Miami, Florida, 30 nov,- Havanafama ha llevado a escena Las monjas, del dramaturgo francocubano Eduardo Manet, una parábola acerca del poder, la doble moral y la infinita capacidad de corrupción del ser humano.
En la obra, ubicada en la época del levantamiento de esclavos de Haití, tres monjas ocultas en un subterráneo y una mujer de clase alta que acude a ellas, planean escapar del cataclismo social que arrasa con su mundo.
Juan Roca, quien dirige la puesta, reduce el texto original, llevando los dos actos a un solo episodio de poco más de una hora, y de paso pule algunos sórdidos detalles relacionados con la putrefacción y la muerte.
Sin embargo, es discutible el cambio que introduce en el desenlace de la versión miamense; en tanto Manet termina con la Madre Superiora y Sor Ángela cavando desesperadamente para escapar de la amenaza de lo que acecha en el exterior y está a punto de irrumpir en el subterráneo, Roca pone un cuchillo vengador en manos de Sor Inés, la menos culpable de las religiosas, y con ese gesto moralizante echa por tierra la posibilidad de que «los malos» puedan escapar indemnes, que es justo lo que vuelve sobrecogedor el final de la historia.
Las monjas es una pieza llena de vericuetos que hacen muy compleja su puesta en escena. El dramaturgo quiere que los personajes masculinos en hábito monjil permanezcan naturalmente viriles durante la representación, dando lugar a una doble vuelta de tuerca sostenida sobre el equívoco de hombres lujuriosos que se disfrazan de mujeres castas que actúan como hombres lujuriosos.
Para complicar aún más las cosas, la ambigüedad del tono de los parlamentos no permite centrarse en un género teatral definido, ya que oscila entre el drama y la tragicomedia y por momentos llega incluso a rozar la farsa.
La obra desarrolla una curva dramatúrgica atípica donde el suspenso no se resuelve por medio de una progresión ascendente, sino que va sumando nudos argumentales que funcionan por acumulación.
Para conseguir el delicado equilibrio que exige la sombría fábula de Manet habría sido necesario trabajar la tensión con altibajos, y es en este punto, entre otros, donde falla la puesta de Havanafama, que mantiene de principio a fin un tono cuya exaltación resulta contraproducente, porque satura la sensibilidad del espectador.
El personaje más afectado por tales excesos es el de la Madre Superiora -interpretado por Isaniel Rojas-, que resulta monótono a fuerza de sobredimensionar la intensidad de sus actitudes. Renato Campilongo intenta aportar matices a su Sor Ángela, pero también sucumbe al exacerbado dramatismo.
Ernesto Jam, en el rol de Sor Inés, transmite a ratos la inocencia cerril de la religiosa muda, por más que su trabajo corporal no está lo suficientemente desarrollado. En cuanto a Vivian Morales, no siempre perfila de forma convincente la versatilidad de La Señora, esa dama rica y superficial que cae en la trampa del sórdido erotismo que rezuman las monjas.
Otros elementos que conspiran contra la puesta son una escenografía poco funcional, que roba espacio a los actores; el vestuario de las monjas, cuyas faldas resultan excesivas para las reducidas dimensiones del escenario, y la elección de fragmentos sonoros en forma de cánticos acompañados por tambores, que al ser repetitivos y mantenerse por tanto tiempo como fondo de las voces de los personajes, echan por tierra su objetivo de acrecentar el suspense.
2011-11-30 21:57:05