Cultura

El cinematográfico amor de Salvador Dalí

Por: Sergio Berrocal

Málaga, España (PL).- El cine, conciencia de toda una vida, respaldo para los que han confiado en él como ansiolítico supremo, no hubiese sido nunca nada de no haber existido ese extraño fenómeno que es el amor.

El amor de todos los nuestros, el amor que se declina a todas las horas, ha dado desde siempre a los cineastas la razón suprema de existir.

El amor de la chiquilla del irani Jafar Panahi en El globo blanco, la Scarlet Oâ?ÖHara de Lo que el viento se llevó o los llantos desesperados de los hijos de la guerra en mil películas.

Desde Al Jonson hasta estos tiempos de cólera que son los años en que vivimos peligrosamente, rodeados de atrocidades cometidas por los señores de la guerra en nombre de la libertad, el cine sigue declinando aquel grito del cantante francés Serge Gainsbourg Je tâ?Öaime, moi non plus.

Por ser estos terribles tiempos de los insípidos años dos mil, los cineastas tratan por todos los medios de que sus personajes sigan cantando el I love you, con compañera o sin compañera. Sigues poniéndote delante de una pantalla de cine o de televisión, que a veces sirve de cinemateca hogareña, en busca de ese gesto, esa música o esa palabra mágica que te haga el día, la semana y, en definitiva, la vida, más llevadera.

De puro cine: «Lo más esencial para mí es el amor». Esta frase, que de pronto te llena de gozo en una mañana de desastres radiados, anda por lo visto y por lo contado en un diario que escribió Elena Ivánovna Diákonova, conocida como Gala, la musa de Salvador Dalí.

A esta mujer que se atrevió a decir no que el amor era esencial sino que era lo más esencial, la conocí hace infinitos años. Eran tiempos benditos de los finales años cincuenta, cuando en un cine del parisiense Barbÿs contemplábamos alborozados en pantalla enorme las películas del Oeste más clásicas, aunque entonces decíamos western.

Del masticar de los chicles repartidos a los menesterosos europeos por las tropas norteamericanas que dos años después de empezar la II Guerra Mundial (1939-1945) llegaron a Europa nos habían quedado aquellas palabrejas de otro mundo, el mundo donde se inventaron el cine y la guerra moderna.

Yo había descubierto, era demasiado joven para amar el arte, que el pintor catalán era humanamente genial. Y aquella tarde quedamos en vernos en su hotel de París, el Meurice, que olía a encaje antiguo y a güisqui con Perrier verde de toda la vida y camarero metido en un esmoquin negro de blanca camisa.

Cuando llegué a su suite estaba concediendo una entrevista a una revista de arte de las que pontifican en el mundo. En un rincón, tan callada como yo en otro, estaba su esposa Gala («Llamo a mi esposa Gala, Galuchka, Graiva, Oliva por el ovalado de su rostro y el color de su piel») que le había literalmente robado a su «amigo» Paul Eluard, especie de papa del surrealismo, un movimiento en el que el pintor multimillonario y multitalentoso estuvo mucho tiempo inmerso.

Mientras la contemplaba por debajo de un cuadro clásico, que en aquel decorado parecía una aberración mental, tan lejos del vertiginoso y aéreo Cristo de Dalí, tuve que reconocer que realmente el robo valía la pena. Gala no fue sólo su mujer. Fue sobre todo una especie de musa, quizá la encarnación de ese amor loco y cinematográfico con el que hemos soñado todos en los mejores de nuestros deseos.

Cuando se conocieron, el hombre del bigote engomado (dicen que con miel, otros pretendían que con una crema especial que compraba en una tienda de su Cataluña natal, allá en el noreste de España) le prometió con un romanticismo que parecía una broma más de las suyas: «No nos separaremos nunca».

Y así ocurrió hasta que, como sentencia el cura en el momento del consentimiento mutuo, la muerte los separó para siempre Dalí tenía la friolera de 85 años, gran parte de los cuales había pasado riéndose de una sociedad a la que apabullaba con sus declaraciones y credos que sacaba de la manga pero se le consentían porque su genio como creador era tan infinito como el que pudo tener Miguel Ángel.

Volvimos a vernos otro día. Y pasaron esos años que hoy te pesan y que entonces, en la inconsciencia de la juventud, te parecían de carcajada. Gala falleció en 1982. Siete años después, el 23 de enero de 1989, Dalí acabó de morirse de pena en la Torre Galatea de Figueras, pueblo español del noreste.

Personaje cinematográfico que pregonó su gusto por el séptimo arte con Luis Buñuel y hasta con el pavo de Walt Disney, Salvador Dalí me dijo una de aquellas tardes del París de antes de la penúltima guerra: «Voy muy poco al cine. Tenga en cuenta que para mí es un verdadero problema. Mi imaginación transforma inmediatamente los personajes que aparecen en la pantalla cambiándoles de sexo y cosas asíâ?? Tanto que cuando cuento la película nadie la reconoceâ?? Mi actriz preferida es Greta Garbo y es a la única que en la pantalla no le cambio el sexo. Estoy tratando de que acepte mi proposición de realizar una «Santa Teresa de Jesús». Sería un filme místico, con guión mío».

Luego, antes de poder llevar a cabo ese proyecto, se murió, como se morían todos los grandes enamorados de siempre. Ya nadie ha vuelto a morirse de amar.

El autor es escritor y periodista francés, residente en España

2011-04-14 18:19:16