diariodominicano.com
Por Victoria Cardiel, periodista especializada en temas de información social y religiosa.
Vaticano, 18 de junio, 2026.- El Papa León XIV ocupaba el pasado viernes ya su asiento —el 1A— y todo el séquito papal se encontraba a bordo cuando el comandante del vuelo anunció por megafonía una incidencia que obligaba a retrasar la salida, prevista para las 15:30 (hora canaria, 16:30 en la península).
“Buenas tardes de nuevo. Lamento informarles de que ha aparecido una incidencia en el sistema [se corta] y nuestro personal de mantenimiento va a solucionarlo para que podamos iniciar nuestro vuelo”, comunicó el capitán Julio Ruiz-Zorrilla Gómez, ante la sorpresa general de los pasajeros ya embarcados.
Menos de diez minutos después, el rey Felipe VI subió al avión y, tras conversar brevemente con el Papa, ambos descendieron juntos por la escalerilla para dirigirse a la sala de autoridades de la terminal. El resto es ya historia. El Santo Padre voló finalmente desde Tenerife Norte-Ciudad de La Laguna hasta Roma en un Falcon 900 del Ejército del Aire, y no en el Airbus de Iberia cuyo viaje llevaba meses preparándose.
La voz del capitán y los rostros de la tripulación reflejaban una tristeza contenida. Sin embargo, como explica en declaraciones a ACI Prensa Carlos San José Plasencia, decano del Colegio Oficial de Pilotos de la Aviación Comercial (COPAC), la decisión fue incuestionable desde el punto de vista técnico: un avión no es una máquina perfecta y, si algo no funciona, no despega.
“Cada vuelo lleva unos controles absolutamente exhaustivos por parte de la tripulación. Hay dos profesionales que en todos y cada uno de los vuelos realizan exhaustivamente todas estas comprobaciones. Y si se detecta cualquier anomalía, pues siempre se prioriza la seguridad sobre cualquier otra consideración. Y en este caso, pues fue lo que sucedió que detectó algún problema y decidió que era mejor no continuar”, explica.
Hubo también lágrimas de impotencia en el avión que se quedó en tierra en Tenerife. Pero la conclusión es clara: incluso la aeronave más revisada puede sufrir una avería.
“De vez en cuando aparecen circunstancias inesperadas y precisamente por ser inesperadas, pues pueden surgir en cualquier momento y en cualquier vuelo. No es algo ordinario, pero tampoco extraordinario. Sucede y, cuando sucede, se toma la decisión adecuada en función de qué es lo que está pasando”, añade Plasencia.
La seguridad es siempre lo primero
Este diagnóstico respalda el criterio de los profesionales de Iberia, que aquel día priorizaron la seguridad por encima de cualquier otra consideración: ya se trate del jefe de la Iglesia o de un pasajero anónimo en la fila 14. Para tripulación, pasajeros y aeronave, la seguridad es siempre lo primero.
Algunos criticaron que Iberia no contara, por ejemplo, con un avión de sustitución en la isla canaria, última etapa de su apoteósico viaje. En realidad, disponía de uno en Madrid, dentro de su flota operativa. “Sería un despilfarro absoluto viajar con dos aeronaves por si acaso. Eso no tiene lógica ninguna”, subraya Plasencia.
Se podría haber enviado un avión desde el aeropuerto de Barajas —como posteriormente se hizo para trasladar a periodistas y a parte del séquito papal que no entró en el Falcon del Rey—, pero eso habría obligado al Pontífice a esperar más de tres horas, comprometiendo además el complejo dispositivo de seguridad desplegado en el aeropuerto.
“Hay varios factores en juego: los protocolos de seguridad tanto de las compañías aéreas y de la aviación, los recintos aeroportuarios que tienen sus propias medidas intrínsecas de seguridad, así como el espacio aéreo, y luego cada personalidad que se desplaza, cada jefe de Estado con sus propios equipos y consideraciones de seguridad… El arte de una visita de este tipo es conciliar todo para que salga de la forma tan fluida como salió la visita del Santo Padre de España. Cuando hay un incidente, que es inesperado, insisto, se solventa de la forma más airosa, rápida y efectiva posible”, explica.
Otras incidencias técnicas en los vuelos papales
Sin embargo, más allá de lo que sucedió el pasado viernes, no es la primera vez que un vuelo papal se ve condicionado por circunstancias técnicas o meteorológicas. Lo recuerda bien la decana de los vaticanistas, Valentina Alazraki, con más de 166 viajes papales a sus espaldas. Explica que en febrero de 1986, a la vuelta de un viaje a India, el avión tuvo que desviarse de Roma a Nápoles debido al mal tiempo.
“Estaba nevando y el avión sobrevoló varias veces la ciudad para ver si podíamos aterrizar en el aeropuerto de Fiumicino. Pero después de varias vueltas se dieron cuenta que el avión no podía aterrizar en Roma. Entonces el piloto decidió aterrizar en Nápoles. Acabamos en un tren solo para nosotros desde Nápoles hasta Roma”, recuerda.
Sin embargo, subraya que lo que nunca había sucedido era “que se cancelara un vuelo” y, sobre todo, “que se separara la comitiva, es decir, que el Papa fuera en un avión y el resto en otro”.
Un precedente remoto se remonta a septiembre de 1984, durante el viaje apostólico de San Juan Pablo II a Canadá. Estaba previsto un encuentro en Fort Simpson con los pueblos aborígenes, a quienes el Papa deseaba dirigir un mensaje de reconciliación, reconociendo también los errores cometidos por la Iglesia y reivindicando sus derechos. Sin embargo, tal y como recuerda Alazraki, las duras condiciones meteorológicas —hielo, nieve y niebla— obligaron a cancelar el traslado tras llegar a Yellowknife, frustrando el encuentro.
“Aun así, el Pontífice quiso hacerse presente mediante un mensaje transmitido por radio a las comunidades indígenas, expresando su cercanía y dolor por no poder estar allí. Fiel a su compromiso, años más tarde, en 1987, aprovechó un viaje a Estados Unidos para desviarse hasta Fort Simpson y realizar finalmente aquel esperado encuentro con los pueblos aborígenes que no había podido celebrar en 1984”, detalla.
También en 1990, el Papa polaco tuvo que realizar una escala de emergencia en Malta debido a problemas técnicos en su vuelo.