Opiniones

Europa, ¿en el túnel del colapso?

Manuel Díaz Aponte

Manuel Diaz Aponte

Nunca las relaciones entre Estados Unidos y Europa habían sufrido tantas grietas como ahora. Desde aquel 4 de julio de 1776 cuando trece colonias británicas se constituyeron para crear la que hoy es la primera potencia mundial.   

La fisura de los europeos con Norteamérica ha recrudecido y el presidente Donald Trump sistemáticamente les ha enrostrado que el viejo continente va hacia la sepultura.

Lo hizo recientemente en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, exigiendo a Dinamarca, aliada de la Unión Europea, a entregar Groenlandia a los Estados Unidos.

“Amo a Europa y quiero que a Europa le vaya bien, pero no va en la dirección correcta”, sentenció.

Trump igualmente ha enfrentado duramente a su antiguo aliado y vecino, Canadá, con amenazas de aranceles de un 100×100 a sus productos exportados.

Por eso, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, se desahogó y advirtió que el viejo orden internacional estaba muerto, para de inmediato puntualizar: Las “potencias intermedias” como Canadá y Europa, dijo, deben formar nuevas alianzas a medida que las grandes potencias abandonan las normas y tratados internacionales de la posguerra y confían en cambio en “la integración económica como armas, los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coerción, las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar”.

Dirigió sus cañones hacia Estados Unidos, Rusia y China sosteniendo la misma tesis de dirigentes europeos al afirmar que las tres superpotencias han intentado modificar todo el ordenamiento internacional.

La lideresa europea hoy compelida a salir del aislamiento en los vertiginosos esquemas mundiales que asfixian economías emergentes, violaciones de convenios y normas antiguas para imponer un nuevo orden mundial, en el que las principales potencias tienen control absoluto.

Sumergida en una profunda crisis de liderazgo ante un constante desatino en su política exterior que la han hecho fracasar en la absurda confrontación con Rusia, y su increíble dependencia de Estados Unidos.

Ahora gobiernos europeos miran hacia la República Popular de China en una desesperada maniobra para dejar atrás su esclavitud diplomática con la potencia del Norte.

Están decepcionados con la administración de Donald Trump que ha evadido confrontar con el gobierno de Vladimir Putin en su guerra de casi 4 años en Ucrania.

Europa y EE. UU.  

Trump ha preferido hallar una salida por medio al diálogo haciendo oídos sordos a los continuos llamados de la comunidad europea para “sancionar” a los rusos por este conflicto que ha dejado muertes y destrucciones principalmente en Ucrania.

Los gobiernos de Francia, Reino Unido y Alemania siguen prestando ayudas económicas, equipos y logísticas militares al régimen de Zelenski, quien no ha podido parar la ofensiva rusa en su territorio.

“Los líderes europeos entrarán en razón y comprenderán que necesitan estar bajo el paraguas de seguridad estadounidense”, ha dicho el secretario del Tesoro, Scott Bessent.

Para completar el cuadro de distanciamiento entre Europa-EE. UU., ahora vemos el pugilato que significa las pretensiones de Trump para quitarle Groenlandia a Dinamarca, pequeño archipiélago de islas que por años pertenecieron a Estados Unidos.

En opinión del profesor de democracia y relaciones internacionales en la Universidad Johns Hopkins, Henry J. Farrell, “la sumisión constante ha metido a Europa en un lío. Para salir, Europa necesita comprometerse a no retroceder”.

Negociación de China-Canadá

Y del otro lado del mundo, el acercamiento comercial entre China-Canadá ha generado molestia e inquietudes en círculos políticos, diplomáticos y comerciales de Washington.     

La estrategia que vienen aplicando antiguos socios comerciales de Estados Unidos para evitar confrontaciones directas con Trump, es mirar hacia otros mercados como la poderosa República Popular de China.

El 16 de enero de 2026 el primer ministro de Canadá, Mark Carney, hablando ante periodistas en el Parque Ritan en Beijing, China, favoreció y elogió los lazos entre canadienses y chinos.  

El garrote de Trump

Donald Trump no solo está enojado ante el acercamiento comercial de los chinos-canadienses y podría torpedear y hasta salirse del Tratado México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC) —un pacto comercial regional que permite que muchos bienes crucen las fronteras de América del Norte sin aranceles— se renueva este año.

Obviamente, los fabricantes de automóviles estadounidenses dependen de una red de plantas en Estados Unidos, Canadá y México y por lógica defenderán la continuidad del Tratado, rubricado. También, lo apoyan los agricultores estadounidenses que dependen del pacto para acceder a los mercados mexicano y canadiense.

La ira de Trump casi seguro exigirá cambios destinados a trasladar la fabricación a Estados Unidos, pero observadores creen que irá mucho más allá, inclusive retirándose del pacto por el coqueteo de Carney y Jinping lo que hará revertir su política con China.     

El líder republicano amenazó con imponer aranceles del 100 % al país vecino si firmaba un pacto comercial de esta naturaleza con la potencia asiática.

Aclaración del Gobierno Canadiense

Ante este cuadro, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, descartó el pasado domingo firmar un acuerdo de libre comercio con China, asegurando que respeta las obligaciones del tratado T-MEC con EE. UU. y México, que prohíbe tales pactos con economías no de mercado sin notificación previa

El T-MEC fue acordado entre los tres países, el 30 de septiembre de 2018, y fue firmado este 30 de noviembre, en el marco de la Cumbre de Líderes del G20, celebrada en Argentina.

Los acelerados movimientos de la geopolítica mundial reconfiguran permanentemente los pasos de las grandes potencias por preservar su dominio económico y político en un planeta bien convulso.

Esto obliga a que las economías intermedias se unan para encontrar estrategias que permitan una salida onerosa, evitando así, sucumbir.

Artículo de Manuel Díaz Aponte 

Manuel Diaz manueldiazaponte@gmail.com