Opiniones

Mi relación con la Madre Patria España

Por Andrés A. Aybar Báez para 7 Segundos Multimedia

Mi relación con España no comenzó en los libros de historia ni en los viajes al Viejo Continente. Comenzó en la niñez, escuchando las historias de mi abuela.

Recuerdo que ella me contaba que nuestra familia había estado vinculada a la Península Ibérica desde tiempos remotos y que uno de nuestros antepasados había salvado a un rey portugués durante un naufragio, recibiendo posteriormente reconocimientos y privilegios. Para un niño, aquellas historias parecían leyendas sacadas de una novela de aventuras. Sin embargo, fueron mi primer contacto emocional con España y Portugal.

Mi segundo recuerdo llegó caminando de la mano de mi padre por los grandes colmados y establecimientos comerciales de Santo Domingo. Allí escuchaba acentos distintos. Eran comerciantes españoles que trabajaban desde antes del amanecer hasta altas horas de la noche. Los veía detrás de mostradores de ferreterías, tiendas de alimentos, almacenes y negocios familiares. En aquel momento no comprendía la magnitud de lo que estaba observando: una generación de inmigrantes que estaba construyendo, con disciplina y sacrificio, una parte importante de la economía dominicana.

Mi vida tomó entonces otro rumbo. Estudié en instituciones de orientación norteamericana, viví en varios países y desarrollé una formación profundamente influenciada por la cultura estadounidense. Sin darme cuenta, me fui americanizando. Durante décadas miré principalmente hacia el norte, sin percatarme de cuánto me estaba perdiendo del Viejo Continente y de mis propias raíces.

Al ingresar al sistema bancario en la década de los setenta, tuve la oportunidad de observar de cerca la evolución económica del país. Desde esa posición veía cómo muchos de aquellos comerciantes españoles que habían llegado con poco capital iban acumulando patrimonio de forma silenciosa. Lo hacían con trabajo constante, austeridad y una enorme capacidad de reinversión.

Era una época distinta. Las importaciones dependían de permisos, relaciones comerciales, aduanas y de un aparato productivo local protegido por múltiples regulaciones. El éxito empresarial muchas veces dependía de la capacidad de mantener relaciones de confianza tanto con productores nacionales como con las autoridades. Y allí estaban ellos, construyendo negocios día tras día.

Con el paso de los años observé cómo la colonia española fue ampliando su presencia. Primero en el comercio, luego en la industria, más tarde en los medios de comunicación, el turismo, las finanzas y prácticamente todos los sectores de la economía nacional.

Recuerdo particularmente cómo algunos empresarios españoles comprendieron tempranamente la importancia de la comunicación y adquirieron medios de prensa para defender sus posiciones empresariales y participar activamente en el debate nacional. Fue el inicio de una influencia que con el tiempo se convirtió en una presencia permanente dentro de la vida económica y política dominicana.

Hoy el panorama es completamente diferente. Aquellos hombres que en las décadas de los cuarenta y cincuenta trabajaban detrás de un mostrador son ahora parte de juntas directivas de bancos, cadenas hoteleras, supermercados, empresas industriales, fundaciones, medios de comunicación y grandes grupos económicos.

Han contribuido enormemente al desarrollo del país.

Pero mientras ellos consolidaban su presencia en la República Dominicana, mi propia historia daría un giro inesperado.

Hace algunos años, durante unas vacaciones universitarias, mi hijo Andrés Gustavo me comentó que se había realizado una prueba genética para conocer sus orígenes familiares. Los resultados mostraban una combinación de raíces europeas, africanas y mediterráneas.

Aquello despertó mi curiosidad.

Comenzamos entonces a investigar documentos familiares, registros históricos y genealogías. Poco a poco fuimos descubriendo algo extraordinario: nuestras raíces sefardíes.

Encontramos el vínculo histórico de la familia López Penha con la Península Ibérica, la expulsión de nuestros antepasados durante los años de la Inquisición, su paso por Portugal, los Países Bajos y Curazao, hasta llegar finalmente a Azua y posteriormente integrarse plenamente a la sociedad dominicana.

Aquella investigación no solo nos permitió comprender mejor quiénes éramos. También nos abrió las puertas para recuperar la nacionalidad española otorgada a los descendientes de judíos sefardíes expulsados de España siglos atrás.

Hoy toda mi familia porta con orgullo esa nacionalidad.

No la vemos únicamente como un documento legal, sino como un acto de reconocimiento histórico, una reconciliación con el pasado y un puente entre generaciones.

Después de conocer esa historia, aprendí a mirar a España con otros ojos.

Comprendí mejor el extraordinario aporte de miles de inmigrantes españoles que llegaron a la República Dominicana con una maleta llena de sueños y una enorme voluntad de trabajo. Muchos de ellos comenzaron desde cero y terminaron construyendo empresas que hoy generan miles de empleos y contribuyen al bienestar nacional.

También comprendí que la relación entre España y la República Dominicana va mucho más allá de los lazos históricos. Es una relación humana, empresarial, cultural y afectiva que se ha fortalecido durante generaciones.

Por eso hoy quiero expresar mi admiración y agradecimiento.

Gracias, España, por reconocer nuestras raíces.

Gracias por tender la mano a los descendientes de Sefarad.

Gracias por la contribución histórica de tantos hombres y mujeres que cruzaron el Atlántico para construir una vida en esta tierra dominicana.

Y gracias a la colonia española en la República Dominicana, cuyos miembros han contribuido decisivamente al desarrollo del comercio, el turismo, la banca, la industria, la educación, las fundaciones y la vida institucional del país.

Muchos de ellos son hoy amigos entrañables, colegas, empresarios ejemplares y compañeros de golf.

La historia nos enseñó que las naciones se construyen no solo con gobiernos y leyes, sino también con el trabajo silencioso de miles de personas que creen en el futuro.

España y la República Dominicana son prueba de ello.

Como dominicano, como español sefardí y como ciudadano agradecido de ambas tradiciones, solo puedo decir:

Gracias, España. Gracias por tanto. Y gracias a todos aquellos españoles que ayudaron a hacer más grande la República Dominicana con el sudor de su frente, su espíritu emprendedor y su confianza en esta tierra que también hicieron suya.