Cultura, Internacional

Ramadán, mes de fe y solidaridad que une al mundo musulmán

Damasco, 20 feb (Prensa Latina) El Ramadán, noveno mes del calendario islámico, constituye uno de los períodos más sagrados para los musulmanes en todo el mundo y representa una etapa de profunda espiritualidad, disciplina y cohesión social.

En Siria, como en las demás naciones musulmanas, esta celebración trasciende el cumplimiento religioso del ayuno y se convierte en una manifestación viva de identidad cultural, solidaridad colectiva y esperanza compartida.

Durante 29 o 30 días, los fieles practican el ayuno diario desde el amanecer hasta la puesta del sol, en cumplimiento de uno de los cinco pilares del Islam. Sin embargo, el significado del Ramadán va más allá de la abstinencia de alimentos y bebidas: simboliza autocontrol, purificación del alma y compromiso con los valores humanos esenciales.

En territorio sirio, el Ramadán transforma por completo el paisaje urbano y rural. Las calles, mezquitas y viviendas se adornan con luces multicolores, faroles tradicionales conocidos como fanous y pancartas con mensajes como “Ramadán Kareem”. En ciudades históricas como Damasco, Alepo y Homs, la vida adquiere un ritmo distinto.

Al caer la noche y tras el iftar, la comida con la que se rompe el ayuno, los mercados y zocos recobran vitalidad. Familias enteras salen a pasear, adquirir dulces típicos como qatayef, ma’amoul y baklava, o compartir en cafeterías que permanecen abiertas hasta altas horas.

Los mercados tradicionales de la capital siria recuperan su dinamismo habitual durante este mes. Un recorrido de Prensa Latina por los emblemáticos zocos de Al-Hamidiyah y Al-Asrouniyah confirmó el incremento de la actividad comercial, impulsada por la demanda de decoraciones y productos tradicionales.

Más allá del movimiento económico, residentes de la capital subrayaron el significado simbólico de las decoraciones que representan “un mensaje de alegría y esperanza” y evidencian el apego de la comunidad a sus tradiciones, incluso en medio de desafíos.

Según afirman los residentes a Prensa Latina, la iluminación y los faroles forman parte de una costumbre transmitida de generación en generación, que fortalece la vida comunitaria antes y después del iftar.

Otra figura tradicional que aún persiste en algunos barrios es el musaharati, quien recorre las calles antes del amanecer tocando un tambor para despertar a la población para el suhoor, la comida previa al inicio del ayuno, una costumbre profundamente arraigada en la memoria colectiva siria.

Uno de los pilares fundamentales del Ramadán es la solidaridad social. En Siria, este valor adquiere una dimensión especial debido a las dificultades económicas y sociales que ha atravesado el país en los últimos años.

Durante el mes sagrado se intensifican las acciones caritativas: distribución de alimentos a familias vulnerables, organización de mesas comunitarias de iftar, entrega de ropa y donaciones económicas. Asimismo, se cumple con el pago del Zakat al-Fitr, caridad obligatoria destinada a los más necesitados antes de la festividad del Eid al-Fitr.

El ayuno permite experimentar, aunque sea temporalmente, el hambre y la sed que millones de personas enfrentan a diario. En el contexto sirio, donde numerosas familias viven situaciones complejas, el Ramadán se convierte en un recordatorio constante de la importancia de la empatía y la compasión.

La abstinencia voluntaria despierta la conciencia social y fomenta una actitud más solidaria hacia quienes padecen privaciones.

El Ramadán también es un mes de unión familiar. Cada noche, las familias sirias se reúnen en torno a la mesa del iftar. Estas reuniones representan momentos de diálogo, afecto y fortalecimiento de los lazos familiares.

El mes sagrado funciona como una escuela de valores que impacta tanto al individuo como a la sociedad. Entre los principios que promueve destaca la paciencia (sabr), pues ayunar durante largas horas exige autocontrol y resistencia. Asimismo, fortalece la generosidad, la espiritualidad y la reflexión.

El Ramadán crea además un sentido de igualdad: ricos y pobres ayunan por igual y comparten la misma experiencia diaria, lo que reduce barreras sociales y refuerza el sentimiento de pertenencia comunitaria.

Así, cada año, el Ramadán regresa no solo como una obligación religiosa, sino como una oportunidad para reconstruir corazones, fortalecer comunidades y renovar la esperanza en Siria y en todo el mundo musulmán.

rc/fm