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Con Punto & Coma; Crónica del mar que abraza la ciudad

diariodominicano.com

Por juan Cruz Triffolio

Sociólogo – Comunicador Dominicano

Santo Domingo, R. D., 1 de junio, 2026.- Hay lugares que no se caminan con los pies, sino con el alma.

El Malecón capitaleño es uno de esos genuinos ejemplos.

Imponente y espacioso, se abre como un paseo encantador donde Santo Domingo respira y olvida la prisa.

Eres una invitación que llama sin palabras.

Una voz de sal que dice: ven, y deja que el abrazo efusivo con las olas del Caribe te recuerde que estás vivo.

Mar fascinante, el tuyo no golpea: acaricia, insiste, seduce.

Rompe contra los arrecifes y se transforma en rocío, en esa humedad de tu incesante oleaje refrescante que moja el rostro y enciende la memoria.

Tu arboleda envidiable dibuja túneles de sombra sobre el asfalto.

Bajo cada cocotero hay una historia, una risa, una despedida que no se fue del todo.

Y es que eres espacio para el romance de corazones apasionados.

Allí se juran eternidades en voz baja, se perdonan silencios y el amor aprende a caminar al ritmo de la marea.

Eres belleza inconmensurable de una media isla seductora.

Maravilla de un terruño de hombres y mujeres privilegiados por una naturaleza prodiga con mar abierto, cielo sin prisa, gente que sabe quedarse.

Cuánto disfruto de tus encantos, frescor y belleza, auténtico regalo del Divino Creador que fascina al visitante.

Al dominicano lo vuelves niño y al extranjero, lo conviertes en testigo.

Y es que, en ti Malecón imponente, la Primada de América se abraza con su historia y heroísmo.

Eres costura entre el ayer de calles empedradas y el hoy de luminarias encantadoras.

Viva manifestación de una realidad hermosa en una media isla caribeña de pasiones que encantan y enloquecen, donde cada ola trae un susurro de los que caminaron antes y deja una promesa para los que vendrán.

Caminarte es entender que Santo Domingo no termina en imponentes moles de concreto armado y alborotadas calles de ardiente asfalto, saturadas por vehículos bulliciosos: finaliza donde el mar decide que empieza el infinito.–

Juan Cruz Triffolio
Santo Domingo Este, R.D.