Por Teófilo Lappot Robles
Se cumplen 182 años de la histórica noche (27-2-1844) en que fue proclamada la independencia nacional. Terminaban más de dos terribles décadas de sojuzgamiento del pueblo dominicano por el gobierno haitiano que robaba las riquezas nacionales y ahogaba las libertades, negándoles “el pan y la sal” de que hablaban griegos y romanos en la antigüedad.
El fogonazo redentor de Ramón Matías Mella en la Puerta de la Misericordia, la toma armada de la Puerta del Conde y la actitud resuelta de los febreristas que cargados de patriotismo se aproximaron en son de guerra a los fortines que los intrusos tenían en lugares claves de la zona colonial de la ciudad de Santo Domingo fueron el culmen de la materialización del ideal trinitario.
Aunque estaba desde hacía ocho meses en un exilio forzado el espíritu patriótico de Juan Pablo Duarte vibraba en cada luchador independentista auténtico.
La emoción del padre de la patria era desbordante al ver desde la rada del pequeño puerto de la capital de la isla de Curazao (Willemstad) la bandera tricolor en la proa de la goleta Leonor, envidada allí para traerlo de vuelta con sus compañeros a la tierra liberada. Lo cual se produjo cuando la capa de la oscuridad arropaba el jueves 14 de marzo de 1844.
Aquella alborada de libertad tuvo su primer pilar cuando se formó La Trinitaria el 16 de julio de 1838, con Duarte a la cabeza, flanqueado por los jóvenes Pedro Alejandrino Pina, Jacinto de la Concha, José María Serra, Felipe Alfau, Juan Isidro Pérez, Juan Nepomuceno Ravelo, Félix María Ruiz y Benito González, quienes ese día en la casa de doña Chepita Pérez, frente a la iglesia Nuestra Señora del Carmen, juraron ofrendar sus vidas, si fuera necesario, en aras de la libertad del pueblo dominicano.
Esos nueve jóvenes representaban en ese momento histórico la dignidad del pueblo dominicano. Un ilustre ciudadano escribió mucho después una reflexión digna de ser resaltada de nuevo ahora: “…respira decisión y profundo amor cívico el juramento de los trinitarios, ideado por Duarte y firmado con sangre…todos firmaron con su sangre el juramento de morir o hacer libre la tierra de sus antepasados.” (Monumento a Duarte. Primera publicación en 1894. Emiliano Tejera Penson).
Permitido es reiterar que con perseverancia y tenacidad juvenil, venciendo obstáculos y ariesgándolo todo, el proyecto redentor de Duarte y sus seguidores germinó y se expandió entre la población. Un fecundo historiador lo escribió así: “Los trinitarios…emprenden sin tardanza sus patrióticas faenas. Sus adeptos van aumentando día por día, y el anhelo de libertad, simiente regada por todo el país, es como un vasto y silencioso incendio que inflama el corazón de los dominicanos y que los prepara a la heroica jornada”. (La Trinitaria. Apuntes y documentos para su estudio. Clío No.86. Enero 1950.P6. Emilio Rodríguez Demorizi).
Pero como estaban conscientes de que pisaban un terreno fangoso los trinitarios decidieron utilizar nombres supuestos para consolidar su lucha y protegerse un poco. La historia registra, por ejemplo, que Duarte era Arístides, como el gran estadista ateniense, a quien antonomásticamente llamaban el Justo, protagonista de la batalla de Maratón, que en la primera guerra médica frenó la invasión del rey persa Darío I a Grecia.
Ravelo era conocido como Temístocles, recordando al hábil político y general ateniense, héroe de la histórica batalla de Salamina, calificado como un genio de la estrategia naval, que derrotó en la segunda guerra médica al terrible Jerjes I. Salvó a su pueblo ordenando construir doscientas embarcaciones (trirremes) para combatir los constantes asedios de sus enemigos.
Así también Benito González se hizo llamar Leonidas, probablemente en honra al rey de Esparta que cayó defendiendo las Termópilas, en la embestida del ejército persa, en la segunda guerra médica. Alfau era de cara al público Simón, tal vez por el famoso cananeo que fue obispo de Jerusalén y cuyo destino final ha sido narrado de manera diferente en cada leyenda tejida en torno a él.
Lo cierto fue que al filo de la media noche de 27 de febrero de 1844, y las horas siguientes, cuajó el ideal trinitario de “implantar una República libre e independiente de toda dominación extranjera que se denominará República Dominicana…”
El discernimiento de esos nueve dominicanos de pro, junto a muchos otros, al emprender su colosal labor, estaba abonado por sus vivencias cotidianas en medio de un pueblo que desde hacía mucho tiempo ya tenía conciencia de los atributos de su propia idiosincrasia, y cuya culminación no podía ser otra que lograr quitarse de encima la opresión de extranjeros. Formalizaron su jaculatoria patriótica de: “…cumplir el voto que hacemos de redimir la Patria del poder de los haitianos”.
Algunos poderosos lograron abigarrar la lucha inicial, mediante añagaza y fingiendo sus verdaderos objetivos. Esos fueron los hábiles que “…que pertenecían al elemento conservador, quienes no teniendo fe en los futuros destinos del país, miraron como una locura el proyecto de Duarte y se negaron a prestarle ayuda.” (José Gabriel García. Obras completas.Vol.4P.317.Impresora Amigo del Hogar, 2016).
Al cumplirse ahora 182 años de la hazaña independentista es oportuno insistir que el firme compromiso del patricio Juan Pablo Duarte en defensa de la libertad del pueblo dominicano se resume en esta frase suya: “Nuestra Patria ha de ser libre e independiente de toda potencia extranjera o se hunde la isla”.
Teofilo Lappot teofilolappot@gmail.com