desde las redes sociales y ciertos programas interactivos en radio y televisión, esos insultos soeces y esas actitudes de desprecio que terminan erosionando la empatía.
De igual manera, nunca dejará de ser una prioridad humanizar la atención sanitaria y la seguridad social teniendo como centro el respeto a la persona. Su cumplimiento es clave para prevenir sufrimientos y garantizar equidad en el acceso a esos servicios esenciales.
Por igual, el respeto al valor de la vida se debe comunicar para el bien de la dignidad, lo que implica ejercer la palabra y la imagen con responsabilidad, respetando el honor, el buen nombre y la integridad de las personas. Hay que reconocer que todo lenguaje deshumanizador va de la mano con el comportamiento violento y esto tiende a dañar el tejido social.
En tal sentido, se requiere empezar a desarmar el lenguaje; es decir, aprender a medir lo que vamos a decir. Dado que una palabra le da vida al amor y otra puede matar al corazón. Comprender que, un gesto de comprensión, reconocimiento o ternura revive la sana convivencia; en cambio, una crítica ácida, un silencio hostil, una mentira o calumnia pestilente destruye.
En definitiva, urge promover el valor de la vida como resistencia auténtica a la inhumanidad; el cual no se limita a grandes hazañas históricas o esporádicas; reside en pequeños actos de misericordia y humanidad diaria que den constancia del bien, incluso cuando nadie observa. Por ejemplo, en elegir el perdón frente al resentimiento; la bondad ante la crueldad; la cordura y la prudencia como herramientas fundamentales para desactivar la ira; la empatía como antídoto directo contra la indiferencia e insensibilidad, entre otros más.
La suma de gestos de amor, respeto o cuidado, repetido con perseverancia, genera un cambio profundo, esperanzador y sostenible en el entorno. Estas pequeñas decisiones cotidianas transforman las relaciones, fortalecen la comunidad y construyen una cultura de humanidad sin necesidad de reflectores.
ANGEL GOMERA
Abogado