Por Teófilo Lappot Robles
Se impone comenzar afirmando que el siniestro personaje de una etapa del pasado dominicano que voy a comentar tenía dos sustantivos: 1) Manuel Rodríguez y 2) El Chivo, este último (que en él era más adjetivo) fue incorporado a partir de su adolescencia, por su extraña característica de iniciar pleitos dando cabezazos al contrario.
Lo anterior no es una elucubración. Importantes lexicógrafos dominicanos, al incursionar en la palabra chivo desde su definición como adjetivo, señalan que es “referido a persona suspicaz, desconfiada y recelosa”. (Diccionario del Español Dominicano. Academia Dominicana de la Lengua. Primera reimpresión, 2014.P179).
Decenas de autores dominicanos y algunos extranjeros han utilizado como materia prima para sus obras el vocablo chivo (especialmente el no castrado o cojú), y su incidencia en la política criolla.
Me limito a decir aquí que el jurista y escritor Manuel A. Amiama, en su novela El Viaje, sobre costumbres en la ciudad de Santo Domingo, publicada en el 1940 y reimpresa en el 2014, refiere que “un chivito” es aquel que no se atreve a nada, o sea, una suerte de timorato.
Manuel Rodríguez, nacido en la zona rural del municipio de Santiago, no era un chivito triste. Pasó a la historia como El Chivo cojú que era. Fue un soldado independentista y un oficial restaurador. Formó parte de los patriotas que tomaron la fortaleza de Moca, desplazando a los anexionistas, poco después de iniciarse en el cerro de Capotillo la Guerra de Restauración, pero nunca tuvo visión de grandeza.
Donde llegaba cometía hechos perversos por cuenta de su rosario particular, provocando repudio general. Sus instintos puramente criminales hundieron su nombre en el zafacón de la historia. Con lo de El Chivo vale evocar de soslayo, guardando la distancia, la novela de 1886 de Robert Louis Stevenson titulada “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, obra de ficción centrada en una persona con dos comportamientos totalmente diferentes.
Su reconocida valentía sin límites y su lealtad en la defensa de la soberanía nacional no impiden señalar que El Chivo demostró que carecía de los atributos de disciplina exigidos a los combatientes por la libertad del pueblo dominicano. Actuaba como “un chivo sin ley”. Sólo se contenía ante el freno que muchas veces tuvo que ponerle el general Gregorio Luperón, que era al único jefe militar que obedecía.
Con frecuencia generaba pleitos que no tenían ninguna motivación patriótica. Era un asiduo visitante de galleras y fiestas particulares. Se deleitaba sabiendo que todos le temían en esos lugares de esparcimiento, implantando en ellos el terror propio del guapetón. Donde llegaba la actividad terminaba en desbandada, pues tan profunda era su ignorancia como su belicosidad y actitud provocativa.
Dicho personaje se movió en un período en que más de un caudillo regional o nacional había hecho suya la vieja consigna de que “el enemigo muerto no molesta ni hiede”. Eso facilitó la expansión de sus instintos criminales hasta que murió empapado en su propia sangre.
Son escasos los datos sobre sus acciones como soldado del Ejército dominicano que repelió durante doce años las invasiones de los haitianos, pero en la Guerra de la Restauración adquirió el grado de general y salió del anonimato.
Publicistas de ese período de nuestra historia a la par de resaltar su valor y temeridad no soslayan su aplastante vocación a los excesos. De El Chivo escribió un oficial anexionista que era un personaje del cual habría mucho que contar: “Si se le busca en su carrera de criminal…como político muy poco puede decirse de él”. (La dominación y última guerra de España en Santo Domingo. SDB. Editora Santo Domingo, 1974.P.309. Ramón González Tablas).
De las tropelías cometidas por Manuel Rodríguez (El Chivo), con probados niveles de privación de juicio, tanto en la manigua como en zonas urbanizadas de distintos puntos del país, también hace referencia más de una vez el ciudadano santiaguero Arturo Bueno, en el tomo I de su interesante recopilación titulada “Santiago: Quien te vio y quien te ve”; cuya segunda edición se publicó en el 2006 con el auspicio de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos.
Fue de los firmantes, junto con Gaspar Polanco y otros, de un documento ignominioso, fruto de las intrigas de la politiquería ramplona criolla, fechado el 10 de octubre de 1864, en la fortaleza San Luis de la ciudad de Santiago de los Caballeros, mediante el cual se destituyó al presidente restaurador José A. Salcedo (Pepillo), quien meses antes había ordenado el apresamiento de El Chivo buscando poner fin a los desmanes que este, con un grupo de rufianes, cometía contra personas indefensas dedicadas a sus labores cotidianas.
Después de eso Manuel Rodríguez, alias El Chivo, siguió cometiendo atropellos. Aunque no gozara de la simpatía del gobierno de turno nadie se atrevía a ejecutar en su contra la frase popular dominicana referenciada por el lingüista Max Uribe: “chivo que no grita, colín con él”. (Notas y apuntes lexicográficos. Editora de Colores, edición 1996. P106).
El 28 de febrero de 1867 reconocidos mocanos le enviaron al presidente José María Cabral una carta instándolo a que pusiera fin a los desmanes de El Chivo, a quien calificaban, entre otros términos, de “asesino, prostituto, monstruo, salteador, maldito, bárbaro, hombre infernal…”
Por dicha carta, y otros muchos motivos, el primer mandatario del país le ordenó al general Eusebio Manzueta que apresara en la ciudad de Santiago a El Chivo y lo encerrara en la Fortaleza Ozama de Santo Domingo. De allí se fugó al poco tiempo, siendo reapresado en Cotuí y llevado a La Vega.
En aquella ciudad encontró violentamente la muerte. El delegado del gobierno, general José del Carmen Reynoso, ordenó su fusilamiento, que fue protestado por el general Luperón en carta dirigida al primer mandatario el 15 de junio del referido año 1867; pero admitiendo que el ya difunto cometió fechorías que manchaban el espíritu de la causa restauradora.
Aunque el general Gregorio Luperón reconocía méritos marciales en El Chivo, no menos cierto es que estaba consciente de sus fallas personales garrafales. Así escribió sobre dicho personaje: “Si es verdad que era un valiente, no tenía ni la moralidad ni la capacidad necesarias para dirigir un campamento…” (Notas autobiográficas y apuntes históricos. Editora de Santo Domingo, 1974.Tomo I, P197).
Teofilo Lappot Teofilolappot@Gmail.Com