Cultura

Larraín y el cine chileno, grato recuerdo en La Habana

Escrito por Anubis Galardy

Por Anubis Galardy

La habana, 13 dic (PL) El cineasta chileno Pablo Larraín se erigió en el máximo acumulador de Corales en el recién concluido festival habanero donde su película Post mortem, una cinta sin concesiones, de espléndida factura, conquistó cinco lauros.

El aliento de la cinematografía de ese país suramericano, en franco despunte en los últimos años -como lo prueban los numerosos lauros ganados en certámenes internacionales, incluido el habanero-, dejó el grato aroma de los recuerdos perdurables en los cinéfilos cubanos.

Además del otorgado a Post morten, la filmografía de esa nación conquistó un segundo Coral en documentales por El edificio de los chilenos, de Macarena Aguiló, el premio especial del jurado en ese mismo género por El oro de Pascua Lama, de Carmen Castillo y el tercer Coral de animación por El alicanto y la veta de cobre, de Roberto Avaria.

La cinematografía chilena brillando en tres categorías principales en competencia, devenida uno de los pesos pesados de la cinematografía de la región, junto a Argentina, Brasil y México.

El segundo Coral conquistado por Larraín en largometrajes de ficción por una «película de perfecta ejecución, compleja y audaz, de impecable puesta en escena» fue amplificado con los Corales al major guión, a la mejor actuación femenina y masculina para Antonia Zegers y Alfredo Cornejo, personajes ubicados en las antípodas a los que ambos inyectaron una dosis de veracidad, una veta humana de indiscutible poderío.

Cornejo en su papel de hombrecillo gris, rutinario, que acude cada día desempeñar su labor de volcar en letra impresa, desde una frialdad distante, los informes de autopsia de un forense que, tras registrar las huellas que delatan el asesinato, la matanza a mansalva de los militares guarnecidos tras el golpe de Augusto Pinochet, -del cual fueron también ejecutores- cataloga en su dictamen las muertes como de causa natural, suicidio, disfunción renal o cualquier otra fórmula encubridora.

Un Cornejo tras cuya piel subyace, de algún modo, el eco de las historias de famas y cronopios de Julio Cortázar.

Imperturbable, indiferente, apolítico solo perturbado por la sensualidad ardiente de una corista de cabaret (Zegers) simpatizante de la izquierda, o más bien arrastrada por esta, sin que la muevan otros intereses que sus preocupciones existenciales y su inquietud por el destino de su padre y hermano, militantes de esa izquierda.

Ambientada en los días previos e inmediatamente posteriores al golpe miliar del 11 de septiembre de 1973, Post mortem mereció también el premio Fipresci, de la prensa cinematográfica, por ese viaje al pasado reflejado en toda su crudeza, a mil leguas de cualquier cariz melodramático.

La escena inicial preludia el rumbo de la película con la cámara siguiendo el avance de un tanque por las calles desoladas de Santiago, su marcha arrolladora por entre las grietas del asfalto, la suciedad y la basura, su paso gradualmente ensordecedor como único efecto sonoro.

El cineasta trabaja su historia desde ese oscuro amanuense encarnado por Cornejo que en su tiempo libre se aplica, como diestro voyeur, a espiar la vida de su vecina, «la Nancy Puebla», esa artista de cabaret que lo encandila, y con la que al final entabla una fugaz relación amorosa, carente de toda significación para ella.

El cuadro social de la época mantiene una presencia latente, alejada de panfletos o discursos retóricos.

Uno de los momentos de mayor impacto es cuando al sótano del Servicio Médico Legal llega el cadáver del asesinado presidente Salvador Allende, con la cabeza partida en dos, el torax destrozado, la huella devastadora de las balas y un fragmento de lengua incrustrado en la masa del cerebro.

El medico jefe de la morgue, asumido con excelencia por Jaime Vadell, enumera los detalles del pesquisaje como si recitara los datos de un aburridor informe administrativo, lo que insufla áspero realismo a una escena que, despojada de toda grandilocuencia, adquiere un dramatismo, un impacto emocional mayor.

Larraín es diestro en crear esa atmósfera opresiva en función de la cual no vacila en demorar el lento y minucioso recorrido de la cámara durante varios minutos, el tiempo que lo precise su discurso narrativo. La resistencia popular asoma en la manifestación de apoyo a la unidad en defensa del gobierno de Allende, en cuyo centro queda varado Cornejo al timón de su automóvil, como un mero ojo registrador.

La violencia extrema del golpe, implícita en todo momento, es perceptible solo en las tomas de una capital desierta, humeante, poblada de ruinas, acechada por el rumor creciente de los aviones sobrevolándola para descargar su carga mortífera sobre el Palacio de la Moneda.

Post mortem llegó al festival precedida por la acogida unánime de una crítica de la más variada filiación, que le rindió honores en el festival de Venecia. Ovacionada al final durante seis minutos en la sala de proyecciones de la Mostra, se mantuvo en punta en los pronósticos auguradores de un León de oro que, al final, siguió otro derrotero.

Aquí en La Habana triunfó, un triunfo consagrado por cinco Corales como una diadema de excelencia.

ag

Modificado el ( lunes, 13 de diciembre de 2010 )

2010-12-14 03:59:31