Por: Victor Manuel Grimaldi Céspedes
Ahora que Europa llegó otra vez a la reunión Davos con el ceño fruncido y el gesto solemne de quien cree que todavía puede convencer al mundo con palabras, me trae a la memoria mi Abuelo paterno.
Giuseppe nació en 1891. Hizo su servicio militar obligatorio, y estaba en Brasil con su padre haciendo negocios junto a su padre cuando estalló la Primera Guerra Mundial.
Regresó a Italia y combatió hasta resultar gravemente herido. Fue condecorado como héroe pero en 1920 antes del Gobierno del régimen fascista se marchó de Italia y no retornó jamás.
Era un ciudadano italiano como tantos otros ciudadanos europeos que han vivido a través de siglos y siglos sujetos a las caprichosas matanzas generadas por las ambiciones de sus élites.
Ahora en estos días en Suiza, la nieve cubría los Alpes como una sábana pulcra; adentro, el aire estaba cargado de reproches tardíos, de discursos que llegaban siempre después de los hechos.
No era una cumbre más. Era, aunque pocos quisieran admitirlo, el punto visible de un proceso largo, lento y casi siempre negado: el agotamiento de las élites europeas surgidas del orden nacido tras la otra guerra concluida en 1945.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Europa no solo estaba devastada físicamente. Estaba moralmente exhausta y políticamente desacreditada. Dos guerras mundiales, incubadas en su propio suelo, habían destruido la legitimidad histórica de sus viejos imperios y de sus clases dirigentes.
Fue en ese vacío donde Estados Unidos ocupó el centro del escenario, no solo como potencia vencedora, sino como arquitecto de un nuevo orden. El Plan Marshall no fue un acto de caridad: fue una operación estratégica de reconstrucción y tutela. Europa aceptó gustosa. Había hambre, ruinas y miedo al comunismo. La subordinación se vivió entonces como salvación.
SEGUIR LEYENDO

Níkolas Stolpkin
Níkolas Stolpkin