POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES
En estas y las notas anteriores he considerado oportuno recordar hechos vinculados y cercanos con el acontecimiento trascendental ocurrido en el país el 27 de febrero de 1844. Forman parte de la argamasa que dio origen a la independencia nacional.
Sin olvidar que horas después los sacrificios de Juan Pablo Duarte y los demás trinitarios fueron pisoteados por grupos que no creían en la libertad pura y simple de los dominicanos, y que con su accionar validaron la opinión del filósofo y escritor francés del Renacimiento Michel Montaigne cuando escribió que: ”La inconstancia y diversidad de la fortuna hacen que nos presente diversos rostros…En ocasiones parece que la suerte se burla de nosotros”.( Ensayos Completos, tomo I. Editora Orbis, Barcelona, 1985. M.M.).
El 27 de enero de 1843 en una finca conocida como Praslin, propiedad del general haitiano Charles Riviére-Hérard, estalló un movimiento en contra del dictador Jean-Pierre Boyer. Esa rebelión fue apoyada por Duarte, con lo cual puso hábilmente en práctica la antiquísima y eficaz consigna “divide y vencerás”, que se atribuye al sabio político y militar romano Julio César. Envió a Los Cayos primero a Juan Nepomuceno Ravelo y luego a Ramón Matías Mella.
El efecto favorable a la causa nacional de esa decisión fue de tal magnitud que posteriormente (1862) un investigador haitiano escribió que “la primera consecuencia de la revolución de 1843 fue la separación dominicana” (Haití: Sus progresos, su futuro. Alexandre Bonneau).
Por su lado Augusto Brouat, un jefe militar del país vecino que usurpaba la tierra dominicana vaticinó que “la separación es un hecho”. Cuando dijo eso faltaban ocho meses para la toma armada de la Puerta del Conde, donde no hubo un baño de sangre porque el militar de más alta graduación en ese lugar, el teniente Martín Girón, era cónsono con la independencia y neutralizó la embestida que pretendía hacer el sargento Juan Gross contra los febreristas.
Cuando se produjo el mencionado alzamiento los afrancesados dominicanos estaban activos, especialmente en la región sur. En efecto, el trinitario José María Serra escribió en sus Apuntes que Buenaventura Báez y Manuel María Valencia estaban trabajando para controlar el proceso en curso. Divulgaron públicamente sus intenciones en la ciudad de Azua el día primero de enero de 1843. Fijaron la expulsión de los ocupantes haitianos para el 25 de abril de ese año. Ese propósito fracasó.
Los referidos señores y sus afines continuaron sus labores y no ocultaban que su objetivo era que los franceses controlaran el país. Ponían como señuelo que la población tendría “la alta protección de la magnánima y belicosa Francia”. Así lo recogió el historiador que fue arzobispo-obispo de Higüey en una biografía que escribió sobre el abogado, político y escritor que presidió el Congreso Constituyente que en la ciudad de San Cristóbal redactó la Constitución promulgada el 6 de noviembre de 1844. (M.M. Valencia. Editora del Caribe, edición 1970. P19. Hugo E. Polanco Brito).
A comienzos de julio de 1843 el general Herard, ya con categoría de presidente de Haití, penetró al territorio dominicano por Dajabón al frente de más de diez mil soldados. Su objetivo era aplastar a los trinitarios y a todos los que no le brindaran apoyo a su gobierno.
Luego de perpetrar abusos en diversos pueblos del Cibao ese siniestro personaje llegó a la ciudad de Santo Domingo el 12 del referido mes. Ya los trinitarios y otros estaban en la clandestinidad, lo cual no impidió que la soldadesca ocupante desatara una despiadada persecución contra cientos de dominicanos. Pretendiendo controlar la situación canceló a los funcionarios designados por el defenestrado Boyer, poniendo en su lugar a civiles y militares de su absoluta confianza.
Como para la imaginación de los haitianos lo que es la República Dominicana no era más que “la parte este de Haití”, el mencionado Hérard hizo que se aprobara una Constitución, en cuyo artículo 8 se dispuso que: “ningún blanco podrá adquirir la condición de haitiano ni el derecho a poseer inmuebles en Haití”. Era la base legal sustantiva para despojar a muchos dominicanos de sus propiedades.
Entre los hechos previos vinculados con el nacimiento de la República Dominicana cabe destacar que el 15 de noviembre de 1843 Francisco del Rosario Sánchez y Vicente Celestino Duarte enviaron una carta a Duarte, exiliado en Venezuela, solicitándole ayuda para dar mayor impulso los trabajos independentistas; con el apremio de que fuera “aún a costa de una estrella del cielo”. Temían que surgiera “la audacia de un tercer partido o de un enemigo nuestro”.
No llegó el referido auxilio y el presagio se cumplió. Grupos conservadores, con Tomás Bobadilla a la cabeza, tomaron fuerza; y aunque días antes del 27 de febrero de 1844 se aliaron coyunturalmente a los trinitarios con perfidia bien calculada fueron bajando a estos en la escala de sus méritos patrióticos, persiguiéndolos, apresándolos, matándolos, exiliándolos, etc.
Un eslabón significativo fue el fallecimiento el 25 de noviembre de 1843 del comerciante Juan José Duarte. Sus bienes, contenidos en el testamento que dictó el 30 de agosto del referido año ante el notario José María Pérez hijo, así como la donación de una casa (el 6 de julio) a su hijo Juan Pablo Duarte, sirvieron para la causa independentista que este encabezaba.
En diciembre de 1843 Buenaventura Báez, Manuel María Valencia, Francisco Xavier Abreu, Nepomuceno Tejera y otros, en clave de lacayos, le escribieron a André-Nicolás Levasseur, cónsul francés en Haití, indicándole que si los apoyaba en sus propósitos de controlar el país: “El Gobierno Francés nombrará su Gobernador General para desempeñar las funciones de Poder Ejecutivo que durará diez años; no obstante, el Gobierno Francés se compromete a no retirarlo si el Senado pide su permanencia”. (Historia política de la independencia. José A. Sánchez Fernández).
Dos personajes proespañoles que se mantuvieron activos en esa época fueron los sacerdotes Gaspar Hernández y Pedro Pamiés. Fueron expulsados a la isla de Curazao en 1843. Pamiés falleció poco después de llegar allí.
Es importante señalar que previo al 27 de febrero de 1844 había quienes querían por conveniencia propia que el control de la república por nacer estuviera a cargo de España, Inglaterra o Francia. Sólo los trinitarios abogaban por la independencia pura y simple, sin ataduras de otros países, por poderosos que fueran.
Fueron tantos los hechos ocurridos aquí y del otro lado de la frontera durante los meses, días y horas antes de la Independencia Nacional que el historiador José Gabriel García señaló que fue “el período histórico en que se desarrollaron con vertiginosa celeridad los acontecimientos memorables que dieron como resultado…la aparición de una nueva nación: la República Dominicana”.
Los trinitarios acordaron proclamar la Independencia Nacional para el 20 de febrero de 1844, lo que finalmente se materializó una semana después.
En esa etapa de nuestra historia que transcurrió desde principio de 1843 hasta el 27 de febrero de 1844 quedó claro que en el interior del gobierno de Francia había diferentes intereses y enfoques dispares sobre la situación dominicana.
Prueba al canto de lo anterior: Mientras el mencionado cónsul Levasseur era un entusiasta de la idea de los afrancesados criollos un enviado especial de la metrópoli (A. Barot) trató en Puerto príncipe con desdén la propuesta de estos de donar la península de Samaná. Dijo que eso crearía un problema con “…otras potencias marítimas y que después de todo se empeoraría la situación financiera de Haití, que tenía obligaciones que cumplir respecto a Francia”. (Historia de Haití. Años 1843-1846. Imprenta J. Verrollot, 1904. Antoine Thomas Madiou).
El 16 de enero de 1844, faltando un mes y 11 días para el 27 de febrero, se publicó un Manifiesto escrito por Francisco del Rosario Sánchez, con valiosos aportes de otros trinitarios, en el cual se detallaron muchos de los agravios del régimen de fuerza impuesto a los dominicanos por más de dos décadas por los incómodos vecinos del oeste de la isla y se planteaba la voluntad de expulsarlos del territorio nacional.
En los meses previos al fogonazo de la Puerta de la Misericordia, en reunión efectuada en la casa de Francisco del Rosario Sánchez, se fijó finalmente para el 27 de febrero de 1844 la proclamación de la Independencia Nacional. A partir de ese día, y para siempre, se fundó la República Dominicana, con todos los atributos de una nación soberana.
teofilo lappot
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