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HECHOS PREVIOS AL 27 DE FEBRERO DE 1844

Teófilo Lappot Robles

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

La Independencia Nacional no se produjo por un deseo sorpresivo de un grupo de valientes dominicanos. Para entender lo que ocurrió en horas altas de la noche del 27 de febrero de 1844, en la Puerta de la Misericordia, en la ciudad de Santo Domingo, hay que comentar repetitivamente la dinámica de los hechos sociales que se produjeron semanas antes.

Se impone, en consecuencia, penetrar en esa veta de la mina informativa que es la historia de la República Dominicana. Al hacerlo descubrimos que nuestro pasado es una suerte de escaparate bien surtido de abnegaciones y patriotismo, pero también de traiciones, engaños y diversas acciones feas.

Antes de proclamarse la soberanía dominicana se sabía que los seguidores de Juan Pablo Duarte preparaban un acontecimiento inminente, con características extraordinarias. De eso había muchas personas informadas, tanto aquí como en el lado oeste de los ríos Masacre y Artibonito y de altozanos y puntos llanos que dividen los dos países que se reparten geográficamente la segunda isla en tamaño del archipiélago antillano.

Representantes consulares, en esta zona del Caribe insular, de algunas de las entonces potencias europeas basculaban con la idea de tener bajo su dominio los hilos del poder, aunque todavía no se había proclamado la libertad del pueblo dominicano.

Uno de los más activos en ese tejemaneje fue el representante consular de Francia en la ciudad de Cabo Haitiano, Eustache Jean de Juchereau de Saint-Denis, que sirvió como consejero y biombo protector al grupo de los afrancesados, cuya meta era descarrilar el proyecto duartiano de soberanía plena.

El 13 de enero de 1844 el cónsul general francés en Haití, Andrés Nicolás Levasseur, por mandato del rey de Francia Luis Felipe I, envió al referido abogado y diplomático a la ciudad de Santo Domingo para que continuara su laborantismo, tomando en consideración que era capaz de fabricar relatos mentirosos con las habilidades que tenía. Por algo le decían el hombre del “dardo codicioso”.

Dicho lo anterior a pesar de que el autor de la novela Enriquillo, Manuel de Jesús Galván, y el historiador Emilio Rodríguez Demorizi consideraron, en desafortunadas notas que no resisten un análisis lógico y objetivo, que las actuaciones de los aludidos cónsules merecen en un acto de justicia una reparación de parte de los dominicanos, y que en consecuencia “son dignos del recuerdo y de la gratitud de la nación”. (Revista Clío No.91.Sept.-Dcbre.1951.Pp133-134).

Duarte, entonces exiliado, había sostenido que lo ideal era aglutinar a todos los dominicanos en la causa de la liberación nacional. No se imaginó que la perfidia había copado el pensamiento de unos cuantos poderosos que nunca creyeron en una patria en la cual la libertad fuera plena.

Vale señalar, en esta síntesis sobre la actuación de personajes y actos ocurridos semanas y días anteriores al cañonazo de Mella en la Puerta de la Misericordia, que en esa ocasión hubo reuniones entre los trinitarios y representantes de los grupos conservadores.

Varios fueron los lugares que sirvieron de escenario para dichas pláticas, entre ellos la vivienda conocida entonces como La de los balcones dorados, que estaba emplazada en la calle Mercedes; y en la casa conocida como La de los dos cañones, situada en el paseo de Las Damas.

La realidad fue que los contrarios a los trinitarios hacían muy poco por disimular su negativa a la creación de una República Dominicana soberana. Para fortalecer su posición formaron mancuerna con representantes de países poderosos. Presentaron múltiples alilayas, barnizadas con una enorme duplicidad moral, tratando de justificar el tutelaje extranjero.

Situaciones como esa han sido analizadas desde diferentes criterios en el calendario narrativo de nuestro pasado. El jurista e historiador Manuel Arturo Peña Batlle escribió un ensayo de gran calado, en el cual plantea que Duarte buscaba, “aunar voluntades y elementos disidentes en bien de los trabajos revolucionarios; pero los afrancesados, enemigos de la tendencia más radicalista, no pudieron ni siquiera llegar a un acuerdo con el Maestro, y sin pararse ahí, denunciaron al General Hérard los planes y proyectos de los trinitarios…”

Más adelante señala ese pensador dominicano que: “…Ya en enero del año 1844, los afrancesados tenían plenamente desarrollado su plan de acción…La fe y la sinceridad de los trinitarios no podían vislumbrar en los manejos interesados de sus enemigos…” (Revista Clío No.99, año 1954.Pp84-91).

Por su parte el periodista Rafael Abreu Licairac, cuyo estilo cultural lo llevaba a menudo a bordear ideas tontas cuando comentaba temas de la historia nacional (como se comprueba en su obra titulada “Consideraciones acerca de nuestra independencia y sus prohombres”), exculpa de cualquier vileza a los conservadores, alegando que ellos no “creían cometer un crimen al pensar en un protectorado fuerte y eficaz de la España o de la Francia, para garantizar la estabilidad política de la república…”

La verdad sin añadiduras fue que semanas y días antes de proclamarse la Independencia Nacional el pueblo era “un volcán y sólo esperaba una ocasión propicia para proclamar su libertad”, tal y como señala en sus Apuntes Rosa Duarte Díez.

Se organizó un plan para que en diciembre de 1843 desembarcaran cerca de la ciudad de Santo Domingo Duarte, Pedro Alejandrino Pina, Juan Isidro Pérez y otros patriotas que estaban desterrados. Eso no prosperó por imprevistos que se le presentaron a un gran amigo del pueblo dominicano, el entonces presidente de Venezuela general prócer Carlos Soublette Jerez de Aristeguieta.

El historiador Leonidas García Lluberes, en su obra titulada Crítica histórica, hizo constar, fruto de sus investigaciones, que ese desembarco se realizaría por un pequeño puerto que había en Guayacanes. Tendría el apoyo en tierra de 500 hombres encabezados por el valiente Juan Ramírez, cuyo patriotismo merece resaltarse.

Con relación a lo anterior el historiador Emiliano Tejera Penson dice, en su ensayo denominado Monumento a Duarte, que una de las causas de ese fracaso debe atribuirse a “la presencia en Santo Domingo de dos regimientos haitianos, y sobre todo, por la falta de armas y municiones suficientes para las tropas que deberían organizarse”.

Lo que no se discute, por tener la fuerza de un axioma, son las reflexiones del insigne historiador higüeyano Vetilio Alfau Durán cuando al referirse a lo que ocurría en el país previo a la gloriosa noche del 27 de febrero de 1844 escribió lo siguiente:

“…se hizo evidente que en la antigua Parte Española existían, como producto quiérase o no de la labor nacionalista de los trinitarios, dos bandos o partidos políticos que perseguían la expulsión de los haitianos. Esos dos partidos eran el Liberal, integrado por los duartistas, y el partido Conservador que en resumidas cuenta lo que perseguía era cambiar de amo”. (Vetilio Alfau Durán en Clío. Editora Corripio, 1994.P.219).

Hay muchos otros hechos ocurridos antes de la fecha histórica en que Ramón Matias Mella disparó el trabucazo redentor en la Puerta de la Misericordia. Divulgarlos y explicarlos es una tarea necesaria para comprender mejor un tramo importante del pasado del pueblo dominicano.

teofilo lappot

teofilolappot@gmail.com

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