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EL RUGIDO DE BOMBAS Y MISILES

Teófilo Lappot Robles

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

En toda guerra siempre está presente el arte de la simulación. Además, se ha dicho que la primera víctima de un conflicto es la verdad. Los ataques con bombas, misiles y drones (cargados de explosivos, granadas, etc.) que están ocurriendo en estos momentos en diferentes lugares de la tierra tienen el agravante de que son ordenados por farsantes con categoría de mentirosos patológicos.

Continuamente ha habido acciones bélicas en el mundo, por motivos muy variados. En la más remota antigüedad fueron famosas las tres guerras púnicas entre Roma y Cartago. En la Edad Media el acontecimiento de mayor impacto militar se centró en Las Cruzadas, ocho guerras libradas durante casi doscientos años entre cristianos europeos y musulmanes del Medio Oriente.  Todas fueron de infantería, con algunos episodios navales.

Durante el siglo XX hubo varias guerras, incluyendo dos con alcance mundial, que causaron cientos de millones de víctimas humanas entre muertos, heridos y mutilados. Los días 6 y 9 de agosto de 1945, respectivamente, los EE.UU. lanzaron dos bombas atómicas que provocaron una hecatombe en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, en Japón.

Pero este siglo XXl, con apenas dos décadas y media en su calendario, ya registra más de cuarenta conflictos armados esparcidos en todos los continentes. Un baño de sangre televisado.

Lo anterior significa que esta centuria comenzó con guerras entre países, así como conflictos armados de grupos beligerantes dentro de un mismo territorio. Esas hostilidades han sacado a flote, una vez más, lo peor del ser humano.

Son muchos los países y etnias involucrados en los últimos 25 años en contiendas de orígenes diversos. Cito de manera limitativa los siguientes países: Afganistán, Irak, Rusia, Ucrania, segunda guerra chechena, Estados Unidos de Norteamérica, Siria, Sudán, tramo final de las guerras yugoslavas, Líbano, Angola, Colombia, Israel, Franja de Gaza, Osetia del Sur, Malí, Sri Lanka, Libia, Costa de Marfil, Yemen, Burkina Faso, República Centroafricana, Congo, Mozambique, Nigeria, Etiopia (en la zona de Tigray).

Entre las etnias que han participado en guerras en lo que va de siglo están  los mossi, senufo, fulani, kurdos, drusos, alauitas, asirios, akan, gur, mandé, bambara, dogon, amhara y oromo y una retahíla más numerosa.

El inmediatismo rampante de ciertos gobernantes de estos tiempos turbulentos, que más bien son una especie de mastodontes y mamuts con ropaje humano, guiados por el enanismo mental que los caracteriza, hace que actúen en los escenarios de sus acciones bélicas como implacables verdugos de millones de personas inocentes. Imitan, si cabe, a esos cazadores  que para llegar a las madrigueras de sus presas sacrifican a todo ser viviente que desafortunadamente esté en su ruta.

Frente a lo que está viviendo hoy la humanidad, con reiteradas violaciones de la Carta de las Naciones Unidas y un desprecio total a lo que representa el Derecho Internacional, vale recordar las descripciones que hizo Nicolás Maquiavelo sobre las concesiones llenas de trampas que un duque florentino les hacía a sus enemigos.

En estas semanas de locura en una parte del suroeste de Asia y en una porción de  Europa del Este se comprende mejor el significado de la frase del referido sabio del Renacimiento cuando escribió sobre el aludido caudillo de la Toscana: “ha puesto el cerebro patas arriba”. (Legaciones y Comisarías. Editorial Feltrineli, Italia, 1964.NM). Por eso no es tan sorprendente el surrealismo político-económico que estamos contemplando, por ejemplo, en un recodo de nuestro vecindario caribeño.

Es oportuno señalar que el influyente filósofo prusiano-alemán Immanuel Kant, cónsono con su ética del deber, escribió: “Actúa de manera que la máxima de tu conducta pueda servir de legislación universal”. Sin embargo, algunos señores que gobiernan países poderosos, con mente perversa, le han dado a ese concepto una interpretación acomodaticia a sus intereses, y se han arrogado la potestad que no tienen.

Por eso el mundo contempla ahora con indignación e impotencia algunas guerras de elección (como se dice en el lenguaje militar). Dos ejemplos: las que sufren los eslavos ucranianos de parte de Rusia y los musulmanes chiítas del Irán bajo control de los malvados ayatolas de parte de EE.UU e Israel.  

Oportuno es decir que hoy, en grado más elevado que antes, se comprueba que el Derecho Internacional, en su versión moderna que comenzó en 1648 al producirse la Paz de Westfalia, está sometido al medalaganismo y la soberbia de unos pocos señores que usando y abusando de un poder que no se les ha dado cometen horrores contra millones de seres humanos. Para auto justificarse esparcen por el mundo alilayas que no resisten ningún análisis ni de lógica ni de derecho.

Está claro que el mundo actual no está viviendo un ambiente propicio para lo que el filósofo católico francés Jacques Maritain definió en el siglo pasado como la exigencia de imponer “la verdadera caballería de la justicia” a la “caballería de la degradación humana y del cinismo”. Esta última es la que predomina en ciertos núcleos de poder mundial.

Como digresión necesaria señalo que en uno de los párrafos más elocuentes del libro Leviatán, inspirado evocando al monstruo bíblico que era “rey sobre todos los soberbios”, el filósofo inglés del siglo XVII Thomas Hobbes describe como causales principales de las guerras: a) la competencia, con claras intenciones de ganar; b) la desconfianza, para procurar u obtener seguridad y c) la gloria, como fuente de lograr o aumentar la reputación. (Leviatán. Edición londinense de 1957.P64. TH).

Como se observa en el más potencialmente peligroso conflicto de hoy (Irán-EE.UU-Israel) esas premisas no son las dominantes, sino otros aspectos que desbordan la visión del pensador Hobbes. Lo que se ve en esa lucha es una mezcla de elementos de guerra asimétrica y de guerra de cuarta generación que ha convertido en un infierno el estratégico estrecho de Ormuz. De prolongarse lo que en ese angosto lugar del Golfo Pérsico está sucediendo puede causar en las próximas semanas ruinas de pueblos enteros y hambruna en muchos lugares del mundo.

El derecho internacional, creado por intereses colectivos variopintos, es la base legal suprema de los Estados. Debe ser aplicado por tratados o acuerdos, nunca unilateralmente. Su núcleo central es mantener la paz entre las naciones.

La realidad de hoy es que el Derecho Internacional, y particularmente la Carta de las Naciones Unidas, son simples papeles mojados, cargados de palabras que ciertos presidentes no las quieren leer porque para sus intereses particulares están borrosas y difuminadas.

Ahora es más difícil entender el significado clásico de la geopolítica. Hay una suerte de tiovivo sin asiento para la aplicación del Derecho Internacional, especialmente por culpa de mandones, así como por  el silencio de la mayoría de los llamados a plantarles cara. Así de enrarecido está hoy el mundo.

teofilo lappot

teofilolappot@gmail.com

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