Cultura, Portada

MARZO GLORIOSO EN SANTIAGO DE LOS CABALLEROS

Teófilo Lappot Robles

Por Teófilo Lappot Robles

La apabullante derrota que los dominicanos les infligieron a los invasores haitianos el 19 de marzo del 1844, en Azua de Compostela, fue sólo parte del comienzo de las luchas entre ambos. Los colindantes del oeste fronterizo siempre como agresores y la República Dominicana defendiendo su soberanía. 

Apenas habían pasado 11 días de los acontecimientos armados en la sureña Azua cuando de nuevo los dominicanos tuvieron que repeler los ataques de aquellos que durante 22 largos años habían sembrado el terror y se habían apoderado del país, robando sus riquezas y oprimiendo al pueblo.

En la batalla del 30 de marzo de 1844, en la ciudad de Santiago de los Caballeros, en el corazón del Cibao, los dominicanos hicieron de nuevo que los intrusos referidos masticaran el polvo de la derrota. Fue en una formidable contienda que quedó registrada para siempre en los gloriosos anales de la historia nacional. 

Algunos cronistas, y hasta cagatintas, han pretendido vanamente dorar la píldora, pero la verdad monda y lironda fue que allí ocurrieron hechos fundamentales. Hasta un intelectual haitiano (que acusó injustamente a los dominicanos de practicar el bovarismo colectivo) tuvo que admitir más de cien años después lo siguiente:

“El 30 de marzo, a la una de la tarde, las tropas haitianas se lanzaron al asalto. Duró la lucha más de cuatro horas sin que cayera la ciudad…Las pérdidas totales de su ejército, antes que pudiera atravesar el Masacre y llegar a Cabo Haitiano, son estimadas, entre muertos y heridos, alrededor de setecientos hombres.” (La República de Haití y la República Dominicana. Editora Taller, edición del 2000. Pp335 y 336. Jean Price Mars).

Es oportuno resaltar que en la batalla del 30 de marzo de 1844, como en las que se libraron antes y después para sostener la Independencia Nacional, los batallones de combatientes dominicanos estaban formados en su mayor parte por campesinos y habitantes de los pueblos que no tenían arraigada la importancia de los hechos históricos de lo que hacían parte. Ni siquiera alcanzaban a entender con claridad lo que era la noción de la dominicanidad en términos de definiciones teóricas.

Sin embargo, ellos sentían que su lucha era para defender la patria y reafirmar la libertad por encima de cualquier otra cosa. Esa realidad de entonces realza más su importancia en el largo proceso histórico nacional.

Prueba de  que esa situación se mantenía entre los combatientes dominicanos durante la abominable anexión de la República Dominicana al reino de España se observa al leer al escritor dominicano nacido en Cuba Federico García Godoy, quien publicó una novela histórica en el 1914, ambientada en la fase final de la Guerra de Restauración. Él pone en boca de uno de sus personajes imaginarios, el santiaguero Fonso Ortiz, criado en la ciudad y con cierto grado de escolaridad, que: “conocía la historia de su país aunque de cierto modo deficiente, a retazos como quien dice, sin la intensa visión de conjunto que es el alma de todo genuino conocimiento histórico”. (Guanuma, edición 1997.P313).

Hay que reiterar que después de la Restauración de la República prevalecía la ignorancia en gran parte de la población sobre los esfuerzos y sacrificios patrióticos del ayer. 

Prueba de lo anterior es que cuando en el 1867 el historiador José Gabriel García publicó el volumen I de su obra Compendio de la historia de Santo Domingo, el que luego sería arzobispo y presidente de la República Fernando Arturo de Meriño le escribió felicitándolo por dicho texto al tiempo que le señalaba que la población desconocía los hechos de nuestro pasado y que su “ignorancia, con pequeñísimas excepciones, es general.”  (Carta de Meriño a J.G. García).

En realidad, los niños y jóvenes dominicanos comenzaron a compenetrarse con lo que se había hecho para forjar la libertad dominicana partir de 1866; año en el cual se declaró de consulta escolar la obra titulada Geografía física e histórica, de la autoría del periodista y escritor Javier Angulo Guridi, el hijo de dueños de grandes haciendas que escribió que en El Cibao “el tabaco es el primer ramo de su movimiento comercial y es causa de la riqueza comparativa de aquel hermoso departamento”.

Quizá por dicha afirmación de Guridi el principal héroe de la batalla del 30 de marzo de 1844 fue José María Imbert, un comerciante de origen francés dedicado a la compraventa de tabaco, cacao, café, géneros ultramarinos, etc., que estaba establecido con su familia en la ciudad de Moca.

 Imbert tenía formación militar, y en medio de la urgencia y el peligro que se acercaba no vaciló en organizar certeramente la defensa que permitió derrotar en las calles de Santiago al general ocupante Juan Luis Pierrot y a sus miles de soldados. 

Horas después de la victoria dominicana el triunfante Imbert le respondió por escrito una carta que le envió el referido militarote vencido. Su contenido revela su talante de guerrero y patriota de categoría superior. Lo que nunca fue el pérfido y codicioso haitiano.

El referido mocano por adopción fue merecedor de este párrafo elocuente: “Los patriotas que tomaron parte en la batalla, así como los demás habitantes del Cibao, tuvieron para Imbert el respeto agradecido y la admiración de que se había hecho digno como cabeza directriz” (Diccionario biográfico histórico. Editorial de Colores, 1997. P 261. Rufino Martínez). 

Otro comandante sobresaliente en ese día glorioso, por su capacidad de mando y control y la atinada distribución que en medio de los combates hizo de los hombres bajo su mando, fue Fernando Valerio Gil, nativo de de San José de Las Matas, quien en muy poco tiempo reclutó a ciento cincuenta obreros agrícolas y torcedores de andullos de Sabana Iglesia y campos aledaños que soltaron sus objetos de trabajo y empuñaron machetes que con sus temibles filos cayeron sobre los cuerpos de muchos invasores.

Esos fueron los hombres que produjeron la famosa Carga de los Andulleros, contribuyendo así con el triunfo de las armas dominicanas. Se llenaron de gloria en el baluarte Libertad, reforzados por la infantería del fuerte Patria y de otros combatientes santiagueros. Ahí diezmaron a los intrusos. Igual ocurrió con el poderoso cañón emplazado en el fuerte Dios.

También hay que resaltar como héroes de la batalla del 30 de marzo de 1844, entre muchos otros, a José María López, Francisco Antonio Salcedo, Juana Saltitopa, José Nicolás Gómez, Andrés Pichardo, Ángel Reyes, Pedro E. Pelletier, Achilles Michel, Toribio Ramírez, Marcos Trinidad, Francisco Caba y Bartolo Mejía. 

Aunque no estuvieron en el fragor de los combates, por razones detalladas en los registros históricos, hay que destacar la importancia en ese triunfo del patricio Ramón Matías Mella y el empresario y comerciante de origen británico Teodoro Stanley Heneken.

Luego de los hechos bélicos referidos los haitianos siguieron durante varios años incordiando a los dominicanos; pero mantiene su potencia dialéctica lo que escribió el historiador Alcides García Lluberes en el sentido de que: “Después de la Batalla del 30 de marzo los hombres de Haití quedaron completamente convencidos de que el pueblo dominicano estaba animado de nuevas e invencibles energías.”  

Teofilo Lappot teofilolappot@gmail.com