Caracas, 10 feb (Prensa Latina) Brainer Bonací se amarra hoy los spikes como quien ajusta una armadura invisible, porque el Estadio Monumental Simón Bolívar será campo de batalla y Cuba, rival que aún persigue su destino.
Por Boris Luis Cabrera, enviado especial
A los 23 años, el campocorto venezolano de las Águilas Metropolitanas de Panamá no parece cargar con el peso de la palabra invicto, pero la defiende como si fuera un talismán. Cuatro victorias, ninguna derrota, y una sensación colectiva de vuelo alto que se explica, en parte, por la electricidad silenciosa que Bonací deja en cada jugada. No grita ni exagera, Bonací juega como si el béisbol fuera una conversación íntima con la pelota: la espera, la escucha, la acaricia con el guante, la suelta con precisión. En esta Serie de las Américas batea para .318, con un jonrón y tres remolques, números que no hacen ruido, pero sostienen el edificio.
“Me siento súper bien, de verdad, los muchachos son como una familia, me han tratado súper bien”, confesó a Prensa Latina, todavía con la respiración agitada tras el último partido de ayer. No es una frase de compromiso: en su tono hay algo de sorpresa, como si aún no terminara de creer que viste los colores de Panamá después de haber sido, hasta hace poco, novato de los Leones del Caracas.
En la Liga Venezolana dejó huellas: promedio de .316, siete cuadrangulares, 26 impulsadas y nueve dobles en 48 partidos. Lo suficiente para colarse en la votación al Novato del Año y para que otros ojos —lejanos, estratégicos— empezaran a seguirlo.
Antes había pasado por las Ligas Menores, con los Portland Sea Dogs de la organización de los Medias Rojas de Boston, aprendiendo que el talento sin paciencia es solo un borrador.
“Nunca esperé reforzar a un país que no fuera el mío, mucho menos cuando no participé en su liga”, admitió. Y luego la frase que lo define: “Eso me enorgullece y me impulsa a seguir trabajando duro”. Bonací no habla de gloria; habla de trabajo, porque sabe que el béisbol es un oficio más cercano al martillo que al aplauso.
Esta tarde enfrentará a Cuba, selección con balance de 2-2, urgida de una victoria para meterse entre los cuatro grandes del torneo. Las Águilas ya tienen su boleto a semifinales, igual que los Navegantes de Magallanes (3-1), esos mismos que en Venezuela son rivales a muerte de los Leones, y que podrían cruzarse con Bonací en una escena de ironía deportiva.
“Me gusta jugar contra ellos, hay mucha competitividad”, dijo sobre Magallanes, sin rencor, como quien habla de un viejo duelo familiar. “Son jugadores con más experiencia, trato de sacarle provecho a ellos, aunque sean enemigos en el terreno”.
La Serie de las Américas tiene ese aire de carnaval bélico: banderas, tambores, acentos que se mezclan, el rumor constante de que cada juego es una frontera. En medio de ese ruido, Bonací parece caminar con un silencio propio, porque sabe que el espectáculo no está en la tribuna, sino en el segundo después del contacto.
“Todo torneo así es una vitrina para nosotros”, reconoció. No lo dice con ansiedad, sino con la serenidad de quien entiende que cada turno al bate es una carta de presentación enviada al futuro. Mantenerse activo, visible, vigente: esa es su verdadera estadística.
Cuando habla de la afición, su discurso se vuelve más ancho. Invita a los venezolanos a llenar las gradas, celebra que exista este evento como alternativa a la Serie del Caribe, y promete a los panameños que el equipo “está haciendo el trabajo para llevar el título a casa”.
“Cada día Dios me sorprende con las oportunidades que me da”, confesó al despedirse, con una sonrisa breve, casi tímida. “Voy a vivir esta experiencia con el mayor orgullo que pueda”.
Quizás por eso Bonací resulta tan peligroso: porque no juega para demostrar, sino para agradecer, y en un torneo donde todos buscan un lugar en la historia, él parece haber encontrado algo más raro: un sitio tranquilo dentro del huracán.
Esta tarde, cuando Cuba salga a cazar su clasificación y las Águilas defiendan su vuelo perfecto, Bonací estará en el centro del diamante, custodiando no solo el campo corto, sino la idea de que el futuro también se defiende jugada a jugada.
mem/blc
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