Miami, Florida 24 dic.- El Teatro Akuara, segunda sede del I Festival de Teatro de Pequeño Formato de Miami, presentó Traficantes de pasión, inspirada en Amistades peligrosas, del francés Chordelos de Laclos (1741-1803), y en Cuarteto, una anárquica versión de la misma, escrita por el alemán Heiner Müller (1929-1995) casi 200 años después.
No cabe duda de que buena parte de la fama de la novela de Laclos, quien fuera considerado un autor escandaloso en su época, se debe a la polvareda que debió levantar la aparición en 1782 de esta historia donde la doble moral determina víctimas y victimarios dentro de un grupo de aristócratas que no tienen nada mejor que hacer que dedicarse a las intrigas galantes.
Sin embargo, en los tiempos que corren, cuando la virginidad perdió su prestigio, y ni la infidelidad ni el embarazo fuera del matrimonio ni el amor libre son rarezas -al menos en Occidente-, el bueno de Laclos pierde actualidad y su historia se erige en una pieza deliciosa que ilustra lo que fue el rejuego amoroso en una sociedad limitada por los muchos prejuicios y una rígida estructura de clases.
En cuanto a la versión de Müller, estrenada en 1997, se trata de un experimento donde Valmont y la Marquesa de Merteuil juegan al teatro dentro del teatro, llegando incluso a intercambiar papeles, y el dramaturgo ubica a sus personajes en «un salón antes de la revolución francesa» que es al mismo tiempo «un búnker tras la tercera guerra mundial», lo que confiere una inquietante atemporalidad al juego escénico entre dos seres cuyo pasado desconocemos y cuyo futuro seguramente no existe.
Es por todo ello que, al perder de vista la escasa contemporaneidad del drama de los personajes de Laclos y no situar la obra en una época determinada, la adaptación de Yvonne López Arenal -quien dirige y actúa en la representación- también pierde consistencia, ya que el diálogo entre «perversos» se convierte en una retórica que no acaba de cerrar como historia, y la anécdota resulta confusa incluso para aquellos que conocen la trama original.
Tampoco se justifica el agregado del personaje Daniel-Daniela, que no existe en Laclos ni en Müller, y que banaliza la conclusión de la pieza con el apuñalamiento de Valmont. Carlos Alberto Pérez y López Arenal hicieron un esfuerzo por imponerse a la doble identidad de sus roles, pero la puesta conspiró contra ellos, porque la adición de chaqueta y gorra militar de Pérez no introdujeron a Sebastián-Valmont en la piel del Presidente Tourvel, y la bata abierta sobre el vestido de Isabel no contribuyó a identificarla con la Marquesa convertida en la Presidenta, de modo que la transformación de ambos actores, que debió basarse ante todo en su actitud corporal, acabó siendo insuficiente para marcar el cambio de identidad de cada cual.
En lo tocante a Joan Vega, hubo momentos en los que su interpretación del dúo de servidores llegó a rozar la comedia, malogrando la atmósfera de suspenso del duelo verbal de los protagonistas. A pesar del arduo trabajo de la directora y el equipo actoral, del cuidado diseño de luces de Mario García Joya -quien asumió la producción junto con Alba Borrego, Carlos Rodríguez y Sergio González-, y de la escenografía que intentaba ilustrar la decadencia moral de los personajes, Traficantes de pasión no levantó vuelo y nos dejó reflexionando acerca de las dificultades que conlleva adaptar un clásico dejando intactos su esencia y su frescura.
2011-12-24 15:20:20