Cultura, De Hombres, Mujeres y Cosas

Volviendo Al Duarte Luminoso

Teófilo Lappot Robles

Por Teófilo Lappot Robles

La memoria de Juan Pablo Duarte, nacido hace ahora 213 años, es un surco del cual siempre se pueden cosechar frutos frescos. Volver sobre su figura, aun con palabras ya dichas por quien escribe, es un ejercicio de reafirmación de su importancia histórica.

Juan Pablo Duarte

25 años después de haber nacido el 26 de enero de 1813 en la ciudad de Santo Domingo, fruto de un español de Cádiz y una dominicana de El Seibo, Duarte fundó con un pequeño grupo de simpatizantes La Trinitaria, que 6 años después (27 de febrero de 1844), junto con La Filantrópica y La Dramática, también ideas suyas, se convirtieron en la cuna de la República Dominicana, liberando al pueblo que durante 22 años estaba sometido por usurpadores extranjeros.

Contrario a otros, siempre creyó en la voluntad del pueblo dominicano de alcanzar la libertad. Los Apuntes de su hermana Rosa Duarte son la mejor prueba de sus tempranos afanes independentistas. Fue nacionalista y complementariamente anticolonialista. Su idea redentora fue fundamental para la soberanía nacional.

Sacrificó los goces de su juventud y el patrimonio de su familia para asegurar la libertad de los dominicanos. 

Teniendo todas las posibilidades de vivir cómodamente prefirió sacrificar el patrimonio familiar y sufrir él, su madre y sus hermanos, los abusos de sus enemigos, y por lo tanto enemigos de la Patria.

Condensaba en sus ideales redentores una alta calidad moral, aunque mezquinos y farsantes han pretendido negar esa verdad. Por eso sus principales enemigos fueron las fuerzas conservadoras de entonces, que no tenían fe en la capacidad de los dominicanos para lograr y sostener su libertad.

Juan Pablo Duarte

Cuando a las pocas semanas de proclamarse la independencia nacional tropas haitianas invadieron el país, Duarte se dirigió al sur para defender la patria, pero sus contradictores utilizaron artimañas para rechazar su oferta de incorporarse a los combates. Con una espantosa falta de vigor espiritual y de precariedad en la creencia de supervivencia de la nación dominicana trataron de borrar toda huella trinitaria en la vida pública nacional.

En septiembre de 1844, etapa en la cual se estaba consolidando el falso concepto de soberanía, y el control político lo tenía Pedro Santana; “el imperio del sable” expulsó del país a Duarte. En ese momento él estaba redactando la primera Constitución dominicana, cuyo artículo 18 decía que: “La Nación dominicana es libre e independiente y no es ni puede ser jamás parte integrante de ninguna otra Potencia, ni el patrimonio de familia ni persona alguna propia ni mucho menos extraña”.

Pero en ese proyecto de Carta Magna el padre de la patria planteaba también que la nación tuviera “leyes sabias y justas” que conservaran los “derechos legítimos de todos los individuos que la componen”.

Duarte sostenía, como un principio innegociable, que el gobierno “deberá ser siempre popular en cuanto a su origen, electivo en cuanto al modo de organizarse, representativo en cuanto al sistema…”

Duarte en la Restauración

Juan Pablo Duarte fue un hombre sin ambages y de una actitud rectilínea en su lucha patriótica. Por eso también dejó su página de oro en la historia nacional cuando el “bando traidor y parricida” produjo la fatídica anexión a España. Cuando se enteró tardíamente que tropas españolas, y una rara especie de endriagos dominicanos mancillaban la soberanía nacional, partió desde Venezuela para acá para enfrentarlos.

Antes de salir de la zona del Orinoco escribió un flameante poema contra los liberticidas y mercaderes que habían vendido la soberanía nacional al imperio español. Su primera estrofa dice así: “Por la cruz, por la Patria y su gloria/Denodados al campo marchemos: Si nos niega el laurel la victoria/Del martirio la palma alcancemos.”

El 25 de marzo de 1864 llegó por la costa de Montecristi con ayuda económica y armas que recolectó en el extranjero para reforzar a las fuerzas restauradoras. Volvió “a protestar con las armas en la mano contra la anexión a España…”, tal y como escribió Félix María Delmonte.

Las intrigas internas pulverizaron de nuevo los deseos de Duarte de combatir a los enemigos de la patria.

Sobre los traidores no usó paños tibios al calificarlos con estas certeras palabras: “Mientras no se escarmiente a los traidores, como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos serán siempre víctimas de sus maquinaciones.”

Para Juan Pablo Duarte los grupos antinacionales, amontonados en la facción conservadora, aquellos que actuaban con traición, eran ciudadanos del infierno, para los cuales creó la palabra “orcopolitas.”

Teófilo Lappot teofilolappot@gmail.com